«Habían muchos» y «delante mía» están bien dichos

Hubo un tiempo en que las normas humanas, lejos de emanar de autoridades investidas de ninguna clase de poder, se inferían del comportamiento social: así el jurisconsulto romano de antaño, como el científico de hoy, observaba la realidad e infería el derecho aplicable a un determinado supuesto. Eso mismo hace el iusinternacionalista —jurista especializado en derecho internacional público— cuando, a falta de otras fuentes aplicables, sólo puede hallar normas consuetudinarias —la costumbre internacional— observando el comportamiento de los Estados. Lo mismo debe hacer el buen gramático, filólogo o lingüista: inducir y no imponer, puesto que no se halla por encima del más «cateto» e «ignorante» de los hablantes.

Por supuesto, la igualdad que predico entre los hablantes, así como entre los Estados y también entre los ciudadanos romanos del pasado, es sólo formal y no ignora las desigualdades materiales y las relaciones de poder que de facto también se dan. Pero eso ocurre también en nuestros días y no anula mi planteamiento: la igualdad formal de los ciudadanos ante la ley es insoslayable mas no impide que la fiscalía, el juez y la administración penitenciaria actúen de manera distinta en función de la defensa del acusado, su relevancia pública y la naturaleza de su delito (no es lo mismo hurtar en una tienda vistiendo un chándal que cometer delitos de cuello blanco como la prevaricación y el tráfico de influencias, entre otras cosas porque estos últimos no están al alcance de cualquiera); igualmente, las autoridades formales (parlamentos, gobiernos, etc.) no tienen por qué coincidir con las instancias desde donde muchas veces se «sugiere» u «obliga» a la toma de muchas decisiones (grandes holdings, lobbies, medios de comunicación, patronal, sindicatos, manifestantes y otros grupos de presión). Del mismo modo, un ciudadano de a pie no tiene las mismas posibilidades de influir en el lenguaje que un cantante, una columnista o un youtuber.

En derecho se dice que una práctica cristaliza como norma consuetudinaria (costumbre o consuetudo) cuando una comunidad de personas la observa de manera constante y uniforme con la convicción de que obliga porque es necesaria para la convivencia o coexistencia cuando menos. Quizá guarde poca relación, pero a mí esto me recuerda al equilibrio de Nash en teoría de juegos, al tan manido dilema del prisionero: si la inviolabilidad de los agentes diplomáticos es hoy una costumbre internacional es porque, tiempo ha, se llegó a la conclusión de que matar al emisario del adversario era contraproducente (podían matar también al tuyo, y por ende cualquier negociación o comunicación para alcanzar un acuerdo devenía en imposible).

Del mismo modo, lo que hoy es una norma, mañana puede dejar de serlo si se pierde la convicción de que sea necesaria y se deja de observar (desuetudo) como consecuencia de otros cambios producidos en el entorno. Así, la cristalización de una nueva costumbre de signo contrario a una costumbre previa, implica la desuetudo o pérdida de validez de ésta.
Todo esto ocurre igualmente en la gramática y la fonética de las lenguas. Si alguien desea hacerse entender, deberá emplear las formas que comúnmente utilicen los hablantes a los que dirige su mensaje. Siendo inteligible el mensaje entre ambas partes, puede ocurrir que una de ellas emplee formas que no son seguidas por la mayoría de la audiencia. Si una cosa está «bien» dicha es porque así la utiliza la mayoría de hablantes de ese momento y lugar. Los calificativos de bien y mal responden a un juego de mayorías cambiantes nada más: lo que hoy está «bien» dicho, mañana puede estar «mal»; y viceversa.

Ahora bien, del mismo modo que el derecho ha padecido el fenómeno de la positivización —positivizar es recoger una norma por escrito y conferirle valor sólo porque ha sido promulgada por la autoridad, no porque los ciudadanos estén convencidos de su necesidad—, la consolidación del estado moderno ha traído consigo una obsesión por «petrificar» muchas lenguas mediante normativas y versiones estandarizadas con el fin de que puedan detentar el status de «oficiales». La lengua se ha visto así zarandeada y violentada por la política, que unas veces ha pretendido pulirla y asearla (son las lenguas oficializadas o meramente utilizadas por la Corte y la administración), otras veces despreciarla y abandonarla (se trata de una lengua minorizada), y en algunas ocasiones separarla de otra o incluso rejuntarla con otras (las lenguas sudeslavas son un buen ejemplo de todo ello).

Dicho esto, ¿por qué digo que «delante mío» y «habían muchos» están bien dichos? Porque así los emplea una arrolladora mayoría de castellanohablantes, incluso los más letrados cuando se hallan en ambientes relajados donde se sienten confiados para contar chistes políticamente incorrectos, lanzar improperios y hablar de manera improvisada sin atenerse a demandas de corrección lingüística.

  • «Mía» y «de mí» son lo mismo. Para la normativa catalana, de hecho, tan válida es la forma «davant meu»  como «davant de mi». ¿Por qué para los gramáticos castellanos sólo los paletos y garrulos dicen «delante mía»? No lo sé. «Mía» es posesivo y «de mí» genitivo. Sus formas latinas, «mea» y «mei», no nos dicen mucho. Pero veamos la tercera persona, «suya» y «de él», cuyas formas latinas serían «sua» y «eius». La principal diferencia entre ellas es que «sua» sólo podía utilizarse cuando el poseedor era a su vez el sujeto de la oración: Iulius filiam suam amat (Julio ama a su hija); Iulius filiam eius amat (Julio ama a la hija de otra persona). Nada que ver, por tanto, con que una forma tenga más carga posesiva que la otra.
  • «Existían muchos» es lo mismo que «habían muchos». Es estúpido sostener que el verbo «haber» aquí sea invariable por ser impersonal y no tener sujeto, mientras que el verbo «existir» es intransitivo y sí tiene sujeto. Es verdad que la forma del presente «hay» es invariable, pero ello se debe a que la lengua castellana mantiene fosilizado el pronombre medieval «ý» en las formas verbales «soy» («hi sóc», «ci sono»), «estoy» («hi estic»), «voy» («hi vaig») y «hay» («hi ha» «il y a»). En catalán, por el contrario, pluralizar la forma del presente sí es posible («hi ha», «hi han»), y de hecho su uso está muy difundido, si bien la normativa también lo considera incorrecto. Recomiendo encarecidamente la lectura de este texto, del cual, por estar en catalán, he traducido los siguientes extractos:

En el origen el verbo haber [sólo] significaba tener, como hoy en día pasa con el verbo avere en italiano o el have en inglés […]. Pero, bien pronto, este verbo transitivo equivalente a tener sufrió una evolución sintáctica y semántica en catalán (y también en francés, en castellano y en portugués), y comenzó a expresar un valor locativo próximo al verbo existir […]. Podríamos decir que el verbo haber pasó de ser un verbo transitivo equivalente a tener (La plaza había muchas personas) a ser un verbo intransitivo equivalente a existir (En la plaza había muchas personas) […].

Fijémonos ahora en la forma. Al principio, en la lengua medieval y moderna, el verbo haber locativo era defectivo, es decir, sólo se conjugaba en tercera persona del singular (había, hay, habrá…) […]. Pero fue a partir de la segunda mitad del siglo XIX cuando comenzó a propagarse la concordancia en el valenciano y en el catalán oriental, la cual, como hemos dicho, es actualmente mayoritaria.

La concordancia no es más que una manifestación morfológica (la fase final) de una evolución sintáctica y semántica, que consiste en pasar de un verbo transitivo equivalente a tener […] a un verbo intransitivo equivalente a existir […]. Como consecuencia de ello, el constituyente que va después del verbo haber pasó de ser el complemento directo a ser el sujeto.
La plaza ha muchas personas [objeto].
En la plaza hay muchas personas [sujeto].

Si en el catalán contemporáneo hemos pasado mayoritariamente de decir Hi ha moltes persones a decir Hi han moltes persones [y si en castellano contemporáneo hemos pasado mayoritariamente de decir Había muchas personas a decir Habían muchas personas], no es por ninguna «deformación» de la lengua sino por un proceso predictible de regularización: los hablantes, lógicamente, hemos hecho concordar el verbo con el sujeto, que es como actúan todos los verbos, por más que el sujeto vaya después del verbo. Así, decimos mayoritariamente Habían muchas personas igual que decimos Existían muchas personas […]. Si no decimos “Existe muchas personas” ni “Venía muchas personas”, es lógico y esperable que los hablantes tendamos a decir Habían muchas personas […]

  • Un último supuesto es lo que los lingüistas italianos llaman raddoppiamento sintattico (redoblamiento o duplicación sintáctica). ¿En qué consiste? En frases como Le dirá a su madre que sí, donde el complemento indirecto se repite dos veces («le» y «a su madre»). La gramática castellana lo considera correcto mientras que la normativa italiana estima que no lo es sino que debería decirse Dirá a su madre que sí o Le dirá que sí. Sin embargo, los hablantes del castellano y del italiano solemos juntar ambas formas del complemento indirecto en la misma frase. ¿Por qué no va a ser correcto también en italiano?

El derecho, como la gramática, no precisa de ninguna autoridad que garantice su aplicación. Aquél, como ésta, está ahí sencillamente porque las personas y las organizaciones en que se involucran necesitan comunicarse, relacionarse y convivir o, cuando menos, coexistir. En este sentido, el derecho precede al estado y a la coacción ejercida por sus tribunales y fuerzas de seguridad en la misma medida que el castellano preexiste a los académicos de la RAE y a su Nueva Gramática.

La vera gramática es anárquica.

Castellón de la Plana, 5 de julio de 2016.

 

ADDENDVM

Parece que “delante mío” y “habían” se utilizan de manera mayoritaria a ambas orillas del Atlántico desde hace más de un siglo. De hecho, la Nueva Gramática de 2010 ha dado un paso adelante puesto que ya no rechaza la construcción “delante mío” sino que se limita a señalar la preferencia por “delante de mí” (la versión online del Diccionario Panhispánico de Dudas todavía no se ha adaptado a la Nueva Gramática).

Hace medio milenio perdimos el pronombre adverbial “ý”, lo que parece que impulsó la sustitución del verbo “ser” por “estar” en todos los usos locativos. Es sólo un ejemplo de que la lengua, o cambia, o se fosiliza y muere, como todo. De manera ordenada y pausada, pero se debe dejar que prosiga su evolución.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s