El embuste de las votaciones

Las listas abiertas, la democracia asamblearia, las consultas populares y el ejercicio del poder constituyente son una bruñida caca.

En los últimos años la reivindicación de las listas abiertas se ha puesto de moda como medida de regeneración democrática. Lo primero que hay que tener claro es que las listas abiertas son incompatibles con un sistema electoral proporcional. Lo hemos visto recientemente en las elecciones de los órganos internos de PODEMOS, donde una sola lista de candidatos podía hacerse con todos los miembros del consejo ciudadano pese a que la mitad o más de los inscritos escogiesen candidatos de otras listas; también lo vemos en las elecciones al claustro de la mayoría de universidades, donde una sola lista se lleva todos los claustrales estudiantiles que había propuesto; y en las elecciones al senado, donde lo más normal es que un partido se haga con tres de los cuatro senadores de una provincia. En estos casos las listas abiertas son preferibles a las cerradas, y se suele valorar positivamente que cada lista albergue un número de candidatos inferior al del número de escaños que se escoge. Pero aun así no es nada representativo.

El párrafo anterior no es un crítica al sistema de organización de PODEMOS. Todo lo contrario, éste es mucho más democrático que el utilizado en otros partidos donde se combinan listas cerradas, delegados y dedazos. Y es que la democracia interna de los partidos replica muy bien la evolución de los sistemas electorales de los países desde finales del siglo XIX. Cuando el voto era censitario había partidos de notables, esto es, personas adineradas que tomaban partido por una causa común, ganaban el escaño de su circunscripción [uninominal] por sistema mayoritario y se desenvolvían en el parlamento sin depender de las directrices de ninguna cúpula de partido. La aprobación del sufragio universal [masculino] y la configuración de los sindicatos generales en Europa supuso la incorporación de obreros y jornaleros al juego político y la aparición de partidos de masas: unos con identidad de clase (socialistas) y otros sin ella (católicos). El miedo a que los socialistas se hicieran con el control de la mayoría parlamentaria llevó a los legisladores de algunos países europeos a adoptar el sistema electoral proporcional, de tal modo que conservadores y liberales pudiesen seguir siendo mayoría. Así ocurrió en algunos países escandinavos, en Alemania y probablemente en Italia. En el Reino Unido se reconoció el sufragio universal masculino en 1918, no se cambió el sistema electoral mayoritario y el Partido Laborista se hizo con el poder en 1924. Cada país es un mundo, hay muchos otros factores y hacer afirmaciones tan generales roza lo insultante. Pero no pretendo extenderme demasiado.

En otro orden de cosas, el teorema de Condorcet y la paradoja de Arrow, que ya expuso Ramon Llull en el siglo XIII, demuestran que las votaciones no pueden existir en toda su pureza; que siempre hay alguien con dudosa legitimidad democrática que predetermina el resultado (nótese que hablo de “votaciones” y no de “democracia” ni “poliarquía” para no perdernos con otras discusiones). Esto afecta especialmente a la democracia asamblearia y a los referendos: ¿quién decide qué se vota? ¿En qué orden? ¿Quién estructura las preguntas y contrapone las opciones? Ejemplos:

  • La consulta catalana del 09/11/2014: “1º) ¿Quiere que Cataluña sea un Estado?; 2º) en caso afirmativo, ¿quiere que sea independiente?”.
  • El referéndum iraní sobre la forma de Estado de marzo de 1979: “República Islámica. Sí/No”.
  • El referéndum constitucional español de 1978: “¿Aprueba el proyecto de Constitución?”.
  • En una asamblea de seis personas se confrontan tres propuestas (A, B, C): dos personas prefieren A, dos personas prefieren B, y otras dos personas prefieren C; como segunda opción, dos personas prefieren B, dos personas prefieren C y otras dos personas prefieren A. Si votan las tres a la vez se producirá un triple empate. Si deciden confrontarlas por parejas, el resultado puede variar según el orden elegido: primero A vs B y la opción ganadora con C; o primero B vs C y la opción ganadora con A; o primero A vs C y la opción ganadora con B. Quien controle la agenda política y conozca las preferencias de los electores puede decantar el resultado a favor de su opción.

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El derecho de autodeterminación, por su parte, tiene el problema de establecer quién se autodetermina: ¿por qué este territorio y no la comarca, el municipio, la aldea o el individuo mismo? ¿Quién delimita el sujeto que puede autodeterminarse? Es una caca, ¿verdad? Pues lo mismo ocurre con los procesos constituyentes: ¿quién establece el régimen electoral con que se elegirán a los miembros de la asamblea constituyente, eh? ¿Qué legitimidad democrática tenía el Gobierno de Suárez cuando aprobó el Real Decreto-ley 20/1977 sobre normas electorales? ¿Qué legitimidad democrática tenía el Gobierno provisional de la República cuando aprobó el Decreto de 8 de mayo de 1931 para introducir modificaciones en la legislación electoral de principios del siglo?

Voy más allá: el poder constituyente, sea primario o secundario, ¿constituye de verdad, o debe sujetarse a compromisos internacionales ya preexistentes? Este es parte del debate de fondo que enfrenta al Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) con el Tribunal Constitucional Federal alemán (BVerG) en relación con el programa de las Outright Monetary Transactions del Banco Central Europeo: para el BVerG las normas europeas no pueden oponerse a la Constitución alemana; para el TJUE el derecho europeo prima sobre cualesquiera normas nacionales, incluidas las constitucionales (Caso 11/70 Internationale Handelgesellschaft en su FJ 3º; y C-409/06 Winner Wetten, párrafo 61). Llevaré este razonamiento hasta el extremo: por más que los ciudadanos estemos llamados a votar cada cuatro años, muchas de las decisiones adoptadas en legislaturas anteriores (las obligaciones internacionales contraídas, derechos adquiridos, marcos financieros plurianuales que exceden la legislatura…) no podrán ser rectificadas tan fácilmente por la nueva mayoría parlamentaria.

En conclusión: la democracia procedimental siempre ha sido una ficción y no debemos calentarnos la cabeza demasiado con ella. Lo verdaderamente importante es el régimen de libertades y las condiciones materiales que garanticen la igualdad de oportunidades.

Castellón de la Plana, 22 de febrero de 2015.

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