Somos hijos del posfranquismo

Me hablaba mi amigo Marko del último libro que está leyendo, Viaje a la Alcarria de Camilo José Cela, y de la anécdota que en él se recoge de una vieja que se comió de una sentada ciento y pico sardinas, y que pasó toda la noche sacándose espinas del recto.

Esto en seguida me recordó otra anécdota mía: una vez, cuando era pequeño, estaba mi madre hablando por teléfono. Tenía el monedero abierto y todas las monedas esparcidas sobre la mesa. Ella hablaba a la vez que me observaba, parecía temer que yo hiciese algo repentino. Efectivamente, de manera muy rápida conseguí arrebatarle una moneda y, voilà, ¡me la tragué!

Creo recordar que se trataba de una moneda de 25 pesetas. Pero no os creáis que era de las pequeñitas con un agujero en el medio que utilizábamos para adornar el dedo índice de San Pancracio y que así no nos robasen en casa. No, no. Era una moneda de las de Franco, de 26,5mm según señala la Wikipedia. Sí, estuvieron muy cerca de tener que operarme para sacármela del estómago, pero finalmente la cagué. ¡Una hazaña completa!

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Diréis que esa moneda era muy grande, que no me podía caber. No puedo garantizar si fue esa o la franquista de 5 pesetas, pero en cualquier caso esta última también tenía un diámetro de 23mm, así que la diferencia es muy pequeña.

Si no sois españoles ni vivíais en España por aquel entonces, me preguntaréis: ¿cómo pudiste tragarte una moneda franquista de niño, si naciste en 1986 y el dictador murió en 1975? Pues sí, resulta que las monedas que acuñó Franco siguieron utilizándose hasta que las sacaron de circulación en 1997, no tanto por tener la efigie del dictador, sino más bien para imponer orden en un caótico sistema monetario como el español donde había monedas de una peseta más grandes que otras de 25 pesetas. También retiraron las series de los primeros años de la monarquía.

¿Cómo pretendemos que quiten los nombres franquistas de nuestras calles, si hasta hace 16 años no nos inmutábamos de pagar con la efigie del dictador? Me contaba también mi otro amigo Sergio que en su colegio de monjas estaba taxativamente prohibido canturrear aquello de “Franco, Franco, que tiene el culo blanco…” (yo también lo canté de pequeño en más de una ocasión), que las monjas te arreaban un sopapo por reirte de los muertos que ahora te miran desde el cielo. En su isla, La Palma, que los niños dijeran “rojo” era a veces objeto de corrección por los adultos más longevos (cerca de su casa tienen un caserón grande con las ventanas rojas al que la gente sigue llamando “la casa encarnada”); decir “rojo” era, para muchos niños palmeros, una palabrota semejante a la de “marrón mierda”.

Seguro que quienes leáis esto y hayáis crecido en los ochenta y en los noventa podéis aportar otras vivencias y anécdotas por el estilo. Porque somos hijos del posfranquismo. Ahora bien, como pasen varias generaciones sin remediar esta situación, llegará un momento en que enseñen a nuestros descendientes aquello de la “transición modélica”, el “periodo constituyente”, el “juancarlismo” o el oxímoron del “rey republicano”. Para entonces estas anécdotas les sonarán tan raras, ilógicas e incómodas como si os digo que García Lorca tenía muchos amigos falangistas.

Madrid, 7 de septiembre de 2013.

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