De monetae libertate

Hasta hace no muchas décadas, o quizá sólo años, la dependencia que los ciudadanos de a pie tenían del sector bancario era reducida. Y es que hubo un pasado en el que la nómina se cobraba en efectivo desde la misma empresa o institución; en que las domiciliaciones no eran tan frecuentes, sino que debíamos desplazarnos a diferentes oficinas para efectuar el pago en metálico de numerosos recibos; y quién sabe que otras posibilidades habría antes de que yo mismo naciera, inimaginables hoy para mí.

Pero retrocedamos todavía más en el tiempo. La noción de “moneda oficial”, que hoy enfilamos dentro de los símbolos del Estado-nación (junto con los de bandera, himno, o lengua también “oficial”), no era común hace no tantos siglos. Tuvimos antaño libertad de moneda, esto es, los agentes económicos escogían a qué monedas y billetes “dar crédito” para sus transacciones económicas, en función del fino que empleaba cada ceca (quienes acuñaban la moneda), y de la reputación o solvencia de cada entidad financiera (quienes emitían los billetes respaldados por metal precioso).

Los bancos centrales, instituciones que hoy osamos situar al mismo nivel que los parlamentos y los tribunales de justicia, nacieron como entidades privadas a las que el gobierno concedía el privilegio o monopolio de ser la única emisora de billetes autorizada para un territorio determinado, incluso para emitir billetes en cantidades superiores al metal precioso que debía respaldarlos, a cambio de ser la prestamista del Estado en última instancia. De aquellos barros, estos lodos: una vez desaparecidos los patrones plata y oro, restó el fiat money o dinero fiduciario. El Estado emitía deuda pública que el Banco central compraba con los billetes que éste mandaba fabricar a la Casa de la Moneda (la antigua ceca), o bien el dinero fabricado iba directamente a las arcas del Estado, según el grado de sofisticación o idiotez del sistema. En ambas situaciones la moneda se devaluaba como consecuencia. Para revaluarla bastaba con que el Estado pagara las emisiones de deuda al Banco central, que destruía ese dinero, o que sencillamente fuese el mismo Estado quien retirara de la circulación una parte de sus ingresos. Todo ello sin entrar a valorar otras herramientas de que disponía y aún dispone un banco central en el contexto de la economía internacional, maniobrando con la balanza de pagos y su volumen de divisas extranjeras depositadas, a medida que la economía nacional se abría a los mercados internacionales.

Hoy los bancos centrales se nos antojan imprescindibles, pero sólo lo son en la medida que nos hemos dejado embaucar por un pernicioso sistema bancario de reserva fraccionaria que, poco a poco, ha ido expandiendo su actividad financiera sobre toda la economía productiva, haciendo esta plenamente dependiente y deudora de aquel. Todo ello con la complicidad de los poderes públicos, que han nacionalizado y monopolizado el dinero, so pretexto de una economía formalizada, en las denominadas monedas de curso forzoso o “legal” (un mero eufemismo), que se convierten por ley en el único medio liberatorio de pagos. Poderes públicos que además han dotado a las entidades bancarias de una exquisita regulación ad hoc, al margen de las normas generales del derecho civil y mercantil, plagada de prebendas y privilegios a su favor.

Es un κοινός τόπος o lugar común afirmar que sólo un irrisorio coeficiente de caja posibilita el crédito y estimula la economía, que a él debemos las grandes inversiones, innovaciones técnicas y otros descubrimientos que nos han llevado a nuestro maravilloso presente. En otras palabras, conceptos tales como “riesgo”, “cultura del crédito”, “dinero barato” y “especulación” se han ensalzado y ennoblecido como valores a la vez que se despreciaba y vilipendiaba el ahorro real y la perseverancia. Lo cierto es que nuestro sistema bancario se sustenta en algo tan trivial como es el juego infantil de las sillas musicales: mientras siga la música crediticia, seremos felices en nuestro ciclo expansivo; pero ¡ay como ésta se pare!, porque entonces nosotros, los agentes económicos, podremos incurrir todos en un default concatenado del copón, que arrastre a la quiebra de nuestras entidades financieras y, horror, a la volatilización de nuestros “asientos” contables. Para evitar ese último escenario, al que llaman riesgo sistémico o meramente corralito, nuestros gobiernos acuden al rescate de las entidades financieras y de nuestros depósitos bancarios: no porque velen por nuestros derechos de propiedad privada, sino porque nuestros ahorros sustentan todo el sistema. Pasa que entonces somos los ciudadanos, a título de contribuyentes, quienes nos endeudamos con quienes nos han prestado el dinero (entidades financieras y grandes fondos de inversión) para salvar las entidades financieras y, con ellas, nuestros ahorros. Tenemos así el pez que se muerde la cola: bancos-estados-contribuyentes-bancos-estados-contribuyentes-bancos…

Parece lógico que la solución pasa por hacernos menos dependientes de las entidades bancarias. Sin embargo, el Legislador, el Gobierno y la Agencia Tributaria se han encargado, a golpe de leyes, reales decretos, órdenes ministeriales e instrucciones, de velar por que nóminas y recibos se domicilien, por que las subvenciones, becas y premios de lotería únicamente se concedan en cuentas bancarias, por que cada vez más tasas y hasta las multas sólo se puedan pagar con tarjeta o por transferencia; y por que sea sospechoso realizar grandes transacciones económicas mano a mano o mantener cuantiosas sumas de dinero en casa. Sirven de excusa, por un lado, la comodidad, y por otro, la necesidad de eliminar la economía informal de la que se nutre el crimen organizado y con la que muchos otros evaden impuestos a Hacienda: en pocas palabras, cercenar libertades para combatir delitos económicos.

La tendencia es que, en el futuro, el dinero en manos del público se reduzca a 0, que funcionemos sólo con tarjetas de pago y transacciones. Lectores, ¡bienvenidos al totalitarismo financiero del siglo XXI! Ya no importa controlar el pensamiento en una sociedad de masas inundada de porquería informativa, sino los canales por donde pueda circular la calidad y cantidad de dinero que ellos quieran que circule. La dependencia de los bancos será tal que ni siquiera el pan podremos comprar sin ellos. El título de este artículo tiene un significado doble: la libertad de moneda puede referirse a la libertad de los agentes económicos en el uso de la moneda y de los canales de circulación que prefieran para el intercambio de bienes y la acumulación de riquezas; pero también a la libertad misma de la moneda, sacada de los garrotes de los bancos.

Ignoro si la moneda conmemora o condena el golpe de estado de Pinochet, no la escogí por eso.Ignoro si la moneda conmemora o condena el golpe de estado de Pinochet, no la escogí por eso.

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