Francisco Veiga, “El turco”: ideas extraídas (II)

Las primeras armas de fuego: de China a España a través de los árabes, y de la Europa cristiana a los otomanos a través de los serbios

El campo de los mirlos. La conquista de los Balcanes y la creación del Imperio bajo Orhan y Murad I, 1346-1389 (pp. 112 y 113)

Desde el Papado y Venecia llegaban exhortaciones para atacar a los otomanos y, por fin, las tropas de Karaman ocuparon parte de los territorios que había adquirido Murad. Éste se vio forzado a emplear la fuerza, pero dado que no terminaba de confiar en el grueso de sus fuerzas turcas o turcomanas, las cuales tendían a obedecer las órdenes de sus líderes sobre las del alto mando, los otomanos llevaron a Anatolia tropas de vasallos y aliados cristianos, básicamente búlgaros, pero sobre todo serbios. Éstos tuvieron una actuación destacada, y además, por primera vez, utilizaron armas de fuego, con gran éxito. Su origen, ligado a la invención de la pólvora, era claramente chino, y a partir de ese foco, los árabes musulmanes las llevaron hasta la península Ibérica, donde fue empleada por los moros en el siglo XIII. Por ello resulta curioso que, dando un enorme rodeo, llegaran a manos otomanas a través de los serbios, mucho más en contacto con los arsenales occidentales que los búlgaros, cuyos ejércitos estaban más influidos por los bizantinos y los pueblos de las estepas. A mediados del siglo XIV no eran extraños en la Europa Central los «cañones de puño», simples tubos de hierro fundido capaces de disparar una primitiva munición de piedra o plomo. Aunque su alcance era de apenas cincuenta metros, podían perforar una coraza a tan sólo veinte, y eso con un coste de fabricación hasta diez veces menor al de una ballesta. Por el momento no eran competencia para los diestros arqueros, pero utilizadas por masas compactas de soldados, las armas de fuego causaban una profunda impresión y lograban obtener un considerable poder de detención.

 

El primer ejército permanente europeo y una clave en la longevidad de los imperios bizantino y otomano

«Fetret». Quiebra del Imperio y restauración, 1390-1420 (pp. 119 a 120 y 128 a 129)

Por otra parte, sobre la corte otomana se manifestarán dos tendencias. La primera de ellas corresponde al «partido cristiano», compuesto por los consejeros, vasallos y aliados balcánicos y bizantinos, que cobrarán cada vez más importancia, abogarán por la expansión hacia Oriente, aplastando sin contemplaciones a los poderes anatolios. La segunda constituye el componente más conservador, turco y musulmán, que insistirá en las campañas hacia el Occidente cristiano, allí donde estaba el botín del infiel y la gloria, la forja del Imperio. Como se ha visto, Murad intentó equilibrar ambas tendencias; su hijo Bayezid buscará resolverlas por la fuerza, cruzando con sus tropas los estrechos, en ambas direcciones, en veloces marchas y contramarchas, lo que le valió el apodo de «el Rayo».

El Imperio otomano fue el primer estado que logró organizar un ejército numeroso y permanente en Europa desde los tiempos del Imperio romano. Se mantenía en pie de guerra todo el año y a lo largo del invierno se planeaban las operaciones que deberían acometerse en primavera y verano, con ayuda de las noticias recogidas por los informadores y los análisis de los fallos y problemas de las campañas anteriores. La base económica que sostenía el núcleo de la máquina militar se puso a punto mediante la instauración de un completo sistema de registros que llevaban escribas y tasadores, encargados de distribuir los timars y vigilar que funcionara la recaudación de impuestos y la asignación de tierras a los soldados de la caballería regular. […]

Sin embargo, el hecho de que el naciente Imperio otomano estuviera configurado a partir de dos grandes núcleos -el balcánico y el anatolio- aislados entre sí por los estrechos del Bósforo y el Dardanelos, pudo haber sido una de las claves que explican su supervivencia ante el choque con Tamerlán e incluso durante la guerra civil. El hecho es que la bicefalia territorial otomana ofrecía un marco geográfico muy especial, al que contribuía la difícil orografía de ambas penínsulas y las extensas fronteras marítimas. El resultado era algo así como dos «compartimentos estancos», aislables uno del otro en circunstancias críticas. […]

Esa estructura bicefálica balcánico-anatolia también la había tenido antiguamente el Imperio bizantino, y quizá eso contribuye a explicar su longevidad. Fue necesario un ataque sistemático y dirigido pieza a pieza contra su poder, como el llevado a cabo por los otomanos, para liquidar toda la estructura estatal.

 

La leyenda negra de los turcos y la Constantinopla que devino rusa

La Roja Manzana. La caída de Constantinopla (pp. 149 a 151)

En las primeras horas de la mañana del 29 de mayo, los turcos penetraron en la ciudad, mientras liquidaban los últimos focos de resistencia y comenzaba el saqueo. […] Dado que la ciudad había resistido, la ley islámica permitía el pillaje, pero con todo, no fue tan devastador y sangriento como el protagonizado por los cruzados latinos en 1204. En parte, porque no quedaba tanto para robar. Además, algunos alcaldes de barrios se apresuraron a rendirse sin resistencia, con lo que se beneficiaron en el último momento de un tratamiento favorable. Por supuesto, hubo matanzas y abundaron los robos, lo cual formaba parte del comportamiento militar de la época en cualquier ejército. Pero Mehmed tenía claro que deseaba convertir a Constantinopla en la capital de su Imperio, que no tuvo problemas en considerar que era el heredero de aquel de los romanos. El expolio duró sólo hasta el mediodía, y por la tarde, el joven sultán, que desde entonces asumió el sobrenombre de Fatih o «Conquistador», accedió a la ciudad escoltado por la guardia. Entró en Santa Sofia, manifestó su deseo de transformarla en mezquita, puso bajo su protección a los sacerdotes sobrevivientes y visitó el antiguo sacro palacio. Recorriendo sus aposentos en ruinas recitó, según parece, las palabras de un poeta persa: «La araña teje su tela en el palacio de los césares y la lechuza llama a los centinelas en las torres de Afrasiab». […]

Sin embargo, la caída de Constantinopla en manos musulmanas fue intensamente utilizada en Occidente para conjurar pecados propios: la incapacidad de resolver el cisma, el cruel asalto latino de la ciudad en 1204, la desidia o impotencia para defender el Imperio de Oriente. Es más, el suceso sirvió para estigmatizar a los turcos eternamente a través de los relatos sobre el saqueo o, más aún, la islamización de la ciudad, con símbolo central en la transformación de Santa Sofía en una mezquita […]. Esas imágenes todavía se utilizan en nuestros días para descalificar la europeidad de los turcos.

Por su parte, la primitiva Rusia pronto aspiraría a devenir continuadora del Imperio de los ortodoxos. La Iglesia bizantina había convertido a los rusos y, bajo esa fe, éstos habían rechazado a los tártaros y estaban a punto de transformarse en una nueva potencia. Incluso antes de la caída de Constantinopla, el patriarca se vio obligado a escribir al príncipe Basilio I de Moscovia para recordarle que el emperador bizantino seguía siendo el único lugarteniente ortodoxo de Dios en la Tierra. Una prueba muy clara de que los rusos se consideraban más fuertes que los bizantinos, incluso moralmente, y aspiraban a sucederlos o a ser su continuación.

La caída de Constantinopla fue contemplada desde tierras rusas como un castigo por sus pecados, que se resumían en el peor de todos ellos: la apostasía de la unión con la Iglesia de Occidente. Su indignación por la denominada Unión de Florencia, ya en 1439, fue tal -con todo lo indefinidos que fueron sus resultados- que expulsaron al arzobispo unionista Isidoro, impuesto en su día desde Constantinopla. Poco tiempo después, el metropolitano de Moscú proclamaría la primacía de la Iglesia ortodoxa rusa como defensora de la cristiandad. «Han caído dos Romas -escribió el monje Filoteo en 1512- pero la tercera está en pie y no habrá una cuarta». Por entonces ya no reinaba Iván III el Grande, que se había proclamado zar (o caesar) de todas las Rusias y casado con la princesa bizantina Sofia Paleólogo. Para muchos rusos, ciertamente, el destino de Rusia como continuadora del Imperio bizantino formaba parte de los planes de Dios.

 

Millet y Renacimiento: el Imperio romano de la era moderna

Refundación. La era de Mehmed II Fatih (pp. 160 a 163)

Pero no debe olvidarse su pretensión de convertirse en sucesor del César, al menos en los primeros años. Eso explica que escogiera administradores entre sus súbditos de origen cristiano, que lo eran tanto como los turcos y musulmanes. Eso aclara también que Mehmed II fuera el creador del denominado millet, una de las instituciones administrativas más características del Imperio otomano. Eso tuvo lugar inmediatamente después de la toma de Constantinopla.

Básicamente, el sultán impulsó la fundación de una comunidad autónoma a cargo de la Iglesia ortodoxa griega. Para ello, logró que el sacerdote y sabio Jorge Scholaris, activo antiunionista, aceptara ser el nuevo patriarca, para lo cual escogió el nombre monástico de Gennadio. La ceremonia de la entronización se celebró probablemente el 6 de enero de 1454 y en ella se pudo ver cómo el sultán de un Imperio musulmán invistió a un patriarca cristiano confiriéndole las insignias de su cargo: las vestiduras, el báculo y la cruz pectoral, que el mismo Mehmed se había procurado para la ocasión, porque la antigua había desaparecido en la batalla.

Sultán y patriarca discutieron la estructura del millet. Gennadio y sus sucesores tendrían libertad absoluta de movimientos e inviolabilidad personal, amén de garantía de no ser depuestos. Los cristianos podrían celebrar sus fiestas y los usos relativos al matrimonio y la sepultura serían sancionados con validez legal. Además, la Iglesia podría administrar a la comunidad cristiana; se incluía en ello el reconocimiento de los tribunales eclesiásticos siempre que entendieran en conflictos relativos a la feligresía y con trascendencia religiosa. También existirían tribunales civiles instituidos por el patriarca. A cambio de todo ello, la Iglesia ortodoxa debería apoyar activamente la recaudación de los preceptivos impuestos del millet, a cargo de los jefes locales. […] De todas formas, el sistema millet perduró y paulatinamente se extendió a otras comunidades religiosas a lo largo y anoche del Imperio. Ya en 1461, Mehmed II accedió a la creación de un patriarcado armenio de Constantinopla, que debería responsabilizarse de los armenios residentes en el Imperio otomano. […]

Esta anécdota recuerda que el sultán era un gran amante de las artes y que dejó para la posteridad una importante colección. Por ello, pronto buscó acercarse -e incluso insertarse- en los circuitos culturales de Occidente.

Un esclarecedor ensayo publicado recientemente por Jerry Brottons, y dedicado a las relaciones entre Oriente y Occidente en torno al fenómeno del Renacimiento, recuerda que Mehmed II tenía clara conciencia de formar parte de ello. Uno de los ejemplos más conocidos es el célebre retrato que le dedicó el pintor veneciano Gentile Bellini, y que hoy se conserva en la National Gallery de Londres. Durante la estancia del pintor en Estambul, el sultán fue su mecenas; cuando regresó a Venecia lo colmó de regalos, entre ellos una gruesa cadena de oro de la que Bellini siempre se sintió orgulloso: se autorretrató con ella en el cuadro La predicación de san Marcos en Alejandría, pintura de temprano trasfondo orientalista. Para Brottons, la anécdota revela que el mecenazgo del sultán no era motivo de vergüenza, sino de orgullo.

Por parte de Mehmed II es evidente que comprendía tan bien el nuevo papel político del arte como cualquier príncipe renacentista. En pago de un favor muy especial, Lorenzo de Médicis encargó en 1478 al artista florentino Bertoldo de Giovanni una medalla con la efigie de Mehmed II; en una de las caras se puede ver al sultán otomano conduciendo un carro con alegorías de los territorios conquistados en Asia y Europa; el conjunto es de clara inspiración grecorromana. Pocos años más tarde, en 1481, Constanzo da Ferrara recibió el encargo de realizar otra medalla de bronce con la efigie ecuestre del sultán. Para los parámetros del arte musulmán tradicional era algo realmente novedoso. La composición era de inspiración netamente renacentista -recuerda claramente las estatuas ecuestres de los condottieri- y además hacía referencia a los éxitos militares del sultán, a partir de una iconografía que lo emparentaba con Alejandro Magno o el emperador Constantino, y que incluía universales inscripciones en latín. Atendiendo a la enorme extensión de las conquistas logradas por Fatih, no era una comparación banal. Pero sobre todo denotaba que Mehmed II había comprendido el valor propagandístico de las piezas: una gran estatua como las de Donatello era cara y, sobre todo, estática; las medallas podían fundirse por centenares y eran susceptibles de convertirse en retratos que circulaban y perduraban, despertando la admiración o reverencia de un gran número de personas, en cualquier rincón del Imperio e incluso fuera de él.

Pero esta experiencia en absoluto era novedosa para el sultán, al que por entonces le quedaban pocos meses de vida. Ya mientras dirigía el asedio de Constantinopla empleó a varios humanistas italianos que diariamente leían para él textos de los grandes historiadores clásicos: Laercio, Tito Livio, Quinto Curcio e incluso Herodoto y Diógenes. No faltaban crónicas sobre los papas y los reyes lombardos. El sultán no dudó en utilizar en provecho propio algunas leyendas de raíz clásica, como, por ejemplo, que turcos e italianos descendían de los troyanos y por ello Grecia era su enemigo común.

En una carta admirativa, el erudito Jorge de Trebisonda llamó a Mehmed II «emperador de los romanos»; de hecho, y a pesar de la interminable guerra hegemónica que siguió con Venecia, el sultán mantuvo estrechas relaciones con los diversos estados italianos, que contemplaron con alivio el intenso programa de reconstrucción de Constantinopla que impulsó Mehmed II a poco de haberla conquistado. Es reveladora la anécdota de que en 1461, Segismundo Malatesta, señor de Rímini, envió a Estambul al artista Mateo de Pasti, a fin de que pintara y esculpiera al sultán y lograra una alianza contra Venecia. Pero fueron sobre todo los florentinos los que mantuvieron una relación privilegiada con el sultán, especialmente los Medici.

Mehmed poseía ciertamente un interés muy marcado por la cultura occidental, lo cual no le hacía renegar de sus raíces turcas. En su colección particular de arte figuran las maravillosas pinturas de Siyah Kalem, el mejor y más brillante ejemplo conocido del arte turco preotomano de las estepas. Pero además contaba con ejemplares de la Geografía de Ptolomeo, los Cánones de Avicena, la Summa contra gentiles de Aquino, o la Ilíada de Homero. Su acusada vocación occidentalista se puso de manifiesto en mayor medida con la construcción del palacio imperial de Topkapı, iniciada en 1460. Mehmed contrató a diversos arquitectos italianos de renombre para que proyectasen el que debería ser «palacio de palacios», y para ello el sultán deseaba una estética secular y cosmopolita. Con esta facilidad, Mehmed contactó a discípulos de Leon Battista Alberti, que con su Templo Malatestiano, en Rímini, había edificado una inglesia renacentista que más parecía un templo clásico que católico. Un cardenal escribió que no sabía si sus obras parecían iglesias, sinagogas o mezquitas.

Tal «estilo internacional» complacía a Mehmed II y de ahí su invitación a Matteo de Pasti, Filarete y Michelozzo para que aportaran influencias italianas, pero también islámicas, griegas y romanas. El proyecto tuvo tanto éxito que otros gobernantes y arquitectos se inspiraron en el Topkapı o pretendieron competir con él. El mismo arquitecto Filareto viajó posteriormente a Moscú a fin de participar en los planes para edificar el Kremlin. Por otra parte, la edificación de la basílica de San Pedro, iniciada en 1506, parece haber estado inspirada en Santa Sofia de Constantinopla, transformada por entonces en una mezquita: los planes originales parecían buscar inspiración en los templos orientales. […]

Por lo tanto, y en conjunto, todos estos contactos culturales eran mucho más que anécdotas: eran síntomas. Y demuestran, según Jerry Brotton, que «en el siglo XV no había fronteras geográficas o políticas claras entre Oriente y Occidente. Fue mucho más tarde, en el siglo XIX, cuando la creencia en la total separación cultural y política entre el Oriente islámico y el Occidente cristiano impidió el normal intercambio comercial, artístico y de ideas entre ambas culturas».

 

Esfera civil y religiosa en la «Pérfida Albión» oriental

Retorno al califato. La conquista del mundo árabe, 1481-1518 (pp. 168 a 170)

A su vez, el intento de sistematizar el sistema fiscal llevó a definir quiénes eran súbditos contribuyentes y quiénes no. Se hizo entonces un esfuerzo por tipificar las dos categorías de ciudadanos a partir de ese parámetro, y quedaron configurados en la askeri o «clase militar», no contribuyente -incluía a las profesiones religiosa, docente y jurídica-, y los re’aya o «contribuyentes», que eran sobre todo los campesinos, aunque podían ser cualquier súbdito que no perteneciera a la clase militar. Esta diferenciación se recogió en un decreto de Bayezid II de 1499 y fue más allá del ámbito fiscal porque, de hecho, creó una jurisprudencia diferente para cada clase. Ahora bien, este paso significaba el alumbramiento de una verdadera ley laica -la cual iría siendo conocida como «ley otomana» que coexistiría con la ley islámica […]. El denominado Código de 1499 no fue sólo una creación teórica realmente original: recogía de todo, desde usos locales hasta decretos de los sultanes, fetuas o dictámenes jurídicos. Posteriormente admitió añadidos y correcciones hasta que en 1540 se publicó una versión definitiva.

La «ley otomana» poseía una gran importancia en sí misma, puesto que inauguraba una dicotomía legal entre lo religioso y lo civil, inconcebible para cualquier estado musulmán de la época y menos en uno que pronto iba a convertirse en sucesor de la saga califal. Pero tenía un precedente en la adjudicación del título de «sultán» al selyúcida Tuğrul Bey en el corazón del califato abasí del siglo XI. Por lo tanto, en el mundo político musulmán, de la Edad Media al Renacimiento, los turcos -apoyándose en elementos culturales persas- se convirtieron en los introductores de conceptos jurídico-políticos que prefiguraban una cierta separación entre la religión y el estado. Por supuesto, este proceso no fue lineal ni irreversible, pero los parcheados laicos del estado musulmán fueron una constante a lo largo de la historia del pueblo turco, desde el estado selyúcida hasta la Repúblic kemalista, pasando por el extenso período del Imperio otomano. Esta afirmación puede parecer muy osada, por cuanto los manuales clásicos tienden a considerar que el Imperio otomano era una teocracia cuya infraestructura legal reposaba en la Şeriat. […]

La campaña contra Venecia, preparada con antelación, fue todo un éxito. A lo largo de cuatro años, la flota otomana organizó una serie de ataques e incursiones contra enclaves, puertos y colonias venecianas. Uno de los golpes más afortunados fue la captura de la muy estratégica plaza fuerte de Lepanto, clave para el control del Egeo y el Adriático. Una vez más, los intentos de organizar una cruzada conjunta con el Papado, Hungría, España y Francia tuvieron una vida muy efímera, mientras que la flota turca desarrollaba una nueva capacidad operativa gracias a la utilización de capitanes piratas que, además de comandantes, se convirtieron en maestros, anticipandgo una práctica a la que pocos siglos después iba a recurrir la marina británica. Las galeras no sólo estaban bien dirigidas, sino que sus artilleros conocían las últimas técnicas y podían plantar cara a sus adversarios más modernizados, los franceses.

Finalmente, y al borde de la ruina, Venecia se vio obligada a firmar su capitulación en 1503, en la que Polonia actuó como mediadora.

 

Oriente llama al Imperio otomano

Retorno al califato. La conquista del mundo árabe, 1481-1518 (pp. 171, 172 y 179)

En medio de esta situación, el Imperio otomano debió enfrentar una de las amenazas más serias de la época: el movimiento safávida, procedente de Irán. En realidad no era tan nuevo; había sido fundado por Saffiuddin o Safi al-Din -de ahí procedía la denominación «safávida»- en el cambio de los siglos XIII al XIV en las orillas del mar Caspio. En esencia era una derivación del sufismo que había ido a emparentar con el chiismo, lo cual no era nada extraño. Una de las prendas distintivas más características de los safávidas era un gorro rojo con doce hendiduras, un adorno simbólico que hacía referencia a los doce imames del islam chií. Así, los safávidas fueron pronto conocidos como los «kızılbaş», es decir, los «cabezas rojas» […] Cuando los kızılbaş encontraron un líder político en la persona del şah Isma’il I, le ayudaron a conquistar el poder en Irán, llevándose por delante los restos del otrora poderoso estado de los Akkoyunlu, los «Ovejas Blancas». En 1501, Isma’il conquistó la ciudad de Tabriz, centro político de Irán; inmediatamente extendió su poder al Azerbaiyán. Dos años más tarde controlaba ya casi todo Irán, y en 1508 no sólo completó su conquista, sino que además tomó Bagdad. Luego le tocó el turno al Jurasán. Para entonces ya se había proclamado şah, declarando el chiismo como religión oficial del Irán.

En una década, el şah Isma’il había logrado poner en pie un verdadero Imperio safaví, con unos recursos similares a los del otomano, lo cual tuvo un enorme impacto en Estambul. Hasta entonces, éste había surgido y crecido en un marco nítidamente europeo: Anatolia Occidental y Rumelia, con clara vocación de penetrar en Hungría y el territorio de los Habsburgo. […]

En todo caso, la fulgurante campaña de Selim había transformado la esencia del Imperio otomano. Hasta entonces básicamente europeo, con unas fronteras casi calcadas sobre las del desaparecido Imperio bizantino y con su epicentro político en los Balcanes, se había transformado en una nueva entidad que incorporaba a la casi totalidad de los pueblos árabes del Próximo Oriente. Con Selim I «Yavuz» («el Sombrío»), el Imperio otomano pasó de tener 2.500.000 a 6.500.000 kilómetros cuadrados; pero sobre todo se «orientalizó» y por primera vez en su historia -fenómeno paradójico- la mayor parte de su población devino musulmana.

 

Las empresas militares privadas que siempre existieron y el contubernio luterano-mahometano

Galeras. La lucha por la supremacía naval, 1533-1556 (pp. 195 y 199 a 201)

En su célebre obra sobre los berberiscos, Jacques Heers se muestra muy crítico con los métodos de los Barbarroja, pero es evidente que constituían un tipo de combatientes que actuaban «por delegación indirecta» del monarca, muy característicos de la época y asimilables a los conquistadores que estaban forjando el Imperio español en América Central. Ellos y los componentes de mercenarios como los «Bande Nere» comandados por Giovanni de Medicis o las galeras del genovés Andrea Doria, los lasquenetes alemanes y los piqueros suizos, eran característicos de un período en el que, utilizando términos actuales, la guerra admitía un importante grado de «privatización» al margen de la organización estable del estado, que por otro lado, durante el Renacimiento en la Europa Occidental, no era todavía la institución centralizada que vería amanecer un siglo más tarde. […]

Aunque el acercamiento franco-otomano no arrojó resultados estratégicos reales, tuvo un profundo significado para la Sublime Puerta. Las consideraciones heredadas de una historiografía, que durante largos años ha sido partidaria de Carlos V, distorsiona el significado real de la presencia otomana en Europa Central, asumiendo los planteamientos del emperador, para el cual Lutero y Süleyman representaban las dos caras de la misma moneda, dos enemigos herejes que debían ser exterminados. De hecho, en 1523, el nuncio papal en Nüremberg no parecía tener claro si los protestantes eran peores que el Turco. […]

La postura de Carlos V era lógica si tenemos en cuenta que, como su adversario Süleyman, debía cimentar ideológicamente un enorme Imperio compuesto de piezas de lo más heterogéneo y amenazado por el luteranismo. Lo interesante del caso es que todo eso acercó a sus enemigos e hizo que por primera vez el Imperio otomano tuviera un papel de potencia europea que actuaba por intereses puramente políticos, estratégicos y territoriales. Durante el cerco de Viena quedó claro que Süleyman deseaba competir con Carlos V por el título de Caesar. Lo dijo claramente Francisco I, pero lo demostró el mismo sultán: en 1532 encargó una deslumbrante corona imperial a un consorcio de orfebres venecianos, y durante el sitio de Viena cabalgó a lo largo de los muros de la ciudad ciñéndola en su cabeza. La pieza estaba directamente inspirada en la de Carlos V, pero además Süleyman comenzó a utilizar un suntuoso trono en sus recepciones a dignatarios y embajadores, en vez de recibirlos con las piernas cruzadas sobre los almohadones del diván, como era tradicional. Se trataba, a todas luces, de un desafío para los Habsburgo, pero no tenía ningún trasfondo religioso. En aquellos momentos, «Solimán el Magnífico» era un monarca temporal más en el complejo tablero de las pugnas por la hegemonía europea. Pero tampoco era una línea tan nueva; tras la caída de Constantinopla, Mehmed II también había deseado que se le considerase heredero al trono imperial de Bizancio. Süleyman no hacía sino aspirar a una versión aumentada de tales ambiciones y sus sucesores continuarían por el mismo camino.

En esa línea, Süleyman estudió el conflicto que planteaba la Reforma protestante y consideró seriamente la posibilidad de apoyar directamente a Lutero. Tanto es así, que exhortó a los predicadores de las mezquitas de Estambul a que celebraran el auge del luteranismo. También escribió al menos una carta incitando a los príncipes alemanes a que colaboraran con los franceses contra Carlos V. De hecho, no tardaría en apoyar conscientemente a los calvinistas húngaros y transilvanos. Incluso había una cierta base teológica de fondo, dado que musulmanes y luteranos aceptaban la autoridad directa del libro sagrado y se oponían frontalmente a la idolatría que decían predicaba el catolicismo. Pero la intencionalidad real de Süleyman era estratégica, más que la de Lutero, quien se interesó intelectualmente por el Corán: lo estudió a fondo y colaboró en diversos estudios sobre el islam. […] Pero con todo, Lutero pronto fue consciente de la relativa moderación de la sociedad otomana en cuestiones religiosas. De hecho, y ya a lo largo del siglo XVII, Estambul se convirtió en ciudad de acogida para todo tipo de disidentes religiosos procedentes de Occidente: hugonotes franceses, anglicanos, cuáqueros, anabaptistas e incluso algunos jesuitas y capuchinos católicos.

Castellón de la Plana, 9 de junio de 2015.

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