Historia reciente de la lengua turca: entre la filología y la ideología

La lengua turca es un campo de batalla ideológica en el que kemalistas e islamistas llevan enfrentándose más de ochenta años. Mucho antes de que Orwell nos describiera la neolengua del Gran Hermano en su célebre obra “1984”, el fundador de la República de Turquía, Mustafa Kemal Atatürk, supo que para romper definitivamente con el pasado otomano era necesario transformar el idioma.

El turco otomano (Osmanlı Türkçesi) se escribía con caracteres arábigos desde hacía siglos. El alifato, pensado para una lengua semítica cuya lógica residía en las raíces triconsonánticas, era a todas luces inadecuado para un idioma con ocho vocales y reglas de armonía vocálica como el turco. Por otra parte, el turco que hablaban las élites consistía esencialmente en préstamos árabes y persas entrelazados con la gramática turca, de tal manera que resultaba ininteligible para las masas. Más aún, la escritura llegaba a incorporar elementos de la sintaxis de esas lenguas que chocaban con la lógica propia del idioma turco.

Mustafa Kemal sentó las bases de una república moderna y laica, a semejanza de las potencias de Europa occidental, a partir de un programa de reformas de gran calado político, jurídico y social. Así pues, la abolición del Sultanato (1922), del Califato y de la sharia (1924) vino acompañada de una profunda reforma de la lengua turca.

ataturk

 

El 23 de mayo de 1928 el Consejo de Ministros creó la Comisión de la Lengua (Dil Encümeni), cuya finalidad era estudiar la adopción del alfabeto latino en el turco. Se dividió en dos subcomisiones, una para la gramática y otra para el alfabeto. Una vez acordadas las letras que comprenderían el nuevo alfabeto, la Comisión presentó dos propuestas para implantar la reforma en un periodo de 5 o 15 años respectivamente. Pero Mustafa Kemal tenía prisa: el 28 de agosto se presentó el nuevo alfabeto en un acto público; pocos días después el propio Mustafa Kemal se embarcó en una campaña frenética por todo el país para enseñar el nuevo alfabeto (como atestigua la foto); entre el 8 y el 25 de octubre todos los funcionarios fueron examinados con el nuevo alfabeto; y el 1 de noviembre la Gran Asamblea Nacional aprobó la Ley nº 1353 de adopción y aplicación de las nuevas letras turcas, que entró en vigor dos días después. Los miembros de la Gran Asamblea Nacional que se habían opuesto al nuevo alfabeto y se habían negado a aprenderlo se encontraron con que el artículo 12 de la Constitución de 1924, que disponía que no podría ser diputado quien no supiera leer y escribir en turco, les privaba ahora de su acta de diputado.

Pero la reforma lingüística fue mucho más allá. Entre finales de los años veinte y la primera mitad de la década siguiente el país se lanzó a la depuración y sustitución del grueso de los préstamos árabes y persas por sus equivalentes turcos. Unas veces existían sinónimos turcos de uso corriente, otras veces se resucitaron palabras desusadas, otras se trajeron de las lenguas túrquicas de Asia Central y muchas se inventaron sin más. Desde la radio y la prensa se animaba a los ciudadanos a rastrear arcaísmos túrquicos en las aldeas más recónditas. Se cometieron muchas barbaridades. La quema de extranjerismos adquirió tales magnitudes que se le fue de las manos al Gobierno y el mismo Mustafa Kemal tuvo que ponerle freno promoviendo la estúpida teoría pseudocientífica de la Lengua Sol (Güneş Dil Teorisi), según la cual todos los idiomas y sus respectivas palabras descendían del turco.

Aun así la depuración de extranjerismos y el desarrollo de neologismos de raíz túrquica prosiguió en las décadas siguientes, hasta comienzos del siglo XXI. Un anciano nonagenario se comunica con sus bisnietos en un turco muy diferente del que aprendió de sus padres. No sólo los diccionarios se han reeditado numerosas veces sino también los discursos de Mustafa Kemal Atatürk, cuya versión original resulta ininteligible para los turcos de hoy.

Ahora bien, la agenda neotomanista que en los últimos años han emprendido Tayyip Erdoğan y su ahora primer ministro Ahmet Davutoğlu para eclipsar la obra de Mustafa Kemal Atatürk en el centenario de la fundación de la República de Turquía (1923) pretende revertir esta tendencia. En estos trece años bajo el liderazgo de Erdoğan no sólo han aflorado los pañuelos islámicos en las televisiones y los aeropuertos, sino también el empleo de arabismos y persismos otra vez. Usarlos, aunque no los entienda la mayoría de la población, te delata como islamista y simpatizante del gobernante AK Parti. En el extremo opuesto tendríamos los kemalistas más radicales, que año tras año promueven la adopción de nuevos neologismos túrquicos en sustitución de otros arabismos y persismos. Recientemente el Gobierno turco ha propuesto la introducción de la enseñanza del turco otomano como materia optativa en los liceos públicos. Es una estocada más.

Para la elaboración de esta nota, salvo el último párrafo, me he basado en el libro “The Turkish language reform. A catastrophic success” de Geoffrey Lewis (Oxford University Press, 2002).

Turkish reform

 

Castellón de la Plana, 6 de enero de 2015.

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