«Erdoğan o la desmesura» (por Andrés Mourenza)

He aquí un artículo impresionante. De esos que debes imprimir para anexarlo a uno de los libros de referencia que tienes en casa. Se trata de un texto biográfico sobre la figura de Tayyip Erdoğan: sus orígenes humildes, los reveses y obstáculos a los que se enfrentó, su meteórica carrera política… En definitiva, la vida de un hombre hecho a sí mismo.

Lo ha escrito el periodista Andrés Mourenza, a quien sólo pude conocer fugazmente al comienzo de mi estancia en Estambul, justo antes de que lo destinaran a Atenas, y a quien he podido seguir años después a través de Twitter. Extraigo el artículo de la fuente original y lo copio aquí por tres razones: 1) porque al intentar compartirlo en mi muro no se visualizaba el título ni ninguna imagen del artículo; 2) porque hay partes que quiero destacar e incluso comentar; y 3) la más importante, porque prefiero tenerlo a mano (por eso mismo escribo muchas de mis reflexiones, a modo de notas, por este medio). Aunque el autor escribe brillantemente, he preferido añadir los caracteres turcos.

“La democracia es como un tranvía: cuando llegas a tu parada, te bajas.” -Recep Tayyip Erdoğan (1996).

Frente a la sede del club de hinchas del Kasımpaşa SK, media docena de hombres ociosos se fuman la vida a pequeñas bocanadas, entre sorbos de té y chácharas insustanciales; hasta que llega el extranjero y les pregunta así, de sopetón, casi sin mediar preámbulo, por el ínclito hijo del barrio, el hacedor de la nueva Turquía, Recep Tayyip Erdoğan.

—El Patrón, el Jefe, el Rais, un Gran Líder —hila superlativo uno de ellos, la sonrisa nerviosa, buscando el consentimiento de los demás. El resto aprueba con la mirada. Hasta que, al cabo de unos minutos de conversación, otro joven, salido del retrete del pequeño club sin enterarse de la misa la media, corta: “¿Erdoğan? Es un ladrón”. Entonces la concurrencia se relaja: “Sí, yo también pienso que es un corrupto”. “¿Qué ha hecho por nosotros? Nada, excepto el estadio del Kasımpaşa”. Un estadio que luce el nombre del presidente Erdoğan.

¿Por qué son incapaces de decir abiertamente lo que opinan? ¿Por qué algunos rechazan hablar? ¿Por qué todos rehúsan ser identificados? Quizá para entenderlo hace falta recordar un caso sucedido en abril, cuando el Ministerio de Educación de Turquía abrió una investigación a todas las profesoras llamadas Aynur en la ciudad de Diyarbakır porque una con dicho nombre —finalmente resultó ser un seudónimo— había hecho declaraciones a un periódico británico consideradas “un insulto al Estado”.

Alrededor de la figura de Erdoğan, quien no hace mucho era considerado un ejemplo modélico de conciliación entre islamismo y democracia, se ha tejido un manto hecho de loas y silencios. Es probablemente el gobernante que más poder ha acumulado desde los tiempos de Atatürk —el fundador de la moderna Turquía—, en una meteórica ascensión desde la alcaldía de Estambul al Gobierno y de ahí al trono de la Jefatura de Estado. Cualquiera se retiraría ahora a ver florecer su legado desde el panteón de los ilustres. Pero a él no le basta. Pese a haber alcanzado la máxima dignidad de la jerarquía de la República, necesita seguir creciendo, modelando al país a su imagen y semejanza. Se le podría aplicar aquello que una vez dijo el general otomano Enver Paşa sobre la ambición y el liderazgo del joven Mustafa Kemal, que se convertiría en Atatürk: “Esté seguro de que cuando sea nombrado general, querrá ser sultán. Y cuando se convierta en sultán, querrá ser Dios”.

EL IMÁN BECKENBAUER

En la cima de una empinada cuesta, en un edificio pintado con un marrón triste de cuyos balcones cuelgan sábanas deslavadas, blusas baratas y pijamas gastados, vivió su juventud e inició su carrera política quien hoy dirige los destinos de Turquía. Kasımpaşa es uno de esos barrios de aluvión típico de las grandes ciudades, de pendientes que desafían la gravedad y ponen en cuestión el buen juicio de los encargados de planificación urbanística. Un barrio que desciende desordenadamente sobre una avenida de seis carriles que conecta con la circunvalación y cuyas únicas vistas son el mar de cemento del que se ha cubierto Estambul. Vivir aquí y no a orillas del Bósforo, como han hecho casi todos los que han regido la metrópolis turca desde el siglo XV, confiere, como mínimo, perspectiva.

Recep Tayyip Erdoğan nació en estas calles un 26 de febrero de 1954 del segundo matrimonio de Ahmet, un emigrante de la norteña provincia de Rize que en Estambul se labró una modesta carrera en la línea de vapores que surcan el estrecho del Bósforo. Retoño de la conservadora región del Mar Negro, el capitán Ahmet solo obedecía las leyes del mar y de Dios, y esos valores los infundiría a su descendencia por las buenas o las malas: se cuenta que en una ocasión dejó a su hijo colgado del techo durante veinte minutos después de oírle decir un taco.

En la década de 1970, el padre adquirió un terrenito en la parte alta del barrio con el finiquito de su jubilación, a cambio del cual un promotor levantó el mentado edificio de color parduzco, “Apartamentos Arda”, del que la familia Erdoğan recibió dos viviendas en un tercer piso sin ascensor. El padre, la madre y la hermana pequeña ocuparon una. Recep Tayyip y su hermano, otra. El bloque era, como el vecindario, una radiografía de la clase obrera de Turquía, de los pobres emigrantes del Mar Negro, de la Anatolia Central, del Oriente. Turcos, kurdos, alevíes, suníes, ataturkistas, religiosos, comunistas… Y, como en casa, donde la mano firme del capitán Ahmet templaba los exabruptos de la sangre juvenil, en las calles la fuerza, la bravuconería y la defensa del honor dictaban las normas de comportamiento.

El abuelo de un amigo mío turco hizo lo mismo: se construyó un edificio entero en Giresun y repartió varios pisos entre diferentes integrantes de la familia. Muy curioso cuando, al llegar los últimos días del Ramadán, vas bajando de piso en piso para visitar a todos los parientes.

Los vecinos de Kasımpaşa llevan orgullosos el nombre de su barrio, pero en este, igual que en otros distritos similares, el baremo del éxito es la velocidad con la que uno consigue escapar de él. El fútbol era entonces —es aún— el billete de salida más fácil de lograr. En cada bocacalle, esquina o callejón de Kasımpaşa, los chiquillos siguen pegando patadas al balón, burlando las leyes de la gravedad, intentando evitar ser el infortunado que envíe el balón cuesta abajo. Recep Tayyip le pegaba, y le pegaba bien. Soñaba con ser una estrella.

“A su padre no le gustaba el fútbol, tampoco la política, así que jugaba a escondidas”, relata Ümmühan Engin, la vecina de cabello oxigenado del piso inferior al que ocupaba el ahora presidente, punteando sus recuerdos con caladas a un cigarrillo de la marca Winner. Recep Tayyip había empezado a correr tras la pelota a los trece años, en la escuela religiosa en la que estaba inscrito, y siguió haciéndolo a resguardo del conocimiento de su padre durante casi un lustro —ocultaba las zapatillas de tacos y el equipo en la carbonera para evitar ser descubierto—, del mismo modo que otros, en aquella época, acudían a reuniones de organizaciones clandestinas. Lo suyo era el fútbol.

Jugaba de atacante, pero su garra y su chut con el empeine le valieron el apodo de “imán Beckenbauer”, en honor al Káiser de la selección germana, que en aquellos años de revoluciones, crisis del petróleo y pantalones de campana sentaba cátedra sobre el césped. Erdoğan pasó de un equipo de barrio a otro; luego lo ficharon en el IETT Spor, la escuadra de la compañía municipal de tranvías. Vistiendo ese uniforme, una tarde de 1976 en la fase final de la liga amateur de Estambul, en una temporada en que el joven de Kasımpaşa se estaba luciendo especialmente, el entrenador Tomislav Kaloperovic se hallaba en la grada. Al sonar el pitido final bajó a los vestuarios: quería a ese muchacho larguirucho en el Fenerbahçe. Nada podría hacer más ilusión a Recep Tayyip que vestir la malla azul y amarilla de su equipo favorito, pero su padre, quien ya le había obligado a rechazar anteriores ofertas de primera división al descubrir colérico la afición deportiva de su hijo, le prohibió nuevamente aceptar el fichaje: “Los futbolistas son haraganes, gente sin rumbo ni oficio. Estudia y sé un hombre”.

En las fotos de su juventud, Tayyip sobresale un tanto desgarbado entre sus compañeros, con ese aspecto algo embobado que a veces tienen los niños demasiados altos para su edad. Nada más lejos de la realidad. Impulsivo y espabilado, Recep Tayyip destacaba sobre los alumnos: recitaba poemas con destreza, componía con talento y participaba en todos los actos que organizaba su escuela, un internado religioso gratuito (imam-hatip) al que lo había inscrito su padre, pues no había dinero para mucho más. El joven Tayyip memorizaba suras del Corán y enseñanzas de Mahoma durante la semana y, al llegar los días de asueto, vendía roscas de pan y limonada por las calles. Con las monedas que ganaba, compraba libros de escritores y poetas de cuyos textos no levantaba cabeza. Tinta que lo transportaba fuera de la existencia anodina de las pendientes y el cemento; versos como los de Necip Fazil Kisakürek, que le insuflaban heroicos ideales sobre la lucha por la defensa de la patria y el Dios verdadero. Si no podían ser los estadios los que le llevasen a la gloria, serían las palabras.

En una ocasión, Ümmühan Engin oyó sollozar a alguien en el balcón. Alargó la cabeza y vio a Erdoğan rezando. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, mientras invocaba al Altísimo: “Dios mío, Dios mío, si me haces líder del país, seré la voz de los oprimidos”.

“UNO DE LOS NUESTROS”

Los islamistas llegaron al poder en Turquía gastando zapato. Recorriendo los barrios hogar por hogar hasta conocerse al dedillo el timbre de cada vecino, enterándose de si el señor Mehmet está aquejado de tuberculosis y la familia no tiene dinero para las medicinas; si en casa de los Yilmaz comen lo suficiente todos los hijos o qué favores necesita la señora Ayse que luego ella sabrá agradecer. Utilizando tácticas para ganarse a la población que había usado una izquierda marxista a la que el régimen militar instaurado por el golpe de Estado de 1980 hizo prácticamente desaparecer, al enviarla al exilio y las celdas de tortura.

Es una constante en todo el Mundo Medio: entre el laicismo elitista de la urbe y las clases populares venidas del campo, en un contexto de guerra fría, el islamismo tenía todas las papeletas para subir como la espuma.

El joven de Kasımpaşa inició la actividad política afiliándose en sus años universitarios a la Unión Nacional de Estudiantes Turcos (MTTB), un sindicato derechista y fervientemente anticomunista en el que coincidiría con sus futuros compañeros de causa: Abdullah Gül, que llegó a ser presidente, Mehmet Ali Şahin, quien sería vice primer ministro, Ismail Kahraman, actual presidente del Parlamento… y al Partido de Salvación Nacional, formación islamista fundada por el carismático “maestro” (hoca) Necmettin Erbakan. En aquella salvaje década de 1970, en la que los gobiernos se disolvían con la rapidez de un azucarillo en una taza de té (Erbakan participó en tres de ellos), en la que la izquierda y la derecha se enfrentaban a tiros y las barriadas chabolistas se convertían en territorios liberados por grupos armados, el joven Erdoğan supo mantenerse convenientemente al margen de la violencia. Así, pasado el periodo de la Junta Militar (1980-83), pudo ascender rápidamente en el movimiento islamista. Se despidió del fútbol y el trabajo en la empresa de tranvías e inició su carrera como político profesional. En 1985 era ya jefe provincial de Estambul del nuevo movimiento islamista de Erbakan, el Partido del Bienestar (RP).

—Sus hermanos creían que no llegaría a ninguna parte. Porque es una buena persona: Erdoğan es una persona de esas que te miran a los ojos y te miran desde el corazón. Y rezaba todos los días. Y tenía principios. Por eso, su familia se preguntaba: ¿cómo va a triunfar en política alguien así? —rememora Ümmühan Engin, su antigua vecina—. Pero nosotros sí que creíamos en él. Era muy trabajador. Tenía algo”.

En esa misma época comenzó a ejercer de reportero un veinteañero llamado Ruşen Çakır, al que la revista Nokta le había encargado la información en torno al RP, entonces un partido electoralmente insignificante. “Erdoğan y la nueva generación que lo acompañaba eran personas muy activas. Crearon un nuevo enfoque al que yo llamé ‘corriente renovadora (yenilikçi)’, una denominación que en su momento les enfureció pero finalmente terminaron aceptando”. El planteamiento del viejo maestro Erbakan se basaba en islamizar a la población poco a poco e ir obteniendo más y más votos. En cambio, los renovadores apostaron por dirigirse a todo el mundo, incluidos aquellos musulmanes no practicantes: durante las campañas electorales predicaban en restaurantes, bares, discotecas y hasta burdeles. “Hay quien opina que los renovadores eran menos islamistas que los tradicionalistas del partido. Y no es cierto —sostiene Çakır—. Los renovadores estaban influidos por los nuevos vientos del islam político: la revolución iraní, los Hermanos Musulmanes en Egipto… Así que eran más islamistas que Erbakan, pero al mismo tiempo más modernos”.

Erbakan terminó por hacer caso a los jóvenes —aunque, en cambio, no les abrió las puertas al control de la organización, que continuó regida por los mismos antiguos cuadros de confianza del hoca— y el Partido del Bienestar vio sus votos crecer rápidamente. La estrategia de apertura de un Erdoğan treintañero funcionaba, sus dotes de liderazgo —sus compañeros ya lo llamaban el rais (jefe)— y su habilidad para la oratoria encandilaban a la gente. “Cuando regresaba a casa se paraba unos minutos, conversaba con nosotros y nos preguntaba por nuestros problemas, mientras leía los titulares de los diarios colgados fuera”, evoca Semiha, hija del propietario del colmado frente a su casa: “Seguía siendo un chico del barrio. Siempre ha sido uno de los nuestros”.

Quizá porque el ascenso de Erdoğan se respiraba en el ambiente, la campaña electoral de 1994, cuando se postuló a la alcaldía metropolitana de Estambul, fue especialmente dura. Los medios de comunicación se burlaban del candidato islamista y los teléfonos de las sedes locales no dejaban de recibir amenazas.

—Se lo advierto: su hombre tiene que anunciar inmediatamente que retira su candidatura. La próxima advertencia será con sangre.

Eran los años de la guerra sucia, en los que activistas, abogados y periodistas incómodos aparecían con un tiro en la cabeza sin que los autores de estos crímenes fuesen jamás detenidos, amparados como estaban por ciertos poderes fácticos que manejaban el Estado al margen de quien se sentase en los despachos del Gobierno. Y estas amenazas no eran para ser tomadas a la ligera.

Unos días antes de los comicios, un café vinculado al RP fue tiroteado. Murió un militante y varios resultaron heridos. En el hospital, mientras Erdoğan y los suyos ofrecían las condolencias a sus camaradas, sonó de nuevo el teléfono móvil del secretario provincial y al otro lado se oyó una voz ya conocida:

—Os dije que correría la sangre y no me hicisteis caso. Vuestro candidato tiene un acto esta tarde. Díganle que renuncie.

La escena la recuerda su antiguo compañero Hüseyin Besli en El nacimiento de un líder. Todos contuvieron la respiración y miraron a Erdoğan. Más que angustia o confusión, en su rostro se reflejaba un gesto decidido. Nada parecía asustarlo.

—¡Compañeros! ¡Todos a sus puestos! ¡Seguimos adelante! —ordenó Erdoğan, y la campaña electoral continuó, aunque fuera con los militantes del partido atenazados por el temor de que, en cualquier momento, explotase una bomba o alguien apuntase una pistola contra el líder.

Aquella noche el teléfono del secretario sonó por tercera y última vez:

—Su hombre los tiene bien puestos.

Dos días más tarde, conquistó la alcaldía de la mayor ciudad de Turquía.

“No solo los kurdos sufrieron la opresión del Estado en Turquía, también los islamistas y otros sectores”, recalca uno de los actuales asesores del presidente: “Y Erdoğan iba a ser el que acabase con ello”. Su puesto en la alcaldía fue el verdadero trampolín a la fama. Conocía la ciudad y sabía lo que quería la gente. “Cuando llegó Tayyip a la alcaldía, el Cuerno de Oro olía a mierda y él lo limpió. Recogió la basura de las calles. Trajo el agua corriente al barrio, que hasta entonces teníamos que acarrear nosotros a casa —explica otra vecina de Kasımpaşa—. ¡Anda que no recuerdo yo los trompazos que nos hemos pegado él y yo cuando íbamos con los cubos a la fuente por las cuestas heladas en invierno!”.

Al año siguiente, en un contexto de crisis económica, corrupción, descomposición política y creciente violencia debido al conflicto kurdo, el Partido del Bienestar, con su mensaje a favor de una gestión moral, venció las elecciones legislativas. Sin embargo, el experimento de los islamistas en el poder duró poco. Si bien no hicieron nada por imponer un régimen basado en la sharia, tanto los provocativos discursos de Erbakan como los ataques verbales a Israel, el apoyo a la Libia de Gadafi y las invitaciones a Hamás, brazo de los Hermanos Musulmanes en Gaza, a recepciones oficiales hartaron rápidamente a los militares, que obligaron a dimitir al Ejecutivo bajo la amenaza de volver a sacar a los tanques a la calle. Durante el siguiente año se desató una verdadera caza de brujas contra el entorno de los conservadores: periodistas despedidos, empresas intervenidas, académicos perseguidos, partidos ilegalizados. Incluso Erdoğan fue condenado a diez meses de cárcel por recitar un poema.

Hoy el Ejecutivo turco persigue procesalmente a quien insulta a Erdoğan o comparte bromas sobre él por las redes sociales. Bien mirado, a él le metieron en la cárcel por mucho menos.

Quizá fueron los barrotes, quizá los consejos de sus compañeros de partido, quizá el hecho de que el viejo Erbakan no estaba dispuesto a compartir con los jóvenes el liderazgo del movimiento islamista, pero el caso es que ese periodo convenció a Erdoğan de que había que romper con el maestro. Así nació el AKP, el Partido de la Justicia y el Desarrollo, pensado como una versión musulmana de las formaciones democristianas europeas. “Aunque ahora ha reforzado su mensaje islámico, cuando redactamos el programa electoral del AKP evitamos incluir cualquier mención a los valores religiosos o al islamismo”, cuenta Yaşar Yakış, uno de los fundadores del partido.

Menos de quince meses después de la constitución del AKP, Erdoğan tuvo la primera oportunidad de resarcirse. Las elecciones de 2002 llegaban en medio de una nueva crisis financiera, esta vez mucho más profunda, que cayó en el país como una bomba nuclear: todos los partidos del hemiciclo fueron arrasados y el AKP logró una cómoda mayoría absoluta, la primera que obtenía un partido turco en década y media. “A partir de hoy —prometió Erdoğan en su discurso triunfal— nada será igual que antes en Turquía”.

UNA HISTORIA DE REVANCHAS

Parte de esa rabia que mueve diariamente a Erdoğan es fruto de todo aquello que, a lo largo de su vida, considera que se le ha negado injustamente y tuvo que ganarse por la fuerza. La gloria nunca alcanzada en los estadios, los caminos que se le cerraron por ser un hombre de fe; la libertad coartada cuando gozaba de su primer cargo electo; los insultos proferidos por los medios de comunicación desde sus torres de marfil, rayanos en el más absoluto clasismo —“el paleto”, “el chico de barrio sin modales”, “el reaccionario”—, las mil humillaciones vertidas por esos intelectuales laicos sólo acostumbrados a ver mujeres veladas en las sirvientas que limpiaban sus hogares.

Insisto en la idea que destaqué párrafos atrás: era una constante en el Mundo Medio que las clases dirigentes del estatismo laicista, aquellas que podían permitirse el lujo de enviar a sus hijos a estudiar al extranjero, se mofasen de las gentes de aquel mundo rural en que el sentimiento religioso había sabido resistir a las reformas del modernismo laico.

Una de las razones por las que Erdoğan es capaz de arrastrar a las masas es precisamente esa fuerza interior que lo mueve. Su habilidad oratoria es un atractivo innegable; las redes clientelares tejidas por años de control de los servicios secretos municipales, un requisito imprescindible, pero la condición de Erdoğan de “hombre hecho a sí mismo”, de triunfador del equivalente turco del sueño americano, despierta sin duda una gran fascinación en una Turquía donde el obrero explotado y sin protección social sueña con abrir un colmado y el pequeño comerciante aspira a dar con el negocio definitivo, sin recibir ayuda alguna de un Estado que les ha ignorado durante décadas. Tal y como exponía con claridad meridiana un humilde vendedor callejero de té de Estambul: “Erdoğan roba, del mismo modo que han hecho todos sus antecesores. Yo haría lo mismo si pudiese. También tú. Pero al menos él no se queda todo en el bolsillo, algo nos reparte”.

Ha habido dos Turquías enfrentadas a lo largo del siglo XX: la urbana y la rural; la secular y la religiosa, la kemalista y la otomanista, la del estatismo dirigente (el Ejército, la academia, los funcionarios y las grandes empresas del BOE) y la del islam neoliberal de los empresarios anatolios (aquello que muchos académicos llaman el calvinismo islámico y que hunde sus raíces en aquellas asociaciones gremiales entretejidas con las hermandades aji o cofradías sufíes desde que Anatolia comenzó a hacerse mahometana en el siglo XII).

Sin embargo, en aquel 2002, con las Torres Gemelas aún humeantes, lo que realmente se preguntaban los observadores internacionales era si aquel carismático político que había accedido al poder en Turquía continuaba siendo el mismo que unos años antes hablaba ambiguamente de la sharía o de la democracia como algo simplemente instrumental. “Yo le llamaba entonces exislamista, del mismo modo que en la década de 1990 se definía como excomunistas a los políticos de los países del antiguo bloque socialista”, describe Çakır, que en aquellas fechas publicó una de las primeras biografías sobre Erdoğan, titulada Historia de una transformación: “Durante su primer año en el poder, un asistente de Erdoğan creó el término ‘democracia conservadora’ para referirse a esa nueva ideología y efectivamente aquellos años estaba del lado de la democracia. Fueron tiempos buenos para Turquía: se hicieron reformas, se abrieron las negociaciones de adhesión con la UE, se rompieron tabúes y se abrió el camino a una solución pacífica del conflicto kurdo”.

El AKP era en inicio una formación coral, muy alejada de las clásicos partidos políticos turcos que asemejan un rebaño tirado por el pastor. Un núcleo duro de cuatro miembros se reunía cada semana para deliberar durante horas sobre cómo proceder: Erdoğan, que era el rostro público; Abdullah Gül, el motor del partido y del gabinete ministerial; Bülent Arinç, el nexo con los grupos más religiosos; y Abdullatif Sener, la mente económica. “Había una gran atmósfera de debate, que se extendía a todos los órganos del partido y del Gobierno”, explica Yaşar Yakış. “Al principio fuimos muy cuidadosos para no molestar ni a los militares, ni a la Justicia ni a la burocracia. Pero a medida que nos hicimos fuertes, ese miedo a que pudiesen reaccionar se fue disipando”.

La semilla del mal está en el éxito. Sobre todo cuando ese éxito se sube a la cabeza y nubla la visión de la realidad. En el caso de Erdoğan, cada victoria lo alejó más de aquellos compromisos asumidos al alcanzar el poder y cada afrenta recibida mientras escalaba a lo más alto lo convenció de la necesidad de obtener mayores y más incontestables triunfos. El 34% de los votos obtenidos en 2002 se convirtió en el 47% en los comicios de 2007 y en el 49,8% en 2011. Sorteó un intento de intervención militar y un proceso de ilegalización. La economía avanzaba a paletadas y Turquía incrementaba su influencia en el mundo con platos para todos los gustos, soflamas antiimperialistas aquí, mediaciones ahí, acuerdos allá; becas para unos, privatizaciones y contratos para otros; un islamismo moderno y neoliberal. Una visión de futuro.

Después de cantarle las cuarenta al presidente de Israel, Shimon Peres, ante todas las televisiones del mundo en el Foro de Davos, Erdoğan fue recibido en su Kasımpaşa natal al grito de “Conquistador”. Al inicio de la Primavera Árabe, en Egipto lo esperaban con pancartas de “héroe” por su apoyo a la revuelta; en Túnez era “el líder del mundo islámico”; en Gaza su cara se multiplicaba por las calles, en Libia, en Jordania… Erdoğan flotaba en las nubes de su propio ego. Se había convertido en ese líder paternal al que todo el mundo escucha en las cenas de familia: los diplomáticos estadounidenses que lo trataban lo describían como “un patriarca benevolente”. Por eso se permitía, en sus largos discursos retransmitidos en directo por cada vez más canales de televisión, arremeter contra el escote demasiado pronunciado de tal presentadora, recomendar a las parejas tener más hijos, o reprender a los fumadores por la calle.

Llegó un momento en que Erdoğan se dio cuenta de que para preservar el poder no le hacía falta convencer a nadie más. Le bastaba con conservar ese 40% de votantes fieles que jamás votaría por la oposición y las leyes electorales se encargarían del resto. “Erdoğan no tiene el islam como objetivo, sino que utiliza la religión como un instrumento para mantener el poder —dice Ruşen Çakır—. Sabe que cada vez que mencione la religión, los partidos laicos reaccionarán contra él y las personas conservadoras, entonces, pensarán: “Atacan a Tayyip porque es un musulmán practicante, debemos apoyarle’”. Una forma de polarizar a la sociedad.

“Después de las elecciones de 2011, tenía dos opciones: o compartir el poder o acumularlo. Continuar con las reformas democratizadoras significaba dar poder a la sociedad civil, apoyar la diversidad política, reconocer derechos colectivos de kurdos y alevíes…”, argumenta Yavuz Baydar, otro de los periodistas que apoyó el auge del AKP hasta ser apartado por demasiado crítico: “Optar por esa vía democratizadora significaba compartir el poder y correr el riesgo de erosionar su base electoral. Así que optó por lo contrario, por reforzar el culto a su personalidad, que es algo que siempre ha funcionado muy bien en este país”.

Por entonces, Erdoğan había logrado que los militares volvieran a los cuarteles, meter en cintura a los medios de comunicación e introducir a su gente en la judicatura, a través de una serie de reformas que sacaba adelante a veces con el apoyo de la Unión Europea, otras con el de las cofradías religiosas. Un día se apoyaba en los kurdos, y al siguiente los desechaba para aliarse con el nacionalismo turco. En la formación islamista ya controlaba todos los resortes de poder, pues de los cuatro hombres fuertes del AKP, Abdüllatif Sener se había marchado en 2007 y Abdullah Gül había accedido a la Presidencia de la República, lo que implicaba romper el carnet del partido, y las facciones críticas habían sido acalladas. “Fue un cambio gradual, casi inapreciable. Aunque todos expresaban su opinión particular en las reuniones, siempre terminaba prevaleciendo la de Erdoğan. Luego, los que se sospechaba que podrían estar en contra empezaron a ser apartados, así que quienes podían pensar de forma diferente al líder fueron callando, no se atrevían a levantar la voz por miedo a perder el puesto”, lamenta Yaşar Yakış. Él mismo, tras ser expulsado del partido, ha visto su nombre borrado de la lista de fundadores, como Trotsky de las fotografías de la Revolución Rusa.

Una nueva generación tomó las riendas del AKP. Una generación “codiciosa, eclipsada por el dinero y corrupta”, denuncia Baydar, completamente alejada de esos principios “morales” que en el pasado abanderaban los islamistas. Con ello ha logrado someter a sus designios al partido y a la burocracia. “Nada funciona sin él, ni el sistema judicial ni el aparato de Estado. Ya solo hay un órgano de decisión: el propio Erdogan”, arguye Cengiz Aktar, politólogo y antiguo defensor del AKP: “Ha construido un sistema en el que es cada vez más y más poderoso. Pero también en el que está cada vez más solo”.

LA NUEVA TURQUÍA

“Nuestro líder es Recep Tayyip Erdoğan, el que toma la fuerza de Dios. En 2071 cumpliremos mil años, en la búsqueda de ser una superpotencia.”

Con estos versos de la “Marcha de la Nueva Turquía”, interpretados por los músicos de la banda del Ejército Otomano, era recibido Erdoğan en un acto organizado el año pasado por el Ayuntamiento de Ankara. En su campaña a la Presidencia de la República, a la que accedió en 2014 tras más de once años como primer ministro, al rostro de Erdoğan le acompañaban carteles con el eslogan “Objetivo: 2023, 2053, 2071”, fechas en las que se conmemorarán el centenario de la fundación de la moderna Turquía, los seiscientos años de la conquista otomana de Constantinopla y el milenario de la batalla de Manzikert, que supuso la entrada de los turcos selyúcidas en Anatolia. El plan de Erdoğan no es simplemente mandar, sino imprimir de forma indeleble su huella en el país.

Una de sus improntas es precisamente su inmenso palacio presidencial, cuyas dimensiones y fastuosidad son solo comparables a las de Buckingham o Versalles, símbolos de la monarquía absoluta. “Ya saben ustedes que ahora estamos en la Nueva Turquía”, anunció durante la inauguración del edificio, una versión moderna de la arquitectura selyúcida y otomana. “Todo orden político nuevo necesita de nuevo orden espacial —arguye el sociólogo Tarik Sengül—. El palacio representa una ruptura radical de Erdoğan con el anterior orden vigente, el kemalista. Intenta presentarse así como el fundador de un orden nuevo”.

El Palacio de las Cinco Colinas (Bestepe), entre cuyas mil habitaciones hay búnkeres secretos para protegerse de ataques nucleares y salas de control con acceso a todas las cámaras de seguridad del país, está preparado para hacer frente a lo que Erdoğan ha pretendido hacer de su cargo. La Presidencia de la República tiene, en Turquía, un cometido mayormente simbólico; sin embargo, él dejó claro desde el principio que no sería “un presidente al uso”. Su intención es convertir el actual sistema parlamentario en una república presidencialista al estilo de Estados Unidos, pero entre tanto y saltando por encima de las leyes vigentes en Turquía ya actúa como tal. Un equipo de 400 asesores actúa como Gobierno en la sombra y personas de su más absoluta confianza han sido designadas para puestos de viceministros, secretarios o subsecretarios, de manera que la voz de Erdoğan se transmita de forma efectiva a cada cartera. Desde siempre, el mandatario turco ha destacado por su meticulosidad y su querencia por controlar hasta el último de los detalles, pero cuanto más poder ha acumulado, más enfermiza ha sido esa obsesión. “No puedes imaginar todo lo que sabe y es capaz de recordar sobre cada persona, en cualquier lugar de Turquía e incluso en el extranjero —asegura el periodista Çakır—. Es muy hábil a la hora de distribuir pequeñas oportunidades de gestión, pero jamás delega el verdadero poder. Es decir, puedes ser su ministro, y satisfacerte con la ilusión de poder que supone ser ministro, pero jamás serás autónomo, solo podrás mantener el puesto mientras obedezcas sus órdenes”.

No se trata solo de los cargos gubernamentales: este control también se extiende a aquellos a los que ha permitido medrar y hacerse con el control de empresas y grupos de comunicación. En 2013, todavía como primer ministro, Erdoğan aterrizaba en Marruecos en viaje oficial. Mientras zapeaba por la programación de las televisiones de Turquía vio que el canal todo-noticias Habertürk emitía una pieza sobre las críticas de uno de los líderes de la oposición, Devlet Bahçeli. Inmediatamente telefoneó a Fatih Saraç, uno de los principales directivos de la cadena:

—Las declaraciones de Bahçeli están todo el rato en las noticias…

—Entendido —respondió Saraç—. Nos encargaremos de ello.

—Dice que lo ha entendido, pero me pregunto por qué tengo que estar pendiente de estas cosas…

—Lo tomo como una orden, distinguido señor.

—Hágalo inmediatamente.

No ha sido el único. En otras escuchas telefónicas filtradas, se oye a magnates de la prensa incluso llorar por las amonestaciones del presidente.

Trabajar con Erdoğan se ha convertido en algo cada vez más difícil, como bien sabe uno de sus antiguos asesores, Reha Çamuroğlu: “Al principio nos llamaba continuamente y nos preguntaba nuestra opinión. No se le podía decir ‘Usted se ha equivocado’, pero de una forma educada, cuidando las palabras, se le podía dar a entender. O podías decirle que no pensabas como él sobre un tema sin verte obligado inmediatamente a dimitir. A partir de su victoria en el referéndum sobre la reforma constitucional en 2010, pensó que ya sabía suficiente de todo y que no tenía por qué contar con otras opiniones. Por ejemplo, cuando comenzó la guerra de Siria, él mismo dirigió esa política, como si fuese una cuestión personal. A partir de entonces, presentarle una idea contraria a su opinión se convirtió en motivo para que te dejara fuera del núcleo de decisión, porque cree saberlo todo y ser capaz de cualquier cosa”.

Su carácter, cada vez más irascible, se avinagra con cada nueva crítica a la que tiene que hacer frente. Como si de un retrato de Dorian Gray se tratase, el ceño se ha fruncido en surcos profundos y sus gestos se han hecho cada vez más huraños. “A medida que ha amasado más poder se ha hecho más arrogante e intolerante, el poder ha corrompido lo mejor de él. Y tenemos a un Erdoğan permanentemente enfadado”, describe otro analista que antaño lo defendía, Mustafa Akyol.

Quienes ahora lo rodean son personas de unos treinta o cuarenta años, “especialmente inexpertos e incultos”, según se queja un diplomático turco en privado. “Un círculo de aduladores —añade Akyol— que lo venera de un modo casi religioso y solo sabe decirle que sí a todo”. Ejemplos sobran, desde aquellos que se refieren a él como el “Gran Maestro” (Büyük Usta) o “Califa del mundo islámico” a un reciente libro que lo definía como “ídolo de la juventud” y “Sol de una Era”. O el diputado que proclamó que Erdoğan porta en sí “los atributos de Alá”. O el que opinaba que tocar al Gran Líder es “una forma de adoración”, algo que, como señala Akyol, al islamista medio debería “no solo sonarle estrafalario, sino herético”.

Dado que en este círculo de confianza nadie es capaz de señalar al presidente los errores que comete, estos son achacados a maquinaciones exteriores. En Turquía, las teorías de la conspiración son deporte nacional. Erdoğan y sus asesores lo saben. Y lo explotan. Cuando el país entero se quedó sin electricidad casi un día entero por un apagón, en lugar de investigar las deficiencias de la red de distribución las culpas fueron a parar a un “ciberataque”; si la lira se hunde, es obra del “lobby del interés”, y si la imagen internacional de Turquía se resiente, el responsable es un misterioso “lobby robot”. Creatividad léxica del presidente. Esa paranoia se extiende a los medios de comunicación cercanos a Erdoğan, dedicados a producir artículos, documentales, series y películas cuyo repetitivo argumento es que Turquía vive una época dorada bajo el mandato del Gran Líder y si no asume un mayor liderazgo mundial es debido a los complots urdidos por la grandes potencias en cooperación con los enemigos internos, incluidos grupos terroristas como el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) y Estado lslámico. La única persona capaz de mantener a raya a esta “alianza maldita” es, por supuesto, Erdogan, aquel cuya “palabra mágica” —según la expresión del columnista Ibrahim Karagül— basta para solventar conflictos.

Se podría pensar que se trata de un simple elemento discursivo para convencer a las masas —y lo es—, pero a fuerza de repetición, los propios autores de esta narrativa han terminado por creerla a pies juntillas. “Por desgracia, no son teorías de la conspiración —expresa convencida Canan Kalsın, dirigente del AKP—. Hay gente que planea golpes de Estado y gente que se organiza dentro del Estado como estructuras paralelas. El AKP ha llegado hasta aquí a base de luchar y luchar contra estas tramas. Pero hemos salido más reforzados después de cada enfrentamiento”. Quizá el caso más paradigmático de los conspiranoicos es Yiğit Bulut, un antiguo periodista crítico con el AKP que se unió al erdoganismo con la furia del converso, y que afirma sin rubor que poderes extranjeros intentan matar a Erdogan mediante “telequinesia”.

La muestra del ambiente que se respira en Palacio y de que estas conjeturas no se toman a la ligera es que en la mansión presidencial Erdoğan hizo construir un laboratorio con la precisa función de analizar la presencia de venenos y material radioactivo en todos alimentos porque, según explicó su médico personal, Cevdet Erdöl, “los asesinatos ya no se llevan a cabo con armas, sino envenenando la comida en secreto”.

Esta obsesión, rayana en la manía persecutoria, se acentuó especialmente a raíz de las protestas de Gezi en 2013 y de la investigación contra la corrupción en su entorno más inmediato también ese mismo año. Ambas, subraya uno de sus actuales asesores, forman parte de una “operación de desestabilización contra el presidente”. Erdoğan se sintió acorralado. Y la respuesta fue la mano dura.

Dado que las acusaciones de corrupción procedían del entorno de sus antiguos aliados, el miedo a la traición se acrecentó en Erdoğan, así que reforzó los mecanismos para evitar el disenso en la cúpula del Estado y del partido, dos instancias cada vez más imbricadas entre sí. Cualquier crítica, cualquier indicio de desacuerdo es ahora inmediatamente tomado por la amenaza de una confabulación. Así, cualquiera que en algún momento de los últimos tres años ha podido suponer una alternativa a Erdoğan, por ejemplo Abdullah Gül, ha tenido que enfrentarse a intensas campañas de difamación.

La última víctima de esta depuración ha sido el primer ministro Ahmet Davutoğlu. Colocado en el cargo en 2014 por el propio Erdoğan debido a su escaso carisma y considerado una simple marioneta del presidente, ha sido finalmente descartado por no apoyar con suficiente ahínco la reforma presidencialista y por ser más tibio que su superior con todos aquellos enemigos reales o inventados. Mientras Davutoğlu se encontraba de viaje oficial en el extranjero, el erdoganismo orquestó una rebelión interna en el partido y, al aterrizar en Estambul, el primer ministro se dio cuenta de que no le quedaba otra opción que presentar su dimisión. Erdoğan no se conforma con la lealtad; exige pleitesía.

Contra la oposición, la réplica ha sido la represión más absoluta. Decenas de miles de páginas web han sido censuradas y se ha bloqueado el acceso en repetidas ocasiones a Twitter, Youtube o Facebook (las redes sociales “son la peor amenaza para la sociedad” en palabras de Erdoğan). Periódicos y televisiones contrarios al Gobierno han sido clausurados; unos dos mil periodistas considerados críticos han sido despedidos de sus empleos, y políticos y activistas opositores han sido encarcelados o procesados. Más de 1.800 personas, algunas simples adolescentes, se enfrentan a la acusación de “insultos al presidente” por compartir en sus perfiles de internet contenido contrario a Erdoğan.

Durante la revuelta que tomó el parque de Gezi y las plazas de Turquía en 2013, algunos de los entonces colaboradores de Erdoğan le aconsejaron entablar diálogo con los manifestantes. Él desoyó estas sugerencias y envió a la Gendarmería. Venció. Lo mismo ocurrió tras las elecciones de junio de 2015, en las que su partido perdió por primera vez el control del Parlamento. Algunas voces apostaron por un compromiso con la oposición. Él prefirió el caos. De negociar con el grupo armado kurdo PKK se pasó a la guerra total; Estado Islámico cometió los peores atentados de la historia del país; la economía se tambaleó: el 1 de noviembre, en medio de fuerte estado de shock, se repitieron las elecciones y los turcos devolvieron la mayoría absoluta al AKP.

Quizá lo más preocupante no sea que en cada ocasión que Erdoğan ha apostado por la fuerza haya ganado la partida —lo cual daría cuenta de sus dotes de estratega—, sino que cada respuesta ha necesitado de mayor violencia que la anterior. “El camino de la represión es muy peligroso —advierte el profesor Aktar—, porque es una vía de no retorno”. El presidente ha logrado mantenerse en el poder, sí, pero con un grave coste: polarizar la sociedad turca de una manera no vista en décadas. Como Luis XV, Erdoğan está imbuido de su personal “aprés moi, le deluge” (después de mí, el diluvio).

Es lo que los antiguos griegos llamaban el mal de hibris: la incapacidad de controlar las pasiones que lleva a la desmesura y a transgredir los límites impuestos por los dioses. Ascender sin freno perdiendo el contacto con la realidad. Ícaro, Sísifo, Lucifer. El analista Izzetin Önder, citando los estudios del político y neurólogo David Owen sobre cómo afecta este síndrome a políticos actuales, individualiza alguno de los factores aplicables a Erdoğan: la obsesión narcisista con la propia imagen; la identificación de los intereses del país con los propios; la percepción de tener que responder no ante los tribunales sino únicamente ante Dios y ante la Historia, y una soledad creciente.

“Su figura se ha elevado tanto, se ha engrandecido tanto, que a su alrededor todos han empequeñecido”, describe su exasesor Çamuroğlu. ¿Qué ha quedado de aquel compasivo y piadoso muchacho lleno de sueños? Sus más fieles seguidores, que rezan con fervor por él y por que aquellos que intentan acabar con él no lo consigan, creen que, tras todo el ornato del que se cubre, Erdoğan sigue siendo el mismo. Otros opinan que, ebrio de poder, está dispuesto a hundir el país antes que renunciar a sus prebendas, pues sabe que en el momento en que pierda el control sobre el aparato del Estado, sus adversarios buscarán llevarlo ante los tribunales por su gestión y sus corruptelas. De momento, sigue su huida hacia delante. O hacia arriba. Solo el tiempo dirá si el sol derretirá las alas de cera modeladas por las ansias de revancha de un niño que vendía roscas de pan y pegaba patadas al balón en las empinadas cuestas de su barrio.

Santiago de Chile, 19 de junio de 2016.

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