Las tres Romas de la historia europea

ESTAMBUL CONTRA ROMA

Refundación. La era de Mehmed II Fatih

Los siguientes objetivos serían la isla de Rodas […] y la península italiana […] que, como en el caso de Constantinopla, un hadice del Profeta señalaba como gran objetivo de la expansión islámica. […] El puerto albanés de Avalonya fue la base avanzada designada para organizar la ofensiva. En mayo de 1480, una de las flotas otomanas puso sitio a Rodas […]. En agosto de ese mismo año, la flota otomana desembarcó en la bota italiana y tomó Otranto […]. Desde allí se organizaron incursiones hacia Brindisi, Tarento y Lecce, lo que desató el pánico en Roma, hasta el punto de que el Papa se dispuso a partir hacia el norte, quizá hasta Avignon, junto con la mayor parte de la población de la ciudad. […]

El imperio otomano cobraba así una significativa continuidad con el viejo estado selyúcida. Pero esa línea se conjugaba con el interés inicial de Mehmed por mostrarse como el legítimo heredero de la tradición de los césares romanos. […] Pero no debe olvidarse su pretensión de convertirse en sucesor del César, al menos en los primeros años. […] Un esclarecedor ensayo publicado recientemente por Jerry Brottons, y dedicado a las relaciones entre Oriente y Occidente en torno al fenómeno del Renacimiento, recuerda que Mehmed II tenía clara conciencia de formar parte de ello. […] Por parte de Mehmed II es evidente que comprendía tan bien el nuevo papel político del arte como cualquier príncipe renacentista. […] Lorenzo de Médicis encargó en 1478 al artista florentino Bertoldo de Giovanni una medalla con la efigie de Mehmed II […] de clara inspiración grecorromana. […] Constanzo da Ferrara recibió el encargo de realizar otra medalla de bronce con la efigie ecuestre del sultán [que] recuerda claramente las estatuas ecuestres de los condottieri- y además hacía referencia a los éxitos militares del sultán, a partir de una iconografía que lo emparentaba con Alejandro Magno o el emperador Constantino, y que incluía universales inscripciones en latín. […] Mehmed poseía ciertamente un interés muy marcado por la cultura occidental, lo cual no le hacía renegar de sus raíces turcas.

Galeras. La lucha por la supremacía naval, 1533-1556

Durante el cerco de Viena quedó claro que Süleyman deseaba competir con Carlos V por el título de Caesar. Lo dijo claramente Francisco I, pero lo demostró el mismo sultán: en 1532 encargó una deslumbrante corona imperial a un consorcio de orfebres venecianos, y durante el sitio de Viena cabalgó a lo largo de los muros de la ciudad ciñéndola en su cabeza. La pieza estaba directamente inspirada en la de Carlos V, pero además Süleyman comenzó a utilizar un suntuoso trono en sus recepciones a dignatarios y embajadores, en vez de recibirlos con las piernas cruzadas sobre los almohadones del diván, como era tradicional. […]

En esa línea, Süleyman estudió el conflicto que planteaba la Reforma protestante y consideró seriamente la posibilidad de apoyar directamente a Lutero. Tanto es así, que exhortó a los predicadores de las mezquitas de Estambul a que celebraran el auge del luteranismo. También escribió al menos una carta incitando a los príncipes alemanes a que colaboraran con los franceses contra Carlos V. De hecho, no tardaría en apoyar conscientemente a los calvinistas húngaros y transilvanos. Incluso había una cierta base teológica de fondo, dado que musulmanes y luteranos aceptaban la autoridad directa del libro sagrado y se oponían frontalmente a la idolatría que decían predicaba el catolicismo. Pero la intencionalidad real de Süleyman era estratégica, más que la de Lutero, quien se interesó intelectualmente por el Corán: lo estudió a fondo y colaboró en diversos estudios sobre el islam. […] Pero con todo, Lutero pronto fue consciente de la relativa moderación de la sociedad otomana en cuestiones religiosas. De hecho, y ya a lo largo del siglo XVII, Estambul se convirtió en ciudad de acogida para todo tipo de disidentes religiosos procedentes de Occidente: hugonotes franceses, anglicanos, cuáqueros, anabaptistas e incluso algunos jesuitas y capuchinos católicos.

 

 

MOSCÚ CONTRA ESTAMBUL 

Refundación. La era de Mehmed II Fatih. La Roja Manzana. La caída de Constantinopla

Por su parte, la primitiva Rusia pronto aspiraría a devenir continuadora del Imperio de los ortodoxos. […] Incluso antes de la caída de Constantinopla, el patriarca se vio obligado a escribir al príncipe Basilio I de Moscovia para recordarle que el emperador bizantino seguía siendo el único lugarteniente ortodoxo de Dios en la Tierra. Una prueba muy clara de que los rusos se consideraban más fuertes que los bizantinos, incluso moralmente, y aspiraban a sucederlos o a ser su continuación. La caída de Constantinopla fue contemplada desde tierras rusas como un castigo por sus pecados, que se resumían en el peor de todos ellos: la apostasía de la unión con la Iglesia de Occidente. Su indignación por la denominada Unión de Florencia, ya en 1439, fue tal -con todo lo indefinidos que fueron sus resultados- que expulsaron al arzobispo unionista Isidoro, impuesto en su día desde Constantinopla. Poco tiempo después, el metropolitano de Moscú proclamaría la primacía de la Iglesia ortodoxa rusa como defensora de la cristiandad. «Han caído dos Romas -escribió el monje Filoteo en 1512- pero la tercera está en pie y no habrá una cuarta». Por entonces ya no reinaba Iván III el Grande, que se había proclamado zar (o caesar) de todas las Rusias y casado con la princesa bizantina Sofia Paleólogo. Para muchos rusos, ciertamente, el destino de Rusia como continuadora del Imperio bizantino formaba parte de los planes de Dios.

Horcas claudinas: de Karlowitz a Passarowitz. La quiebra definitiva del poder otomano en Europa Central, 1683-1718

La situación cambió bruscamente debido a un acontecimiento inesperado y espectacular: el confinamiento del rey sueco Carlos XII en Estambul a partir de 1709. Siete años antes, el joven monarca había comenzado su campaña contra Rusia, tras haber derrotado a daneses y polacos. El objetivo de lo que se conoció como la Gran Guerra del Norte (1700-1721) era restaurar el poder de la declinante potencia sueca. En diversos aspectos estratégicos, el siglo XVIII fue un precedente de lo que se desarrollaría a lo largo de los dos siglos siguientes. Así, la campaña del rey sueco fue el primer intento de invasión de la joven Rusia, a la que seguirían la napoleónica y la hitleriana. Como ellas, también ésta terminó mal, pues durante el invierno de 1708-1709, agotado por el invierno y con pérdidas que no podía reemplazar, el exiguo ejército sueco se dirigió hacia Ucrania abandonando temporalmente el objetivo de tomar Moscú. […] El evento, que alteró profundamente el equilibrio estratégico de la Europa Oriental, señaló el nacimiento de Rusia como gran potencia militar […]. Resulta interesante destacar que el zar Pedro el Grande estableció un precedente al marcar la contienda con un objetivo religioso: la liberación de los cristianos de los Balcanes. De esa manera, y en aquel momento, Rusia comenzaba a competir con el Imperio Habsburgo en la obra de destruir el Imperio otomano.

Hoja al viento. El Imperio otomano durante la Revolución francesa y las guerras napoleónicas, 1789-1806

Catalina la Grande había preparado con detalle la posible expulsión de los otomanos de territorio balcánico, demostrando fehacientemente que Rusia se disponía a demoler pieza a pieza, sistemáticamente y sin contemplaciones, al Imperio otomano. En nombre del equilibrio estratégico en la zona, incluso se había pergeñado el denominado «esquema griego», pactado en secreto con el emperador austríaco. […] Pero lo más importante del proyecto era la restauración del Imperio bizantino con capital en la antigua Constantinopla, que reuniría los territorios de Tracia, Macedonia, Bulgaria y el norte de Grecia bajo la corona de un nieto de la zarina, nacido en 1779, bautizado para el caso como Constantino y educado para tales propósitos. […] De hecho, el «esquema griego» se completaba con una serie de compensaciones a efectos de conservar el oportuno equilibrio de poder con las potencias de la zona […].

Mientras tanto, había estallado una rebelión en Serbia. […] La situación venía de años atrás. […] Por lo tanto, el alzamiento que tuvo lugar fue provocado inicialmente por la desintegración de la administración otomana, además del desorden y los abusos consiguientes. Una de las manifestaciones del desgobierno era la aparición descontrolada de los çiftlik («heredad», «finca») o explotaciones privadas en manos de propietarios musulmanes, en lugar de los timar. Las obligaciones del campesino que trabajaba pra el çiftlik o el estatus de sus tierras integradas en tales explotaciones no estaban reguladas por el estado, eran arbitrarias y onerosas. Sin embargo, el sistema çiftlik se extendió por todo el Imperio desde finales del siglo XVIII y sus propietarios eran los antiguos sipahis, que aprovechando la debilidad de la administración otomana reconvertían sus timar en çiftliks o los adquirían ilegalmente. La segunda y más importante causa de descontento eran las guarniciones de jenízaros, que para entonces se habían convertido en tropas ingobernables, dedicadas a extorsionar tanto a serbios como a musulmanes, incluyendo a los mismos sipahis timariotas. A veces, por estos medios, incluso lograban convertirse en propietarios de çiftliks, especialmente abusivos. […] Pero la insurrección estalló, dirigida por […] Karadjordje o «George el Negro». La insurrección estalló en febrero de 1804 y estaba liderada por comerciantes, knezes y popes en una lucha por la supervivencia […]. La lucha por la conciencia nacional iría llegando con el tiempo a partir de que en mayo de ese mismo año, tras las primeras victorias, los rebeldes insistieran ante la Sublime Puerta en alguna forma de garantías precisas, lo que incluía conservar las armas y expulsar a los jenízaros. Ante la negativa de Estambul, una delegación de los rebeldes viajó a San Petersburgo en septiembre. […] Mientras tanto, en [diciembre de 1805], los serbios tomaron Belgrado. Los rusos les ofrecieron todo tipo de ayuda, desde armas y dinero hasta equipos, instructores y tropas de auxilio, y lo que había comenzado como una insurrección por motivos de orden público, se convirtió en una guerra de independencia en toda regla […].

El Benéfico Evento. Mahmud II y el decisivo viraje reformista, 1807-1827

El siglo XVIII resultó también trascendental para el resto de la población griega en el Imperio. Aunque la mayor parte estaba constituida por campesinos, con el tiempo había ido surgiendo una clase acomodada de comerciantes y navieros. […] Pronto descubrieron el enorme mercado que suponía el sur de Rusia y florecieron las colonias griegas en las costas del mar Negro. […] En 1813, la flota mercante griega totalizaba 615 barcos, equipados con 5.878 cañones y tripulada por 37.526 marinos, cifras astronómicas para la época. La prosperidad comercial se extendió al campesinado griego y aparecieron las primeras factorías. […] De hecho, […] una proporción significativa de prósperos comerciantes o notables griegos locales […] estaban en contra de cualquier aventura independentista que pudiera perjudicar su posición. En realidad, la llama que se encendió en 1821 fue obra de una minoría de resueltos activistas y terminó por prender debido a un complejo agregado de causas. Está claro que durante la Revolución francesa y las guerras napoleónicas, los griegos […] habían sido intensamente bombardeados por las nuevas ideas revolucionarias que incluían la viva demostración de la energía que podía desarrollar una nación en armas […]. Además, los helenos tenían ya sus propios ideólogos del nacionalismo, intelectuales que habían vivido en estrecho contacto con las concepciones políticas occidentales […].

Por otra parte, esos años habían demostrado claramente la decadencia e inconsistencia del Imperio otomano, que en ocasiones parecía vivir momentos finales, amenazado desde fuera y pudriéndose por dentro. Por si algunos no lo tuvieran muy claro, los comerciantes y viajeros griegos se habían empapado de la visión despectiva que sobre el Imperio mantenían franceses, británicos, rusos y austríacos. […] La prosperidad helena iría por delante del desarrollo institucional del Imperio, lo cual significaba que siempre serían considerados ciudadanos de segunda. […] Todo ello hizo que la rebelión griega de 1821 fuera, a diferencia de la serbia de 1804, una iniciativa rupturista y claramente teñida de intencionalidad política. […] En todo caso, la semilla del alzamiento fue preparada por la Filiki Etería, o «Asociación de Amistad», una sociedad conspirativa fundada en 1814 por comerciantes griegos en Odesa […]. La que durante muchos años fue una «minoría consciente» terminó por cobrar una destacada presencia entre los griegos del Imperio debido a dos factores: el primero, la gran movilidad de sus miembros; el segundo, la insistencia en que existía un compromiso por parte de Rusia para intervenir en apoyo de una insurrección griega que debería ser la punta de lanza para una gran revolución cristiana en todos los Balcanes contra el dominador musulmán. Ese argumento, que demostró ser totalmente falaz, gozó de credibilidad a la vista del apoyo que había recibido la minoría griega por parte de Rusia en anteriores guerras de esa potencia contra el Imperio otomano, y también por el precedente de la insurrección serbia. […] Por otra parte, las propuestas neobizantinas de un Rigas Feriaos chocaban frontalmente con los objetivos del zar en la Cuestión de Oriente: era Rusia la llamada a recomponer el gran Imperio bizantino, no Grecia.

 

ROMA CONTRA ESTAMBUL

El perfume de la Estancia Rosa. Las primeras Tanzimat y sus precedentes, 1828-1856

En Grecia la insurrección parecía definitivamente controlada, pero la Sublime Puerta no tuvo en cuenta que para entonces se había convertido ya en un asunto de alcance internacional. Al parecer, cuando al canciller Metternich le comunicaron seis años antes que los griegos se habían alzado, preguntó con desprecio qué significaba la palabra «griego». Esa desdeñosa actitud traslucía la incomodidad que sentían los responsables del estricto orden europeo en tiempos de la Restauración. Pero en 1827 las cosas habían cambiado drásticamente, de lo cual era buena prueba el fenómeno del filohelenismo, producto a su vez de la moda romántica […], la influencia que poseía ya por entonces la prensa de masas y el importante remanente de militares desmovilizados tras las guerras napoleónicas que habían acudido a luchar a Grecia. En 1827, la insurrección griega levantaba pasiones en Occidente y se declaraban filohelenos tanto los liberales más vehementes como los reaccionarios más intransigentes: para unos era la causa de la libertad contra la tiranía; para los otros, la lucha del cristianismo contra el islam.

Por lo tanto, el aplastamiento de la insurrección griega era presentada por la prensa y numerosos intelectuales y políticos occidentales como el fracaso intolerable de unos ideales superiores, y por primera vez la Cuestión de Oriente cobró visos de pasión popular en países como Gran Bretaña, Francia e incluso Estados Unidos, donde el «¡Hagamos algo!» ante las matanzas perpetradas por las tropas otomanas y egipcias hacía caso omiso de las masacres de población musulmana cometidas por los insurgentes griegos. Se inauguraba así un patrón intervencionista que iba a desarrollarse una y otra vez -sobre todo en la zona balcánica- como siguiendo un guión preciso, durante casi doscientos años.

El poder toma el poder. Revolución y régimen de los Jóvenes Turcos, 1904-1912

Durante el verano de 1903, los nacionalistas macedonios de la VMRO, un movimiento paramilitar, habían organizado una sublevación el día de San Elías (Ilinden). Como era ya habitual en las contiendas balcánicas, la peor parte la llevó la población civil, cristiana o musulmana, que fue víctima de las represalias tanto de las bandas guerrilleras como de los başı bozuks organizados con voluntarios albaneses de Kosovo. Miles de refugiados escaparon hacia Bulgaria o Anatolia a lo largo del verano y el otoño, pero como era ya norma desde la insurrección griega de 1821, las potencias europeas sólo resaltaron los excesos de una de las partes, sin tener en cuenta que el alzamiento de San Elías era la respuesta de los nacionalistas a una serie de concesiones administrativas hechas por el sultán a instancias, una vez más, de esos mismos poderes europeos. […] [E]l mecanismo de la trampa balcánica por el cual los nacionalistas locales se sentían respaldados y alentados a continuar su lucha.

 

ESTAMBUL CONTRA SÍ MISMA

El sueño de los tulipanes. El fracaso de la primera oportunidad reformista, 1718-1774

Quizá por ello, y para facilitar los acuerdos con relación a los tártaros de Crimea, en Küçük Kaynarca quedó establecido que a partir de entonces el sultán recibiría a la vez el título de califa, es decir, «Imam de los creyentes y Califa de todos los que profesan la Unidad de Dios». Parece evidente […] que la recuperación del título califal era para consumo externo. Si la zarina de Rusia podía reclamar la protección de los cristianos de la Iglesia ortodoxa en el Imperio otomano, el sultán tendría derecho a su vez a proclamarse califa de los creyentes en el islam, lo que de momento incluía a los tártaros de Crimea, y a partir de ahí el sultán, como califa, podría investir al nuevo jan de Tartaria como en la antigüedad se hacía desde Bagdad o Damasco con cualquier príncipe musulmán. Por otra parte, también sería prerrogativa del sultán-califa el nombramiento de los kadíes y muftíes. No es de extrañar que en 1783 los rusos insistieran en retirar ese artículo del Tratado de Küçük Kaynarca. Las pretensiones califales de futuros sultanes sobre los musulmanes de la umma bajo dominio del imperialismo occidental iban a complicar más la situación.

Hoja al viento. El Imperio otomano durante la Revolución francesa y las guerras napoleónicas, 1789-1806

Por todo ello, aunque el nuevo sultán impulsó reformas incluso administrativas […], la innovación más importante consistió en la creación del germen de un nuevo ejército, el Nizam-ı Cedit o «Nuevas Ordenanzas» militares. Los reclutas para el nuevo cuerpo procederían de Anatolia, reunidos y enviados por los gobernadores y notables provinciales y deberían constituir una fuerza que, a todos los efectos, crecería separada del antiguo ejército. […]

Pero no fue suficiente; una fatua declaró todas las reformas como ilegales y contrarias a la religión y la tradición, autorizando la deposición de Selim III. […] Se había repetido, implacablemente, lo acaecido en 1622, cuando el joven Osman II había intentado crear un nuevo ejército a base de reclutas turcos anatolios. La destrucción de los jenízaros se había convertido en un asunto de vida o muerte para la supervivencia del Imperio; pero con ello asomaba una primera, aunque todavía confusa, tendencia a situar a los turcos como nación dominante.

Estado de excepción ilustrado. Autocracia, progreso y oposición en tiempos de Abdülhamid II, 1879-1902

Por lo tanto, la guerra de 1877-1878 tuvo un desastroso efecto no sólo sobre la integridad territorial y poblacional del Imperio otomano, sino también en su capacidad de supervivencia política, [ y destruyó] prematuramente la experiencia parlamentaria y prolongar la autocracia. Las circunstancias de la contienda propiciaron también la destrucción del otomanismo y la aparición de un nacionalismo panturco que terminaría por acelerar la destrucción del Imperio.

El poder toma el poder. Revolución y régimen de los Jóvenes Turcos, 1904-1912

No era de extrañar que Abdülhamid II se apoyara en la reserva ideológica de un tradicionalismo que incluía la recuperación del islamismo e incluso el panislamismo, reivindicando su estatus de califa. […] Pero ahora las circunstancias eran muy diferentes, con unas grandes potencias imperiales que ocupaban, a veces preciariamente, extensos territorios poblados por millones de musulmanes. En consecuencia, se puso en marcha un arma ideológica, inspirada en la misma que habían utilizado, a la inversa, rusos y austríacos durante decenios, presionando una y otra vez para proteger a los cristianos del Imperio. Así, el sultán comenzó a nombrar personalmente los cargos delegados religiosos que todavía se enviaban a las antiguas regiones del Imperio ahora bajo tutela u ocupación extranjera. Kadíes, ulemas, incluso simples maestros: fueron escogidos por Abdülhamid antes de ser enviados a Egipto, Chipre, Bosnia-Hercegovina o Rumelia Oriental, insistiendo, de esa manera, en su influencia personal sobre las poblaciones musulmanas que el Imperio debía proteger. […] En cualquier caso, esta línea de actuación gozó de un amplio respaldo popular, al menos entre la población musulmana del Imperio. Se construyeron nuevas madrasas y mezquitas y se restauraron las viejas, así como los monumentos religiosos; se aumentaron las asignaciones económicas dedicadas al culto, al pago de sueldos y pensiones para los ulemas y otras personalidades religiosas. La liturgia fue celebrada por las autoridades con más pompa si cabía. También se rescató la utilización del árabe, lengua coránica y cultural; su uso incluso se extendió a determinadas ramas de la administración, y árabes de Siria y el Líbano accedieron a importantes cargos en la capital. Por lo tanto, la recuperación de un orgullo islámico fue bien recibido por las clases populares y apuntaló el régimen hamidiano incluso ante las potencias de la época, todo lo cual no favorecía el otomanismo liberal de los Jóvenes Turcos en el exilio, aunque contaran con los ideólogos más capaces. […]

En este ambiente, y durante la primavera de 1909, estalló un intento de contrarrevolución liderado por las fuerzas islamistas, apenas estructuradas en torno a la Sociedad de Unidad Islámica, fundada por Hafiz Derviş Vahdeti, un bektaşi que abogaba por reemplazar la Constitución por la Şeriat [Sharia en turco], que no sólo proveía de la suficiente base legal para regular la vida política y social del Imperio, sino que además debería unir a los musulmanes del Imperio y lanzarlos al rescate del islam opimido en todo el mundo. La noche del 12 al 13 se sublevaron tropas del Primer Ejército de guarnición en Estambul, neutralizaron a sus oficiales y dirigidos por los softas, o estudiantes de las madrasas, se dirigieron a la plaza Ayasofya, cercana al Parlamento, pidiendo la restauración de la Şeriat, la dimisión de algunos miembros del gobierno y el confinamiento de las mujeres en sus hogares. En la cámara era el caos: los sediciosos lincharon al ministro de Justicia, a un diputado y a un oficial de Marina. Y el gobierno, cogido por sorpresa, dimitió.

Últimos meses de paz. El comienzo del fin del Imperio otomano, 1912-1915

Aunque inicialmente se mostró partidario del otomanismo, pronto derivó claramente hacia la defensa del nacionalismo turco como eje vertebrador del régimen. Gökalp había estudiado detenidamente a Durkheim y a Tönnies, y en sus trabajos académicos hizo una distinción entre «cultura» y «civilización» para concluir que la nación turca poseía su propia y vital cultura que la historia había sumergido en una civilización medieval, en parte árabe-islámica y también bizantina. Por lo tanto, el camino salvador consistía en reemplazar el sustrato de esa civilización por otra moderna y europea conservando la cultura turca. En efecto, Gökalp le dio un solvente soporte académico a un nacionalismo turco que por entonces estaba despegando con fuerza y que, paradójicamente, habían fomentado estudiosos y orientalistas occidentales algunas décadas antes.

Castellón de la Plana, 29 de junio de 2015.

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