El Brexit del hartazgo

Con mi regreso de Chile me he perdido todo el bombardeo mediático en torno a los resultados del referéndum británico. Salvo el sinfín de memes que me llegaron en las primeras horas del viernes, no he tenido datos ni casi batería en el móvil hasta la noche de ayer, por lo que no he leído casi nada. Mejor, porque últimamente se nos viene encima un alud de información de no te menees cada vez que acontece algo trascendente. Demasiada saturación.

No obstante, tenía echado el ojo a tres articulillos que, al fin, he podido leer esta mañana. Los dos primeros analizan los porqués de los resultados, mientras que el tercero se redactó antes de que tuviera lugar el plebiscito y su temática es completamente distinta. Los comentaré por separado.

Si me gustan los dos primeros artículos es porque huyen de la imagen dada por los medios de que «los ingleses [y galeses] no saben qué han votado», «los viejos y los garrulos de pueblo votaron por el Brexit», «se han dado un tiro en el pie», etc. Así, el primer artículo es de Politikon y hace hincapié en las diferentes percepciones que sobre la Unión Europea (sinónimo de globalización e inmigración para el caso) tienen las gentes de las áreas urbanas y rurales de las British Islands: oportunidades y progreso para las primeras; degradación, inseguridad y miedo para las segundas. Destaco su mensaje final:

«[L]as élites occidentales han dado la espalda a los efectos cada vez más traumáticos de la globalización, sin utilizar sus (enormes) beneficios para asegurar que nadie se quede atrás. Los populismos de estos últimos años, desde Trump a Le Pen, pasando por Farage, son el resultado de esta arrogancia

El segundo artículo lo escribió Owen Jones en The Guardian y lo ha traducido El Diario al castellano. Ahonda en la idea que destaqué del anterior, si bien no se centra sólo en las dicotomías entre el medio rural y la urbe sino que da más pinceladas, desde las diferencias de clase al conflicto intergeneracional. En suma, lo que dice el autor en él es muy aleccionador:

«[E]l resultado del referéndum tiene como trasfondo la ira y la sensación de no pertenencia de la clase trabajadora. El Reino Unido es un país profundamente dividido. La mayoría de las comunidades que han votado de forma más contundente a favor de una salida son las mismas que han sido golpeadas por los distintos gobiernos. […]

De Donald Trump a Bernie Sanders, de Syriza en Grecia a Podemos en España, de la extrema derecha austríaca al ascenso del movimiento a favor de la independencia de Escocia; estamos en la era del resentimiento contra las élites. […]

Este no ha sido un voto contra la indiscutible falta de transparencia y de rendición de cuentas de la Unión Europea. Por encima de todo, ha sido un voto contra la inmigración, que se ha convertido en el prisma a través del cual millones de personas perciben los problemas de su día a día.

También es un voto contra la falta de viviendas asequibles, la falta de trabajos estables, el estancamiento de las condiciones de vida y unos servicios públicos debilitados. Los jóvenes que votaron a favor de permanecer en la UE y que viven en grandes centros urbanos no suelen sentir hostilidad hacia los inmigrantes. Este sentimiento es radicalmente distinto al de los partidarios del Brexit que son mayores, de clase trabajadora y que viven en las ciudades del norte del país y en localidades más pequeñas. De hecho, la brecha generacional es clave para entender el resultado. El creciente abismo intergeneracional no ha hecho más que crecer

En definitiva, el resultado de este referéndum es un enésimo toque de atención a las clases dirigentes; también lo fueron en buena medida los noes francés y holandés a la Constitución europea, en mi opinión (jamás olvidaré aquello de «vota sí porque ellos saben lo que hacen» que cantaban Los del Río). O los poderes públicos corrigen algunos efectos de la globalización, poniendo coto a los paraísos fiscales y aliviando la presión fiscal sobre las rentas del trabajo para centrarse en las rentas del capital, o habrá más polarización social y una degradación progresiva del juego democrático y del régimen de libertades que veníamos disfrutando hasta hace unos años.

El último artículo es de Cinco Días y hace balance de la pertenencia del Reino Unido a la Unión Europea. Recuerda los traspiés de la adhesión británica a las Comunidades Europeas en el marco de la guerra fría; también que los británicos cumplen con la legislación europea mucho más que otros Estados que se las dan de europeístas; y que sin embargo la integración política nunca les entusiasmó teniendo en cuenta sus peculiaridades sociológicas y jurídicas (sobre esto último escribí hace un par de años):

«Esa cierta negación del principio de soberanía y su sustitución por el principio de competencia, así como la exigencia a los Estados de transferir, mediante sucesivas reformas de los tratados, competencias políticas, que son las que definen la identidad constitucional de los Estados (política exterior, catalogación de derechos fundamentales, moneda, justicia y orden público y una incipiente defensa común, etc.) ha trastocado, en cierto modo, el proceso de integración, que había sido esencialmente económico-administrativo (más o menos despótico o más o menos filantrópico, según se mire). La cuestión de la soberanía, muy resistente en Gran Bretaña, es la gran causa que ha generado esta ruptura.

[L]a reforma, un tanto sui géneris, del artículo 136 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea, que ha permitido la adopción de nuevos Tratados parásitos en esta década (el Acuerdo sobre la Facilidad Europea de Estabilización Financiera, el Tratado sobre el Mecanismo Europeo de Estabilidad y el Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza de la Unión Europea) a fin de contrarrestar la crisis económica; así como la gestión opaca de la misma, con la eclosión de crípticas estructuras tecnocráticas, han coadyuvado a esta situación; lo que llevó a Gran Bretaña a no firmar el Tratado de Estabilidad y Gobernanza, pues este proceso de reforma y de adición de un derecho originario, jurídicamente muy peculiar, ha quebrado la manera tradicional de abordar la integración

No es que los ingleses sean tontos y xenófobos. Es que están hartos. Pero su sistema de partidos no les ha permitido expresar su hartazgo más que utilizando este referéndum como voto de protesta. Y no han medido las consecuencias.

ADDENDVM

Tampoco está nada mal este breve comentario que hallé hace unos instantes. Copio los siguientes extractos:

«[S]e ven con claridad las fronteras Escocia-Inglaterra y protestantes-católicos en Irlanda del Norte. […] Pero también cabe hacer una interpretación mucho menos identitaria y mucho más transversal que tiene la ventaja de ser coherente con los resultados ingleses y galeses: lo que hay es un rechazo al modelo postindustrial que el sistema de reparto de rentas y privilegios europeos apuntala. Las viejas zonas industriales como Belfast, Hull, las regiones mineras, incluso New Castle donde el Brexit dio el primer aviso serio del recuento, rechazan aceptar un futuro de desinversiones y desindustrialización endulzado con gobiernos locales hormonados a base de subvenciones, programas de emprendimiento y becas europeas.

En otras palabras: lo que dice el mapa es que más que una obsesión antimigratoria y xenófoba, o en todo caso junto a ella con fuerza hay un mensaje claro de las zonas reconvertidas industrialmente: no quieren ser como es hoy Asturias y será cada vez más Euskadi. Se niegan a la resignación de apostarlo todo a las rentas de consolación, a los programas sociales y a la dependencia de la City y sus ciudades satélites por muy capitales regionales que sean.»

Castellón de la Plana, 26 de junio de 2016.

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