Historia comparada del régimen jurídico del apellido

INTRODUCCIÓN

  • Guy Brunet & Alain Bideau, “Surnames: History of the Family and History of Populations”

Surnames can be studied from different points of view. For instance, one can study the ways surnames were created and became permanent in Europe during the medieval centuries. In this approach, one has to use anthroponomic, onomastic, or philological techniques. Or one can study how surnames were transmitted from one generation to the next: did children of both sexes take the surname of the father, as was the rule in most western societies? Did the daughters get the name of their mother, as was the case in Sardinia? Or did parents choose freely the surnames of their children from both the mothers’ name and the father’s name, as is happening currently in Quebec? Thus surname transmission must be studied as a form of cultural behavior linked to the place of men and women in the couple and in society.

Al hablar de apellidos se suele pensar en árboles genealógicos y linajes que nos emparientan con personajes célebres del pasado. Quién no ha estado en un mercadillo medieval y se ha topado con un puesto donde le vendían el emblema de su apellido y la historia del mismo, la cual solía comprender ristras de nombres de hijosdalgos y militares del año catapum. Hay vastísimas enciclopedias de genealogía, onomástica y heráldica que, para el lector no especializado, ahondan en la idea simplista de que el sistema de apellidos hoy vigente se retrotrae muchos siglos. Sin embargo, parecen pocos los estudios que analicen, no el origen de uno u otro apellido concreto, sino el surgimiento y la evolución del apellido mismo como institución jurídica.

  • James C. Scott et al., “The Production of Legal Identities Proper to States: The Case of the Permanent Family Surname”

[S]urnames as a social construct—a system of knowledge spun in the webs of power… Through a comparative analysis, [they] argue that the use of inherited familial surnames represents a relatively recent phenomenon intricately linked to the aggrandizement of state control over individuals and the development of modern legal systems and property regimes. In particular, the creation and diffusion of inheritable surnames represented a critical tool in the power struggle between local and outside authorities in the development of the modern nation-state, the emergence of ethnonationalist identities, and the imposition of credible private property systems.

Las personas necesitamos distinguirnos las unas de las otras, más si cabe en sociedades avanzadas y altamente urbanizadas. Por eso, antes de que aparecieran los números de identidad personal, hemos tendido a dotarnos de diferentes sistemas de nombres y apellidos a lo largo de la historia. Ahora bien, es posible identificar patrones que se han repetido en la evolución de los regímenes de apellidos de distintas sociedades y épocas. Intentaré dar algunas pinceladas sobre ello y me apoyaré en textos extraídos de algunos artículos académicos y de la Wikipedia.

 

ROMA

NOMBRE ROMANO

Desde la era republicana y durante toda la era imperial, el nombre en la antiga Roma para un ciudadano varón constaba de tres partes (tria nomina): praenomen (nombre de pila), nomen gentilicum (nombre de la gens o clan familiar) y el cognomen (nombre de la línea familiar dentro de la gens, originariamente descriptivo de alguna característica del individuo que la iniciaba).

El nomen, y más tarde el cognomen, fueron virtualmente hereditarios. Cuando el cognomen se hizo hereditario y perdió por tanto el carácter descriptivo que tenía, apareció detrás de él el agnomen, el cual era distintivo y no necesariamente hereditario, salvo que los padres lo quisieran así.

Las mujeres normalmente no disponían de praenomen ni de agnomen y se las llamaba feminizando el nomen del padre (por ejemplo, la hija de Gayo Julio César fue Julia). Cuando había que especificar más la identificación, durante la era republicana inicial se añadía el ordinal que ocupaba entre las hermanas (por ejemplo: Iulia Prima, Iulia Secunda, Iulia Tertia) o bien, si sólo sobrevivían dos hermanas, también se utilizaban la fórmula Maior o Minor. Al final de la era republicana y durante la era imperial, en cambio, se añadió al nomen feminizado del padre el caso genitivo del cognomen del padre (y si el padre no tenía, del nomen) o bien el del marido (por ejemplo, a la hija de César se la llamaría Julia Caesaris). Durante la era imperial, las mujeres fueron heredando el cognomen paterno, si bien feminizado (por ejemplo: Livia Drusilla, hija de Marco Livio Druso).

Origen y evolución

Como pasaba en otras culturas, los primeros habitantes de la península Itálica probablemente usarían un único nombre que, más adelante, sería el praenomen […] En aquel primer periodo la cantidad de nombres debía de ser muy grande pero esta diversidad fue disminuyendo al crearse el sistema de la tria nomina. A comienzos de la república sólo se usaban unas tres docenas de praenomina, algunos de los cuales ya comenzaban a ser raros y sólo unos dieciocho eran utilizados por la clase patricia. Durante el imperio el abanico de nombres había quedado reducido a una docena de praenomina, aunque algunas familias aristocráticas a veces revivían antiguos praenomina en desuso o creaban otros nuevos a partir del cognomen.

La aparición del nomen como segundo elemento en la denominación de una persona no puede atribuirse a un periodo en concreto. Desde muy antiguo ya era común, tanto entre la comunidad de origen indoeuropeo como entre los estruscos. […] La mayoría de los nomina se formaban añadiendo un sufijo con carácter adjetival a la raíz de un nombre ya existente, generalmente: [-ius]. A menudo había también un elemento de unión: [-e], [-id], [-il], [-on], que servían para indicar que el nombre era el derivado de una raíz léxica. Muchos nomina eran de origen patronímico, es decir, surgieron a partir del nombre del padre, por ejemplo: Marcius es un nombre que surgió de la unión de Marci filius («el hijo de Marcus»), Sextius de Sexti filius, Publilius y Lucilius de Publi filius y Luci filius. Eso parece indicar que, a diferencia de los apellidos hoy empleados en Europa, en aquellos tiempos no eran necesariamente hereditarios, sino que podían ser adoptados o desechados a gusto de cada uno y cambiar de una generación a la siguiente. Algunos nomina se derivaron de praenomina que, más adelante, se consideraron cognomina, como Plancius derivado de Plancus o Flavius de Flavus; otros se derivaron de topónimos, por ejemplo Norbanus, procedente de Norba.

Con el tiempo el uso de un binomio (praenomen y nomen) para designar a una persona, se hizo una costumbre aceptada en toda la península. […] A las dos palabras habituales (praenomen y nomen) algunas personas añadían una tercera, el cognomen, que ayudaba a situarlos cuando se trataba de miembros de familias muy numerosas, era como especificar de qué rama de la família procedían. En un principio el nombre de estas ramas o cognomen se formó a partir de una característica física que ayudaba a reconocer al creador de la rama, o también se podía tratar de otros hechos identificadores: cualidades personales, ocupación, lugar de origen, o incluso el nombre de un objeto con el cual la gente asociaba a aquella persona. Algunos cognomina se derivaron de las circunstancias que llevaron a ser adoptado por otra familia, por ejemplo un liberto que adquiría el cognomen de su antiguo amo; y también los había que se derivaban de nombres extranjeros, por ejemplo cuando a un esclavo se le daba un praenomen romano, que con el tiempo derivaba en cognomen. Otros cognomina surgieron de la conmemoración de importantes acontecimientos asociados a una persona, como una batalla en que había luchado (Regillensis), una ciudad capturada (Coriolanus) o un hecho considerado milagroso (Corvus). Igual que pasó con los nomina, los cognomina habitualmente pasaban de una generación a la siguiente. Algunos ciudadanos romanos tenían más de un cognomen, unos que habían heredado y otros que eran sobrenombres adquiridos. Eso pasaba sobre todo entre los patricios. […]

Se conoce la existencia de los cognomina desde los comienzos de la república, pero en aquellos tiempos no eran más que unos apelativos informales, por lo que no constaron en documentos oficiales hasta el siglo II aC. […] En la época imperial los cognomina adquirieron gran importancia, y la cantidad de los que utilizaron la aristocracia se multiplicó exponencialmente, llegando incluso a desplazar el uso del praenomen y el nomen. Hacia finales del siglo V, pocos ciudadanos romanos eran conocidos por su nombre o por el praenomen y los últimos gramáticos señalaban que algunos agnomina (diminutivos o nombres informales) habían pasado a ser un cognomen más. En los últimos siglos del imperio también los cognomina se dejaron de utilizar, dando a veces preferencia a otros apelativos conocidos como signa. Durante el siglo VI, con la desaparición de un poder central y de las instituciones tradicionales romanas, se abandonó el complejo sistema de nomenclatura romano y los habitantes de la península italiana volvieron a utilizar un sólo nombre, la mayoría de los cuales tenían raíces en la antigua tradición.

Filiación

Otra manera de identificar a una persona, diferente de la tria nomina, era la filiación. Consistía en añadir la palabra filius, haciendo notar quién era el padre, método muy empleado desde la antigüedad por personas con padres famosos. Así, Lucius, el hijo de Marcus, se haría llamar Lucius, Marci filius; Paulla, la hija de Quintus, se llamaría Paulla, Quinti filia. […] La filiación con el tiempo se utilizó junto con la tria nomina, escrita generalmente entre el nombre y los cognomina con una letra “f.” como forma abreviada o a veces “n.” nepos («nieto») o neptis («nieta»). Por tanto, las siguientes inscripciones hay que interpretarlas así:

S. Postumius A. f. P. n. Albus Regillensis quiere decir “Spurius Postumius Albus Regillensis, de Aulus hijo, nieto de Publius”.

Ti. Aemilius L. f. Mam. n. Mamercinus quiere decir “Tiberius Aemilius Mamercinus, de Lucius hijo y nieto de Mamercus”.

Cuanto más formal era el escrito, más generaciones había que incluir; un bisnieto tenía la abreviación “pron. o “pronep.”, de pronepos o proneptis; un tataranieto “abn.” o “abnep.”, de abnepos o abneptis. […] A veces la filiación hacía referencia a la madre, y en este caso se utilizaba la palabra gnatus en lugar de filius o filia. Eso pasaba sobre todo en familias de origen etrusco. El nombre de una mujer casada iba a menudo acompañado del nombre del marido y se expresaba con la palabra uxor («esposa»). Por tanto, las siguientes inscripciones hay que interpretarlas así:

N. Fabius Q. f. M. n. Furia gnatus Maximus quiere decir “Numerius Fabius Maximus, de Quintus hijo y nieto de Marcus, nacido de Furia”.

Claudia L. Valeri uxor quiere decir “Claudia, esposa de Lucius Valerius”.

Algunas familias aristocráticas pusieron de moda durante el imperio la doble filiación, partiendo del deseo de darse importancia incorporando a su nombre los antepasados por línea materna, cosa que resultaba útil o, a veces, condición indispensable para recibir una herencia de propiedades. Una persona podía exigir formalmente en su testamento que la persona designada para recibir la herencia, adoptara sus nombres. […] Aunque la afiliación fue muy utilizada tanto en la república como en tiempos del imperio, no hubo ninguna ley que la regulara. Su uso dependió directamente de la costumbre y d ela conveniencia. Por tanto podía ser ignorada por un escritor si las necesidades lo requerían, por ejemplo la falta de espacio.

La evolución de los apellidos romanos puede sistematizarse así:

1. Praenomen + [praenomen del padre en genitivo] filius.

2. Praenomen + nomen no hereditario.

3. Praenomen + nomen hereditario + cognomen no hereditario.

5. Praenomen [en desuso] + nomen hereditario + cognomen hereditario.

6. Praenomen [en desuso] + nomen hereditario [en desuso] + cognomen hereditario + supernomina (agnomina y signa) + filiaciones.

De esta evolución se deducen algunos patrones que se repetirán después, cuando hablemos de los apellidos españoles:

a) La constante necesidad de aludir al padre (primero en los nomina patronímicos, y cuando éstos se han hecho hereditarios, a través de las filiaciones).

b) La aparición de un nuevo elemento informal cada vez que el apodo anterior se ha hecho hereditario.

c) La imposición de apellidos ajenos para heredar posesiones de terceros no ascendientes.

 

IBEROAMÉRICA

  • Discurso leido por Jaime de Salazar y Acha en la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía el 26 de mayo de 1991.

De los primitivos tiempos de la Reconquista tenemos muy pocos datos en cuanto al tema que nos ocupa. La exigua documentación se limita a donaciones o confirmaciones de tierras y privilegios a iglesias y monasterios, en las que contemplamos, junto al Rey otorgante, listas más o menos numerosas de nombres escuetos que les acompañan como confirmantes y testigos. No obstante, de su estudio podemos sacar dos importantes conclusiones:

  • La primera es que en los orígenes del Reino asturiano no existía, o al menos no se pone en evidencia el que existiera, ningún tipo de apellido, es decir lo que he definido con anterioridad como nombre de familia destinado a distinguir a unas personas de otras.
  • La segunda conclusión que nos ofrecen los documentos es que existe una clara diferencia entre la onomástica de la masa popular y la de las clases elevadas. En efecto, los individuos del pueblo llano ostentan nombres genuinamente latinos […], y sin embargo la familia real y los magnates, utilizan nombres típicamente germánicos; […] No quiero con esto decir que la clase dirigente fuera étnicamente goda, pues sería entrar en una ya estéril polémica, pero si he de resaltar la evidencia de que al menos lo más usual, lo que hoy podríamos calificar de lo elegante de la época, era ostentar nombres de este origen.

En el área oriental, en la Marca Hispánica, sucede exactamente lo mismo, aunque con una mayor influencia ultra pirenaica, manifestada en la adopción de nombres francos […], desconocidos en el resto de la península. […] El pueblo llano, sin embargo, utilizaba de forma predominante los mismos nombres hispano-romanos del resto de la península.

Donde sí encontramos diferencias onomásticas es en lo que podríamos llamar el área vascona. Es decir en el primitivo Reino de Pamplona y en la zona aragonesa del Pirineo. La sociedad vasconavarra, mucho más de espaldas a influencias extrañas, permanece durante siglos cerrada a variaciones onomásticas. En su seno aparecen nombres peculiares, en ningún caso de origen germánico, cuya etimología no se ha estudiado bien, pero cuya raíz eusquérica o latina eusquerizada, queda fuera de toda duda. […]

Tras esta digresión onomástica, volvamos otra vez a la génesis del apellido. La documentación original conservada de los siglos VIII y IX nos pone en evidencia que los primitivos españoles no usaban más que su nombre de pila. No se distinguían, por tanto, los nobles de los plebeyos o de los clérigos, salvo en que aquellos confirmaban los documentos del Rey, mientras estos últimos solo aparecían como simples testigos. Únicamente muy de vez en cuando aparece algún personaje, por lo demás exótico, que añade a su nombre de pila un ibn seguido de otro nombre de pila. Se trata de la expresión árabe hijo, usada también por los hebreos. No obstante, cuando aparece acompañando a nombres cristianos se suele explicar su utilización por atribuir a sus usuarios un origen mozárabe (2). […]

Pero toda esta indeterminación comienza a transformarse radicalmente en el último tercio del siglo IX. En este tiempo empiezan ya los nobles a firmar con su nombre de pila, seguido del nombre de su padre en genitivo latino y de la palabra filius […] (3). Pero esta fórmula que era, digamos, la oficial o la técnicamente impecable, de indudable influencia arábiga, comienza a simultanearse con la supresión en muchos casos de la palabra filius y con la terminación del nombre paterno en z, que será la prototípica del apellido patronímico español. Subrayemos, sin embargo, que en un principio esta costumbre onomástica no es general, es decir que no es adoptada más que por los magnates y por los personajes pertenecientes a la Curia Regia. Los miembros del estado llano tardarán todavía un siglo en hacerlo. Es algo así como decir que en aquellos tiempos primitivos sólo los nobles era hijos de alguien, ¿tal vez antecedente de la futura denominación de hijodalgo? Durante el siguiente siglo X, esta costumbre patronímica que empieza por la alta nobleza, se va generalizando a todas las clases sociales. Cuando nos adentramos en el siglo XI todas las personas citadas en los documentos aparecen con su nombre seguido del patronímico; y debo subrayar aquí que el sentido de este último es, sin la más mínima excepción, el que su propio nombre indica, es decir, que al contrario de lo que ocurrirá más tarde, siempre el apellido patronímico, en estas épocas, corresponde al nombre del padre del así apellidado. […]

En resumen, ésta es la norma general que irá implantándose en toda la península y que continuará invariable hasta la primera mitad del siglo XIII, con la aparición de lo que podemos llamar ya el nombre de linaje. Este tipo de apellido patronímico, que venimos tratando hasta aquí, por su propia sistemática cambiaba en cada generación y, en consecuencia, no servía para denominar familias sino únicamente individuos. Se hacía, por tanto, necesario crear un término para englobar a toda la familia y no solamente a una de sus generaciones. Tenemos pocas menciones de linajes en la Alta Edad Media y, curiosamente, cuando surgen éstas en la documentación, aparecen bajo una forma árabe, como si en el mundo cristiano no existiera todavía este concepto de linaje. Cierto es que a veces vemos la expresión latina casata de referida a un personaje concreto y para englobar a sus herederos, pero esta expresión abarca a los descendientes por línea masculina y femenina y no, por tanto, a los miembros de una estirpe como la entendemos en la actualidad. Sin embargo, en las crónicas musulmanas sí aparecen nombres de linajes cristianos […]. Lo más curioso es que esta forma árabe de denominar a las familias pasará muchas veces en su forma corrompida a los documentos cristianos. […] El hecho de tener que usar los cristianos un término árabe para mencionar un linaje propio parece querer indicar, por tanto, que, en un principio, no existía tal concepto en el mundo cristiano peninsular y que fue incorporándose a él a ejemplo de los musulmanes.

Pero en la segunda mitad del siglo XII vemos ya claramente, sobre todo en las Crónicas, cómo se empiezan a utilizar términos para designar linajes concretos utilizando para ello su lugar de origen o de señorío. Subrayo una vez más que no se trata de un apellido, pues rara vez los miembros de cada linaje firman o se autodenominan con tal término distintivo. Se trata, como ya he indicado, de una clave utilizada por la sociedad, encabezada por el mismo Rey, para poder distinguir entre sí a los que ya actúan como linajes: Los de Lara, los de Castro, los de Guzmán, los de Traba, etcétera.

Todo esto nada tiene que ver, sin embargo -y conviene que lo resaltemos-, con la costumbre que empieza a aparecer en esta época de firmar los grandes señores en la documentación siguiendo a su nombre y patronímico el nombre del lugar cuyo gobierno ejercen. Esta fórmula suele utilizarse intercalando las más de las veces, entre el patronímico y el lugar de gobierno, la preposición en […]; pero a veces se suscita el problema cuando el escriba emplea, para significar lo mismo, la preposición de, y hay que saber diferenciar entonces lo que es el gobierno de un lugar, de un incipiente nombre de linaje. Debo subrayar también que muchos de estos gobiernos, llamados en esta época tenencias, al ser constantes en una familia pasarán a formar el futuro nombre de su linaje; pero esto no siempre es así y su aparición en los documentos ha dado pie muchas veces para que algunos genealogistas, antiguos y modernos, hayan utilizado estas coincidencias para inventar antepasados antiquísimos a familias mucho más modestas.

Este nombre de linaje que surge en estos tiempos, de fuera a dentro como he indicado, se va implantando en la alta sociedad medieval y podemos decir que está perfectamente establecido, con la aquiescencia de todos, en la segunda mitad del siglo XIII. Pero nos conviene observar con detenimiento estos nombres de linaje, porque veremos que su adopción no responde siempre a las mismas causas. Así, si observamos las grandes familias de ricoshombres del Reino de Castilla en los siglos XIII y XIV podemos distinguir tres grupos:

  • El primero, que abarca a un total de dieciocho familias, sigue la fórmula más usual, que consiste en que los linajes adoptan como distintivo el nombre de su lugar de origen o de señorío. Así: Lara, Haro, Guzmán, Castro, Villamayor, Traba, Limia, Cameros, Villalobos, Aza, Manzanedo, Asturias, Castañeda, Sandoval, Guevara, Rojas, Mendoza y Marañón. Se usarán como apellido tras el patronímico correspondiente y la preposición de; ejemplos: Núñez de Lara, Rodríguez de Guzmán, Fernández de Castro, Álvarez de las Asturias, etc.
  • Vemos también un segundo grupo de cinco familias en que la fórmula usada para bautizar al linaje es completamente distinta, y consiste en que, cuando un nombre de pila, convertido en patronímico, es característico de una familia y poco común en el país, por ser de origen extranjero o ya arcaico, puede pasar de patronímico a ser nombre de linaje. Éste es el caso de los Manuel, los Osorio, los Ponce, los Froilaz o los Manrique. Notemos que todos ellos son antiguos nombres de pila transformados en patronímicos y que por su rareza en el país pasarán a denominar a los linajes que los produjeron. Se utilizarán por supuesto con su correspondiente patronímico, pero sin la preposición de, al contrario que en el grupo anterior, es decir, Sánchez Manuel, Álvarez Osorio, Fernández Manrique, etcétera (5).
  • Y, por último, existe un pequeño grupo de dos, Girón y La Cerda que corresponde a los nombres de linaje basados en apodos o, como se decía entonces, en alcuñas.

El uso de un apodo es poco frecuente entre la alta nobleza de Castilla y León; recordemos tal vez en pleno siglo XIII al ricohombre leonés Rodrigo Fernández, llamado el feo de Vamuerna, que no debía de avergonzarse de esta peculiaridad puesto que en muchas ocasiones firma los documentos con dicho apelativo. Incluso un hijo suyo aparecerá más tarde como Ramiro Rodríguez Feo, aunque este apodo nollegó a perpetuarse como apellido. En Navarra y Aragón era, sin embargo, corrientísimo el uso de apodos entre los ricoshombres (6), de tal modo que muchas veces es casi imposible conocer su auténtico nombre. Apuntemos por ejemplo entre ellos a Buen Padre, Ladrón, Barbatuerta, Barbaza, Peregrín, Portolés, Tizón, Almoravit, Maza, etcétera; pero realmente fueron muy pocas las familias que tomaron su nombre de un apodo si exceptuamos a los últimos citados Almoravit y Maza, como nombres de linaje, y el de Ladrón como patronímico. Este tipo de apellido, basado en un apodo, es, por el contrario, frecuentísimo en Portugal; recordemos familias clásicas como Pacheco o Pimentel; e inexistente, en cambio, en Cataluña, donde por la vigencia plena del régimen feudal, las familias se apellidan, casi en exclusiva, por los nombres de sus feudos.

Dije ya que entre los ricoshombres castellanos que tomaron apellido de un apodo nos encontramos con Girón y la Cerda, y la notoriedad de este último, línea primogénita de la casa real de Castilla, nos permite estudiar –al contrario que con el anterior, cuyo origen, fuera de leyendas inventadas muy posteriormente (7), desconocemos-, cuál era el proceso de creación de un apodo y su posterior conversión en apellido. Sabemos que el Rey Alfonso el Sabio tuvo de su matrimonio con Doña Violante de Aragón un hijo primogénito que se llamó Don Fernando, y sabemos que fue apodado el de la Cerda por haber nacido con una cerda o pelo grueso en mitad del pecho. Sin embargo, él no se llamó otra cosa que Don Fernando, Infante primer heredero o Don Fernando, hijo mayor del Rey. Muerto en vida de su padre dejó dos hijos que tuvieron que disputar el trono a su tío Don Sancho el Bravo; estos personajes se llamaron a su vez don Alfonso, hijo del Infante Don Fernando y don Fernando hijo del Infante Don Fernando; pero ya sus contemporáneos los llamaban los infantes de la Cerda, y tanta fuerza ten’ esta denominación popular, que cincuenta años después de la muerte del Infante, su nieto don Luis, que durante su destierro en Francia se apellidaba de España, tomó al pasar a la península el apellido de la Cerda con el que era conocido aquí, adoptando como apellido lo que hasta entonces no haba sido sino una denominación extraña, y que a partir de entonces fue utilizado por sus descendientes los Duques de Medinaceli. Todo lo que vengo diciendo para la alta nobleza se va haciendo extensivo poco después al pueblo llano; la razón evidente es el empobrecimiento onomástico que en su momento mencioné, es decir, que al abandonar el pueblo los primitivos nombres hispano-romanos y adoptar los más eufónicos, para la época, nombres de la nobleza, todo el mundo se llamaba más o menos igual.

Había que buscar otro sistema de diferenciación y éste se produce sobre todo a través de la alcuña, formada ésta en la gran mayoría de los casos por el oficio ejercido por el cabeza de familia, por alguna característica física descollante, o por el lugar de su residencia o de su origen familiar. Pero esta adopción casi general de la alcuña o sobrenombre, ya sea consistente en un apodo o en un topónimo, va dando lugar durante la segunda mitad del siglo XIII y definitivamente en el siglo XIV a una auténtica revolución, que consistirá en la pérdida del sentido originario del patronímico. He intentado buscar documentalmente cuál es la razón por la que se abandona el sentido filiatorio del patronímico y siempre he encontrado las mismas razones de abandono. El primer ejemplo lo tenemos en la dinastía castellana y parece ser que surge cuando un hijo tiene el mismo nombre de su padre. A los oídos de la época les resulta al parecer poco eufónico que alguien se llame Alfonso Alfonso o Rodrigo Rodríguez y comienzan a verse las excepciones. El sistema a adoptar en este caso será en principio el de que el hijo así llamado tome, no el patronímico que le corresponde, sino el de su padre. Alfonso el Sabio llamará a su hijo natural Alfonso con su patronímico propio, es decir Fernández, como hijo que él era de San Fernando.

La segunda razón de importancia para el cambio de patronímico tiene una motivación que podríamos definir como de pretensión dinástica. Analicemos para explicarlo el caso del ya mencionado don Fernando, hijo segundo del Infante Don Fernando el de la Cerda. Casó aquel don Fernando a principios del siglo XIV con doña Juana Núñez de Lara, heredera de esta gran casa castellana, y del matrimonio nació un hijo que heredó la casa de Lara. ¿Cómo se llamó este señor? No desde luego Fernández ni La Cerda, sino Juan Núñez, que era el nombre propio de los anteriores señores de Lara a quien éste caballero sucedía. Pero casó a su vez este don Juan Núñez con doña María Díaz de Haro, heredera del Señorío de Vizcaya, y su hijo mayor no se llamó a su vez Núñez sino Lope Díaz, que era el nombre tradicional de los señores vizcaínos. Vemos, pues, por tanto como también un cierto sentido de pretensión dinástica provocó la ruptura con toda una tradición multisecular.

Pero éste, que venimos hasta aquí tratando, no es más que el primer paso y cuanto más se va generalizando la alcuña o nombre de linaje como apellido, más se va abandonando el uso del patronímico en su función primigenia, el cual quedará ya desgraciadamente sin sentido en el siglo XV. En gran parte de las familias hidalgas, por un cierto tradicionalismo onomástico, se mantendrá el patronímico, desprovisto ya de su primitiva función, unido al nombre del linaje. En las clases populares, sin embargo, se suprimirá en su mayor parte, manteniendo como apellido simplemente la alcuña, o dejando ya fijo el antiguo patronímico. Curiosamente, esta supresión es muy desigual en las distintas regiones y destaquemos, por ejemplo, que es excepción en algunos lugares de la Mancha, y especialmente en la provincia de Toledo, donde se mantienen numerosos apellidos compuestos. En el País Vasco, en cambio, excepción hecha de Álava, se suprimirá totalmente el patronímico en la primera mitad del siglo XVI, lo que hace hoy en día a algunos indocumentados tener por maketos los apellidos patronímicos. Con todo, entramos en una nueva fase del patronímico que va a tomar especial importancia en las familias nobles. Esta nueva fase, entre los siglos XIV y XVI, consiste en utilizar el patronímico como una prolongación del nombre de pila, indiferentemente de cuál sea el nombre del padre, y se basa en imponer a cada niño al nacer, el patronímico de la persona en cuyo honor se le ha impuesto el nombre. […]

Por último no podemos olvidar, dentro del empeño que supusieron en este siglo las cuestiones de linaje y apellido, la importancia que para ello tuvo la institución del mayorazgo. La fundación de mayorazgo, verdadera fiebre del siglo, tenía por objeto el mantener unido un patrimonio que, en otras condiciones, a través de sucesivos repartos, habría condenado a la descendencia a un descenso en la categoría social. Para proteger esta perduración del linaje y para asegurar su lustre social, los testadores establecen todo tipo de cláusulas sucesorias, que coartarán la libertad de sus herederos. Así, no solamente se prohibía a los sucesores cualquier posible enajenación del patrimonio vinculado, sino que, además, se les imponía el uso de apellidos y armas y muchas veces, incluso, las personas con las que habrían de casar. Todo ello nos pone en evidencia la gran preocupación que aquellos hombres tenían por todo lo referente al linaje. Por ello, no es de extrañar que cualquier duda sobre la nobleza o limpieza de sangre de una familia, produjera rencillas enormes que muchas veces acababan en sangre. Ésta era por tanto una forma de perpetuar la vida de las personas a través de sus nombres, lo cual fue cada vez tomando más forma como condición indispensable de heredar los mayorazgos. Ya no se trataba sólo por tanto de la costumbre de bautizar con un nombre determinado al hijo, sino que pasaba a ser una obligación. […]

Esta costumbre de obligar al heredero del mayorazgo a usar el apellido del fundador se hace casi general durante el siglo XVI, y esa es la razón por la que en los siglos posteriores, hasta la supresión en el siglo XIX de los antiguos mayorazgos, los grandes personajes usen multitud de apellidos. No se trata como algunos escriben de pura vanidad genealógica, ni de los apellidos de los abuelos del personaje puestos en desorden; se trata de una obligación legal impuesta al caballero si quiere disfrutar de las rentas del mayorazgo. Pero en la mentalidad de la época, quiero resaltarlo aquí, apellido ya era igual a nombre de linaje, y el patronímico no era ya más que una mera prolongación del nombre de pila. Por eso, cuando un personaje usa varios apellidos sólo figura entre ellos un patronímico, que es el que ocupa el lugar inmediatamente detrás del nombre de pila.

 

  • George R. Ryskamp, “The Intergenerational Transmission of Surnames in Spain and Latin America (1500-1900)”.

The historical study of the intergenerational transmission of surnames in Spain and her colonies […] shows a nearly universal system of surname transmission in the sixteenth century that antedates the use of permanent hereditary patronyms in the areas, peninsular and colonial, ruled by the crowns of Castile and Portugal. That system exhibited a great flexibility in surname transmission allowing selection of the surname to be used from among those of a child’s extended pedigree, both maternal and paternal. From these findings emerges the conclusion that Hispanic society did not, and does not, view the extended family in the patrilineal, male-dominated fashion of Anglo society. In the Hispanic—and one could, to clearly include Portugal, even say Iberian—perspective, the entire extended family, back on all sides to the third and even fourth generation, is viewed as personally relevant and a potential source for surname usage. It offers a personal identity as a member within an extended family with all of the cultural values, social standing, ethnic identity, and familial loyalties such a name may entail, as well as, in most areas on the Iberian Peninsula, the potential for honor or shame.

To reach that conclusion requires a review of surname usage patterns in Spain and her colonies during the last 400 years, starting with three fundamental constructs of modern surname usage: the double surname, female birth surname retention throughout life, and the creation and use of composite surnames, and then tracing the patterns of surname usage implemented during the last 400 years. These patterns will not only show that the current permanent hereditary patronym or double surname system is of recent origin but also that all of the surname transmission systems used historically in Spain and her colonies point toward a salient feature of Hispanic culture—an inclusive perspective of familial identity that encompasses the entire extended family. The following specific factual findings will emerge while reviewing historical surname usage patterns:

1. The current use of the double surname originates in the Basque region and with the Castilian upper class and is transferred to other segments of society in Old and New Castile gradually during the eighteenth century but does not achieve universal application in other parts of Spain and her then former colonies until the mid- to late nineteenth century;

2. For at least two centuries prior to that time (including most of the American colonial period), most individuals in Spain and the colonies used only one surname, most frequently derived from the father;

3. In certain geographical areas of Spain, primarily Extremadura and Galicia, the seventeenth and eighteenth centuries are characterized by a different pattern in which male children adopt the surname of their father and many females adopt the surname of their mothers; and

4. The Spanish regional female surname systems marks a transition from the earlier and more geographically universal system visible in the sixteenth-century colonial period, when greater flexibility in surname usage was evident. During this time, parents apparently selected the surname to be used from among those of their extended pedigrees, both maternal and paternal.

Basic surname concepts

Essential to a discussion of the historical development of intergenerational surname transmission is adetailed understanding of three patterns of surname usage prevalent in Spain and her former colonies even to this day: female, double, and composite.

Female Surname Usage

Women in Iberian society have, since at least the fifteenth century, retained their birth surname throughout life. Unlike in Anglo society, females do not take the name of their husbands upon marriage. […] For over five hundred years, in all other regions of Iberian Peninsula as well as in all American colonies at least until independence, women have retained their birth surnames and not adopted their husbands’ surnames.

This pattern of female surname usage is not limited to Iberian countries. A similar system exists in France and Italy as well, likely originating in neo-Roman law adopted in all of these countries during the birth of the Civil Law legal tradition in the thirteenth and fourteenth centuries. This concurs with the more extensive property and inheritance rights women held under the Civil Law legal tradition in these countries.

Historical Development of the Double Surname System

Originating among the upper classes in Castile before the sixteenth century,31 the double surname system does not come into use among the common people of that region until the eighteenth century. Not until the last quarter of the nineteenth century does it become universal throughout Spain and her former colonies, except Argentina. Prior to that time, most records for common people used only one surname, either singular or composite. Establishing that fact is necessary to exploring previous systems of intergenerational surname transmission.

[T]he original development of the double surname system antedates the implementation of State-making/State-naming actions inherent in Bourbon reform activities such as the Catastro de Ensenada (1750). This would preclude those activities from being the source of the growth of this system of permanent hereditary patronym/matronym, as one might have hypothesized based on the work of Scott, Tehranian, and Mathias. A century later, the adoption of civil registration and the mandatory implementation of the modern hereditary double surname system as described by Salazar y Acha is a definitive example of such State-making/State-naming […]. [The origins of the double surname usage] lie in Castilian and/or Basque culture and it reflects key concepts of identity inherent in that culture. Outside the Castillian and Basque regions, the use of double surnames does not appear in any significant amount until after 1860. […]

[T]he double surname system, as it functions today, came into universal use in Spain and her former colonies only after 1850. Its adoption was part of the State-making/State-naming process of modernization and legal unification during the late nineteenth century, which took place in Spain under the label of economic and political liberalism in that time period. Spain mandated the keeping of civil registration records at the municipal level for large municipalities (those with over 500 vecinos) in 1838 but did not set up a national civil registration system until 1870. Salazaar y Acha affirms that the introduction of the national Civil Register by legislative act in 1870 solidified the use of the Castilian double surname system throughout Spain. The original law makes no clear requirement that two surnames be listed. Article 48 only requires that the names and surnames of the parents and grandparents, paternal and maternal, be stated for each child registered. The interpretation of that requirement is the imposition of the double surname system as the waya permanent hereditary surname is to be recorded. Not until the Civil Register lawof 1870 is replaced in 1957 is the double surname requirement codified.49 All of this indicates an underlying cultural dispositionthat recognizes both paternal and maternal elements in the surname identity.

In Latin America, there was practically no double surname usage before 1850. […] Nevertheless, by 1900 the double surname is being used extensively in all Latin American countries except Argentina. Civil registration was certainly a significant factor in the standardization of surnames and surname transmission in Latin America.

What cultural factors motivated this nearly universal adoption of the double surname system? As Scott, Tehranian, and Mathias document, similar State-making/State-naming activities in England, the United States, and France resulted in the adoption of a permanent hereditary patronym, rather than the Spanish hereditary patronym/matronym double surname system. In much of Latin America at that time sufficient distrust of Spain and ambivalence toward Spanish heritage existed to discount any overt decision to follow the example of Spain. To understand the near universality of this adoption in Latin America requires looking not at nineteenth-century emulation of European standards but backward into the history of Spain and her colonies for the cultural roots that nourished this transformation.

Intergenerational transmission of surnames, 1650-1850

Hispanic single surname usage before 1850 does not culturally reflect the same patrilineal approach found in Anglo societies. The nearly universal adoption of double surnames, not only in Spain but throughout Latin America during the last two generations of the nineteenth century, would indicate a cultural predisposition to a view of the family encompassing both paternal and maternal elements:- Women during the entire period from 1600 to 1800 consistently used their birth surnames throughout life. – In Castile and the Basque provinces, the double surname system makes a gradual appearance and its use seems to spread, apparently readily accepted without any official decrees. – In all parts of Spain, records of the period before 1800 show a flexibility of surname usage where an individual may appear with variant combinations of surnames during his or her lifetime (“oscillation in the use of surnames within the same families”).- Regional variations on this flexibility even more strongly demonstrate the deeper cultural underlay: in Galicia and Extremadura male children generally received the surname of their father, but distinctively, females very frequently received that of their mother, resulting in the same surname passing down the descending umbilical or matrilineal line on the pedigree.

This pattern of female participation in the transmission of wealth […]. [T]he women of New Mexico had more extensive rights under the Spanish colonial legal inheritance and property system than their sisters in colonial New York. The women of Extremadura, and of Spain and her American colonies generally, were in a much better legal and economic position relative to controlling their wealth transfers than their Anglo sisters of the same time period.

Intergenerational transmission of surnames before 1650

The universality of these patterns of flexibility in the selection and transmission of surnames is clearly established throughout the crown of Castile and her colonies in the sixteenth century and in many areas for long after. What the Extremadura priest Bernardo Martin Ramos saw in 1771 as an arbitrary and corrupt practice and Manuel Ravina, the Cadiz archivist, confronted as a confusing oscillation in surnames used by a single family, Salazar y Acha best described in 1991 as a breadth of choice. In discussing the use of patronymic surnames during the sixteenth century, he observed:

“Podemos decir que cada familia disfruta de un cierto patrimonio onomástico, que consiste en el conjunto de los nombres que han utilizado sus padres, sus abuelos y sus tíos, tanto por línea paterna como materna. Cada uno de estos familiares ha usado en su tiempo un patronímico, de carácter todavía filiatorio o no. Pues bien, la familia utilizará para bautizar a los suyos, únicamente, salvo rarísimas excepciones, los nombres de este acervo onomástico familiar, imponiendo a sus hijos no solamente el nombre de sus antepasados sino también el patronímico que aquellos usaron.”

Adding the word apellidos alongside nombres in this paragraph makes it a perfect description of the family-oriented surname transmission system used in the Iberian peninsula before 1600.

Conclusions

The right to derive a surname from anywhere within the extended family indicates that the family at that time was not viewed in the patrilineal fashion to which contemporary Anglo society is accustomed. Female surname transmission from mother to daughter for several generations likewise substantiates that conclusion, as does the practice of women retaining their surnames throughout life. Rather than a patrilineal, male-dominant model, as illustrated by the standard pedigree chart […] consider a circular pedigree chart where the individual is in the center of his ancestral lines which radiate from him in all directions equally, without distinction for male or female. One could twist the chart in any direction and it would be the same. This perspective better illustrates the view of Iberian society toward the extended family. Each part of the extended family is of value, and a source not only for surname derivation but for that very important component of the Hispanic psyche, honor.

This circular pedigree model for conceptualizing the view of the extended family resonates with and provides underpinnings for a number of circumstances and concepts found in Iberian societies:

1. The ease with which the double surname system became universal as Spain and nearly all of her former colonies went through the State-making/State-naming processes of adopting civil registration, at the end of the nineteenth century. This system was wholeheartedly accepted because it expressed the already existing idea of the involvement of more than just the male line in one’s view of family.

2. The fact that the Portuguese, in the face of State-making/State-naming pressures inherent in the adoption of civil registration, resisted the creation of a system of permanent hereditary patronymic surnames, opting instead for a system that gave parents traditional flexibility in selecting surnames from the ensemble of those used by their ancestors.

3. The Spanish obsession with genealogies with their emphasis on all family lines, not just the male line, going back three or four generations in proofs associated with nobility status, marriage to a military officer, and purity of blood for government, Inquisition, and church service.

4. The importance of finding a marriage partner of “buena calidad” or good family and social status, not just for personal honor but because one’s children were to have that family as part of their extended family. One was literally marrying not just the spouse but the spouse’s family as well.

5. The emphasis in inheritance-related documents and the law assuring that a woman’s property went to her children rather than to her husband, which reaffirms this view of the extended family, as does the concept of females retaining their surnames after marriage. The extended family, from female or male sources, was viewed on an equal footing—whether for surname derivation, wealth transfers, or as a source of honor.

6. The ease with which nephews or cousins of a male relative, often children of a sister, adopted his surname and even became his heirs when he had no children.

In Albion’s Seed: Four British Folkways in America, David Hackett Fischer sets out what he calls immediacy as a principal of historical analysis, observing that certain cultural traditions transcend the centuries and impact a community or region throughout its history, remaining as relevant in understanding of contemporary society as the society of several hundred years ago. Flexibility in Iberian surname derivation reflects such immediacy from 1500 to 1900. The right to select from the ensemble of family heritage reveals a fundamental difference in the Iberian way of viewing the extended family and its relationship with each individual member. Family heritage is not patrilineal, but rather circular. This requires an increased sensitivity to the role of the extended family, on both male and female sides, in the evaluation and understanding of legal, social, and cultural phenomena in Ibero-American history.

 

MUNDO ANGLOSAJÓN

  • R.A. McKinley, “A History of British Surnames”

In the late thirteenth century […] the family’s name was well established. […] There was an obvious link between the possession of hereditary surnames by landed families and their possession of hereditary estates, descending for the most part by primogeniture, but beyond this little can be said about the motives which led such families to acquire and retain surnames. It does not appear that the possession of a hereditary name was at any time a mark of high status, even though the habit of using such names began with the larger landowners. Something may be due to influences from France, where landowners were acquiring hereditary names at much the same time as those in England, or perhaps rather earlier. A good many landholders in England still had property in France, mostly in Normandy, during the twelfth century, and must have been aware of what the trends in France were. A parallel can be seen in the spread of coats of arms, which were hereditary, from France to England in the twelfth century.

Landholding families were, generally speaking, the best documented part of the population during the Middle Ages, and there is a good deal of evidence about their surnames and by-names, even if at points the evidence is not as full as might be wished. It is much more difficult to see what is happening among other social classes, for whose names there is much less evidence, especially during the two centuries or so after the Conquest. It would seem that in the south of England and East Anglia, very few families, apart from substantial landholders, had hereditary surnames before about 1150. Between about 1150 and 1250 instances where families outside the ranks of sizable landholders had hereditary surnames begin to appear, but remained few. Between about 1250 and 1350, many families belonging to various classes acquired surnames. It is not possible to give precise statistics, but it is likely that, in the regions in question, rather more than half the population had surnames by about 1350. The late fourteenth-century poll tax returns, which give a more complete view of the names then in use than any other source for the same period, show that about 1380 there were still numbers of people without any surnames or by-names at all. By the early fifteenth century, however, it seems to have been unusual in these regions not to have a surname. In the north of England, developments occurred about a century later than in the south and Midlands. Wales and Scotland each had their own course of development.

Something can be said in rather more detail about the growth of hereditary names among some sections of the population, but it is worth considering how and why families came to have surnames. […] It is true that the keeping of written records increased noticeably during the thirteenth century, so that the ordinary man was much more likely to have his name put down in writing in 1300 than in 1200, and it is true that the use of written title deeds increased during the same period, which would affect small freeholders (a considerable part of the population in most areas), and might have led to clerks who drew up deeds bestowing by-names on parties to property transactions for the sake of legal precision, and to prevent confusion between individuals with the same first name.

Certainly by 1300 direct taxation was reaching a long way down into society, and title deeds were coming to be used even for small pieces of property. It might be supposed that the increased use of documents for one purpose or another, and the tendency for all classes of society except the very poor to appear in written records, would make it convenient for most people to have permanent by-names, if not hereditary surnames, but there is little sign of this being the case. Many persons appear in thirteenth- and fourteenth-century documents, such as tax assessments, without any surnames or by-names at all, often listed as simply the son of some person (in the usual formula, ‘John son of William’, and so forth).

 

MUNDO MEDIO

Arabic names were historically based on a long naming system; most Arabs did not simply have given/middle/family names, but a full chain of names. This system was mainly in use throughout Arabia and part of the Levant.

Structure of the Arabic name

Ism

The ism (اسم) is the personal name (e.g. “Kareem” or “Fatimah”). Most names are Arabic words with a meaning, usually signaling the hoped-for character of the person. Such words are employed as adjectives and nouns in regular language.

Laqab

The laqab (لقب  “cognomen” / “surname”) is intended as a description of the person.

Nasab

The nasab (نسب) is a patronymic or series of patronymics. It indicates the person’s heritage by the word ibn (ابن “son”, colloquially bin) or bint (بنت “daughter”, also binte, abbreviated bte.). Several nasab names can follow in a chain to trace a person’s ancestry backwards in time, as was important in the tribally based society of the ancient Arabs, both for purposes of identification and for socio-political interactions. Today, however, ibn or bint is no longer used (unless it is the official naming style in a country, region, etc.). The plural is ‘Abnā for males and Banāt for females. However, Banu or Bani is tribal and encompasses both sexes.

Nisbah

The nisbah (نسبة) surname could be an everyday name, but is mostly the name of the ancestral tribe, city, country, or any other term used to show relevance. It follows a family through several generations. The laqab and nisbah are similar in use, thus, a name rarely contains both.

Westernization of Arabic naming practices and names

Almost all Arabic-speaking countries (excluding for example Saudi Arabia or Bahrain) have now adopted a Westernized way of naming. This is the case for example in the Levant and Maghreb, as well as some North African countries, where French or English conventions are followed (an effect of European colonization), and it is rapidly gaining ground elsewhere. Also, many Arabs adapt to Western conventions for practical purposes when travelling or when residing in Western countries, constructing a given name/family name model out of their full Arab name, to fit Western expectations and/or visa applications or other official forms and documents. The reverse side to this is the when Westerners are asked to supply their first name, father’s name, and family name in some Arab visa applications.

Prior to 1919, the people of Persia (Iran) did not use surnames. An act of Vosough od-Dowleh government in 1919 introduced the use of surnames,[1] and the practice expanded during the reign of Reza Shah (r. 1925–1941). Prior to that, a person was often distinguished from others by a combination of prefixes and suffixes attached to his name which, if omitted, might cause that person to be taken for someone else. […]

In many cases an individual was known by the name of the district, city, town, or even the village from which they came by using the locality’s name as a suffix, for example: Nuri, Khorasani, Mazandarani, Kordestani, Tehrani, Esfahani, Hamedani, and Shirazi

Among many other secularization and modernization reforms, surnames were required by Reza Shah, following similar contemporary patterns in Turkey under Mustafa Kemal Atatürk, and later in Egypt under Gamal Abdel Nasser.

The Ottoman Turks were not in the habit of using surnames. A man could be known by his personal name given at birth, supplemented by a second name given in childhood, or by his father’s name. The more complex and extensive relationships of a modern society made a system of surnames desirable; the adoption of a new civil code in Turkey made it necessary (Lewis 2002).

The Surname Law in Turkey which became effective in January 1935, forced Turkish citizens to find and register surnames by 2 July 1936 which had to be drawn from the Turkish language. This law also allowed Turkish families with an existing surname to alter and register it.  Turkish families with no recorded surname along with those who wanted to change their old one searched newspapers for name lists.  For some, their new surname was linked to the heroes and virtues valued on the central Asian steppes.  Surnames belonging to military rank, civil officials, tribes or foreign nations and morally unsuitable names were forbidden.  People were discouraged from using foreign suffixes like ‘yan’, ‘of’, ‘viç’, iç’, ‘is’, ‘dis’, ‘pulos’, ‘aki’, ‘zade’, ‘bin’.  These endings needed to be replaced with the Turkish ‘oglu’ (Türköz 2004).

Members of the Jewish, Greek and Armenian minorities were not bound by this law. However, many who were concerned about drawing attention as being part of the non-muslim minority changed their name by truncation or translation (Türköz 2004). In 1934, the Greek, Jewish and Armenian minority communities were already recorded by their family names (Aksu, 2006). In accordance with the Lausanne Treaty, nearly all the christian Greeks still living within the borders of Turkey were exiled by the end of 1924 to Greece. The exception was Greeks living in Istanbul and on the islands of Imbros and Tenedos (see Note 4).

Aksu (2006) identified that prior to 1935 on official Turkish documents such as census returns, military records and title deeds, people were identified by who they were the son/daughter of and where they were registered at birth, e.g. Tahir Oğlu Selim, Gönen (Selim, son of Tahir from Gönen). Official records could also include their occupation, their father’s occupation, their military rank, their nickname, their father’s nickname, or their family’s lakap (names applied to all members of extended families over generations and were in many ways, the precursors of surnames).  Lakaps carried more weight than a nickname, like Ali, from the Dal family.

For women, it was much the same, Ahmet kizi Rahşan (Rahşan, daughter of Ahmet).  The Ottoman naming system eventually created an excessive number of people bearing the same name (Aksu, 2006).

Using the Turkish General Directorate of Population and Citizenship (2013) list of the most common Turkish surnames (available at: www.nvi.gov.tr/Files/File/Istatistikler/Isimler/en%20%C3%A7ok%20kullan%C4%B1lan%20soyad.pdf) I was able to translate into English 29 of the top 30 surnames.  Because of the recent forced genesis of Turkish surnames it seems inappropriate to categorise these surnames, which were based on idealised virtues or values, into the same five categories as specified above for Greek surnames.  The 15 most common Turkish surnames and their English translation are: Yilmaz (dauntless); Kaya (rock); Demir (iron); Çelik (steel); Şahin (falcon); Yildiz (star); Yildirim (lightning); Öztürk (real Turk); Aydin (enlightened); Özdemir (pure iron); Arslan (lion); Doğan (falcon); Kiliç (sword); Aslan (lion); Çetin (tough/strong).

 

ISLANDIA 

En este país los apellidos, por llamarlos de algún modo, son patronímicos y no se heredan, de modo que cada generación tiene unos apellidos distintos a los de sus padres, que a su vez los tienen diferentes a los de sus abuelos, y serán diferentes a los de sus hijos y nietos. He aquí un ejemplo:

  • Helgi Sveinbjargarson (marido)
  • Ásdís Þorkelsdóttir (mujer)
  • Ýmir Helgason (literalmente “Ýmir hijo de Helgi”)
  • Þóra Helgadóttir (literalmente “Þóra hija de Helgi”)

El apellido patronímico se forma tomando la forma genitiva del nombre del padre y añadiéndole el sufijo -son si se trata de un hijo, o el sufijo -dóttir si se trata de una hija.

 

CHINA

  • Yan Liu et al., “A Study of Surnames in China Through Isonymy”

China has a 4,000-year history of recorded surnames extending as far back as the Xia Dynasty (ca. 21-16 centuries BC), which have undergone a long evolutionary process. Chinese surnames have been well preserved through generations due to the prevalence of Confucian culture, in which people do not change their surnames unless there are special reasons to do so, such as receiving a noble surname from the emperor. […] The stability of surnames indicates that the historical inheritance of Chinese surnames has been continuous, approaching drift-migration equilibrium after thousands of years of surname evolution. Therefore, surnames in China, as a cultural genetic factor, may be a significant and remarkable resource for studying population structure.

China is a multiethnic country, with the Han nationality as the largest ethnic group. Over the evolution of Chinese surnames, the most important factors affecting surname frequencies have been ethnic assimilation and migration. […] This surname evolution resulted in several specific features of surname structure. The first feature is that there are a smaller number of surnames and a larger number of people sharing the same surname. It has been estimated that there are currently approximately 3000 surnames in use for the Han nationality (Yuan et al., 2000a). It is surprising that the 100 most common surnames account for ~85% of the total population. […]

The third feature is that most of the commonly used surnames are polyphyletic. […] 97 of the 100 most common surnames originated in the Spring and Autumn Period (722-476 BC) or the Warring States Period (476-221 BC). During these periods, changing one’s surname was more common because Confucian ideas did not prevail. Furthermore, ethnic minorities often changed their surnames to surnames of the Han nationality over thousands of years of surname evolution. In general, the more common a surname is the more origins the surname has.

Parece que los apellidos chinos existen y se heredan desde tiempos inmemoriales. Así lo corrobora este texto, que copio a modo de recapitulación:

It appears that the Chinese were the first to acquire more than one name with the use of surnames.  The exact date when surnames began is shrouded in legend but they clearly occurred well over 2,000 years ago.  In the western world, the inherited family name is a comparatively recent development.  Some ancient Greek families identified themselves by an ancestor’s name but the Romans appear to be the first Europeans to make regular use of family names.  However, this custom died out with the collapse of the Roman empire (Catsakis 2003).

Surnames in the modern sense were used among Byzantine and Venetian nobility about the 9th century.  By the 14th century the custom was widely practised in Britain and France.  By the 16th century it was well established in Germany and Poland. In Scandinavia, in the late 19th century, the government began requiring the usage of hereditary family names.

 

Castellón de la Plana, 15 de junio de 2015.

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