Austria: balance de ciclo

El 4 de diciembre los italianos votan una reforma constitucional de hondo calado. Sus vecinos transalpinos, los austriacos, repiten la segunda vuelta de las elecciones presidenciales después de que se constataran ciertas irregularidades en el voto por correo de las precedentes. El objeto de la reforma constitucional italiana lo resumí ayer en esta nota (también puede ser interesante echar un vistazo a esta otra, La posguerra y la reconciliación nacional como cimientos de la corrupción sistémica de Italia, por cuanto su contenido precede y va ligado al que incorporo en la presente nota).

Bloomberg califica así las elecciones presidenciales austriacas del próximo domingo como una cita histórica: “the country will break seven decades of custom by inaugurating a leader outside the ruling Social Democratic and Austrian People’s Parties. On one side is Norbert Hofer of the euro-skeptic, anti-immigrant Freedom Party, hoping to become Western Europe’s first right-wing nationalist head of state since World War II. He’s facing the Green Party’s Alexander Van der Bellen”. Sobre las primeras de esas siete décadas de predominio bipartidista entre socialdemócratas y conservadores versa esta nota. Nuevamente, me baso en un texto extraído de Postguerra. Una historia de Europa desde 1945, de Tony Judt (página 425 y siguientes).

En ciertos aspectos significativos, la situación de Italia tras la guerra puede compararse con la de Austria. Ambos países habían luchado junto a Alemania y habían sufrido consiguientemente tras la guerra […]. Al igual que Italia, Austria era un país pobre e inestable cuyo resurgimiento de la postguerra no habría podido predecirse a partir de su pasado reciente. Las dos agrupaciones dominantes del país habían pasado los años de entreguerras enfrentadas en un conflicto encarnizado. La mayoría de los socialdemócratas austriacos había considerado la emergencia en 1918 de un Estado austríaco truncado a partir de las ruinas del imperio de los Habsburgo como un absurdo económico y político. En su opinión, lo lógico hubiera sido que el remanente germanoparlante de la vieja monarquía dual hubiera quedado unido a sus camaradas alemanes en un Anschluss (unión), como de hecho habría ocurrido de haberse aplicado con coherencia las cláusulas de autodeterminación de los acuerdos de Versalles.

La izquierda austríaca siempre había recibido su mayor respaldo de la clase trabajadora de Viena y los núcleos urbanos de la Austria del este. Durante los años de entreguerras de la Primera República Austríaca, la mayoría del resto del país —rural, alpino y profundamente católico— votaba a los socialcristianos, un partido provinciano y conservador, reticente a los cambios y a los forasteros. A diferencia de los socialdemócratas, los socialcristianos no sentían el impulso panalemán de ser absorbidos por una Alemania urbana y mayoritariamente protestante. Pero tampoco simpatizaban en absoluto con las políticas socialdemócratas del movimiento de los trabajadores vieneses; en 1934, un golpe orquestado por la derecha destruyó el bastión de los socialdemócratas en la «Viena Roja» y, con él, la democracia austríaca. Desde 1934 hasta la invasión nazi, Austria fue gobernada por un régimen clerical autoritario en el que el Partido Católico ejercía el monopolio del poder.

El legado de la primera y desdichada experiencia de Austria con la democracia pesó como una losa sobre la República de la postguerra. Los socialcristianos, rebautizados como Partido Popular Austríaco, alardeaban orgullosos de su oposición en 1938 a ser absorbidos por Alemania; pero guardaban un ostensible silencio sobre su particular contribución a la destrucción de la democracia austríaca sólo cuatro años atrás. Los socialistas, como entonces pasaron a llamarse los socialdemócratas, podían alegar razonablemente haber sido las víctimas por dos veces: primero de la guerra civil en 1934 y luego a manos de los nazis. Lo que, no obstante, se mantenía oculto, era su antiguo entusiasmo por el Anschluss. El Dr. Karl Renner, líder socialista y primer presidente de la república independiente establecida por el Tratado del Estado austríaco de 1955, había sostenido este firme entusiasmo por una unión austriacoalemana nada menos que hasta 1938.

A ambas partes les interesaba por tanto dejar atrás el pasado […]. Los socialistas constituían el partido mayoritario en Viena (sus votantes representaban una cuarta parte de población del país), mientras que el Partido del Pueblo contaba con el férreo apoyo de los votantes del campo y las pequeñas localidades de los valles alpinos. En términos políticos, el país estaba dividido casi exactamente por la mitad: en las elecciones de 1949, el Partido del Pueblo venció a los socialistas por sólo 123.000 votos; en 1953, los socialistas ganaron por 37.000; en 1956 volvió a ganar el Partido del Pueblo por 126.000 votos; en 1959 el resultado fue favorable a los socialistas por 25.000 votos; y, en 1962, volvió a vencer el Partido del Pueblo por una diferencia de sólo 64.000 votantes, de un total de 4.250.000.

Estos márgenes insólitamente estrechos recordaban a los de las también reñidas elecciones de la república de entreguerras. La Austria católica y la Austria socialista se enfrentaban por tanto a la renovada perspectiva de que la política parlamentaria degenerara en una guerra civil cultural. Incluso con la ayuda de un tercer partido —los liberales, cuyo voto dependía en un grado bochornoso de los ex nazis, y que en todo caso iría descendiendo de forma constante en las sucesivas elecciones—, ningún partido austríaco podía aspirar a constituir un gobierno estable, y la aprobación de cualquier legislación polémica suponía el riesgo de resucitar amargos recuerdos. El pronóstico de la democracia austríaca no parecía muy prometedor.

Sin embargo, Austria no sólo logró evitar una nueva reedición de su historia, sino que en un breve espacio de tiempo consiguió también transformarse en un modelo de democracia alpina: neutral, próspera y estable. Ello se debió en parte a la incómoda proximidad del Ejército Rojo, que ocupó la Baja Austria hasta 1955 y que desde allí se retiraría a escasos kilómetros al este, lo cual actuaba como recordatorio de que los vecinos de Austria eran ahora tres Estados comunistas (Yugoslavia, Hungría y Checoslovaquia) y de que la delicada ubicación del país hacía aconsejable promover políticas conciliadoras y poco polémicas, tanto a escala nacional como internacional. Por otra parte, la Guerra Fría le asignó a Austria una identidad por asociación —como país occidental, libre y democrático— que posiblemente le hubiera sido difícil conseguir al país desde dentro.

Pero la principal fuente del éxito del desenlace político de la postguerra austríaca radica en la ampliamente reconocida necesidad de evitar confrontaciones ideológicas como las que habían desgarrado el país antes de la guerra. Dado que Austria tenía que existir —después de 1945 ya no había lugar para plantear su anexión a la vecina Alemania—, sus comunidades políticas debían encontrar la forma de convivir. La solución que pactaron los líderes del país fue eliminar cualquier posibilidad de confrontación a través de la dirección del país en coalición permanente. En la esfera política, los dos principales partidos acordaron ejercer el poder en colaboración: de 1947 a 1966, Austria fue gobernada por una «gran coalición» formada por los socialistas y el Partido del Pueblo. Los ministerios se repartieron cuidadosamente, de modo que correspondía generalmente al Partido del Pueblo el cargo de primer ministro, el de Asuntos Exteriores a los socialistas, etcétera.

En la administración pública —que en la postguerra abarcaba la totalidad de los servicios públicos, la mayoría de los medios de comunicación y gran parte de la economía, desde la banca a la explotación forestal— se acordó una división similar de las responsabilidades, conocida como Proporz. En casi todos los ámbitos los puestos eran cubiertos, mediante acuerdo, por los candidatos propuestos por uno de los dos partidos dominantes. Con el tiempo, este sistema de «enchufismo» llegó a calar hondo en la vida austríaca, y formó una cadena de patronos y clientes engarzados entre sí, que solucionaban casi cualquier disputa mediante la negociación o bien el intercambio de favores y nombramientos. Los conflictos laborales se dirimían mediante el arbitraje más que la confrontación, del mismo modo que el Estado bicéfalo trataba de evitar las disensiones a través de la incorporación de sus opositores en su sistema compartido de beneficios y recompensas. La prosperidad sin precedentes de aquellos años permitió a la gran coalición archivar sus desacuerdos y conflictos de intereses y, de hecho, comprar el consenso del que dependía el equilibrio del país.

Algunos colectivos de la sociedad austríaca quedaron inevitablemente fuera: pequeños comerciantes, artesanos independientes, agricultores aislados, y cualquiera a quien su trabajo o sus incómodas opiniones situaran al margen de la red de asignación de beneficios y cargos. Y en los distritos donde uno u otro bando contaba con una ventaja aplastante, a veces se ignoraba la proporcionalidad y se sustituía por un monopolio de puestos y favores de los miembros de dicho partido. Pero la presión para evitar la confrontación solía triunfar sobre los intereses locales y egoístas. Del mismo modo que la recién encontrada neutralidad austríaca se adoptó con entusiasmo como seña de identidad del país, desplazando los recuerdos de otras identidades más beligerantes que había ostentado en el pasado —«habsburgo», «alemana», «socialista», «cristiana»—, también las implicaciones postideológicas (y de hecho postpolíticas) del Gobierno de coalición y la administración Proporz llegaron a definir la vida pública austríaca.

A primera vista podría parecer que este rasgo distinguiría a la solución austríaca frente a la inestabilidad política de su variante italiana; después de todo, en Italia, la división política fundamental era la que separaba a los comunistas de los católicos, una yuxtaposición difícilmente calificable de «postideológica»[14]. Pero, de hecho, ambos casos eran bastante similares. El rasgo distintivo de Togliatti y su partido era la importancia que le concedieron, durante las décadas de la postguerra, a la estabilidad política y la conservación y el fortalecimiento de las instituciones en las que se asentaba la vida democrática, incluso aunque ello acarreara un coste para la propia credibilidad de los comunistas como vanguardia revolucionaria. Por otra parte, Italia también se gobernaba mediante un sistema de favores y colocación laboral que guardaba ciertas semejanzas con el Proporz, a pesar de presentar un importante sesgo a favor de una de las partes.

Si el precio que pagó Italia por la estabilidad política fue un nivel de corrupción pública que llegaría a resultar intolerable, el coste que pagaron los austríacos, aunque menos tangible, fue igualmente pernicioso. Como en cierta ocasión describió un diplomático occidental, la Austria de la postguerra era «una ópera cantada por suplentes» y, ciertamente, la comparación resulta muy apropiada. A consecuencia de la Primera Guerra Mundial, Viena perdió su raison d’être como capital imperial y, en el curso de la ocupación nazi y la Segunda Guerra Mundial, la ciudad perdió también a sus habitantes judíos, que integraban una parte importante de su ciudadanía más culta y cosmopolita[15]. Cuando los rusos se marcharon en 1955, Viena carecía incluso del oscuro encanto del Berlín dividido. De hecho, el indicador del notable éxito con el que Austria había superado su turbulento pasado consistía en que para muchos visitantes su rasgo distintivo residía en su tranquilizadora monotonía.

Sin embargo, tras el apacible encanto de una «república alpina» cada vez más próspera, Austria también era corrupta a su manera. Al igual que Italia, había alcanzado su reciente seguridad a costa de cierto grado de olvido nacional. Pero, mientras que la mayoría de los demás países europeos —especialmente Italia— podían presumir al menos del mito de la resistencia nacional ante los invasores alemanes, los austríacos no podían sacar el mismo partido a su experiencia de la guerra. Y, a diferencia de los alemanes occidentales, a los austríacos no se les había obligado a reconocer, al menos en público, los crímenes que habían cometido o tolerado. En cierto sentido, Austria se parecía a Alemania del Este, y no sólo por el estilo monótono y burocrático de sus servicios públicos. Ambos países constituían dos expresiones geográficas arbitrarias en donde la vida pública descansaba en un acuerdo tácito de fabricarse una nueva y autocomplaciente identidad (aunque el ejercicio tuvo considerablemente más éxito en el caso austríaco).

Un partido democratacristiano reformista, una izquierda parlamentaria, un amplio consenso respecto a no llevar las divisiones ideológicas o culturales hasta el punto de la polarización y la desestabilización políticas y una ciudadanía despolitizada: éstos fueron los rasgos distintivos del acuerdo de la postguerra de la Segunda Guerra Mundial en Europa occidental. Bajo distintas configuraciones, el modelo italiano o austríaco puede detectarse en casi todas partes.

Para el autor, en definitiva, la superación posbélica de las luchas políticas del periodo de entreguerras se sustentó, al menos en los casos italiano y austriaco, sobre una corrupción institucionalizada entre los principales partidos políticos, las asociaciones empresariales y los sindicatos mayoritarios. A mí esto también me sirve para explicar la transición española y el régimen democrático que alumbró.

Castellón de la Plana, 27 de noviembre de 2016.

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