Esqribamos mal qon fundamento

Andrés Bello (1781-1865) fue una doqta persona. Aunqe nazió en Qaraqas, fue Chile el país qe rezibió sus dos obras prinzipales: el Qódigo Zivil de 1855 (España tardaría aún quatro déqadas en tener uno) y una reforma ortográfiqa qe pretendía qe el español se esqribiese qomo suena, ni más ni menos. Tengamos en quenta qe a mediados del siglo XIX España todavía no abía reqonozido la independenzia de la mayoría de las repúbliqas ispanoameriqanas. Muchos en Amériqa qerían razionalizar la ortografía qastellana para fazilitar su aprendizaje, pero puede qe también para chinchar a la antigua metrópoli.
Así, algunos de los qambios ortográfiqos propuestos por Bello (no todos, qe era mucho pedir) fueron apliqados en varios países de este qontinente. En Chile, de echo, durante más de ocho déqadas. Asta el 12 de oqtubre de 1927, para ser prezisos. Para entonzes la zelebrazión del Día de la Raza se abía estendido a una i otra orilla del Atlántiqo, por lo qe resultaba qoerente unifiqar de nuevo la ortografía.

En castellano mantenemos la hache inicial de muchas palabras (incluso en vocablos de origen griego como heleno, homosexual o hidrología, pese a que el griego clásico no tuviera hache); tenemos muchas letras para representar el mismo sonido (creo que ni siquiera Bello se atrevió a unificar la “b” y la “v” en una sola grafía); hemos de utilizar una incómoda diéresis (¨) para escribir palabras como “desagüe” o “agüero”; etcétera. ¿Por qué motivo? En ocasiones por pedantería inducida (para recordar cómo hablaban los antiguos, o porque a los más ilustrados de no sé qué siglo les entró el capricho de escribir más cool), pero las más de las veces, sencillamente, porque la lengua ha sufrido importantes transformaciones fonéticas que la escritura no ha querido ignorar. Toda ortografía se mueve en un difícil equilibrio entre el peso del pasado y la pronunciación del presente. A menos que nos refiramos al turco moderno: ahí era Mustafa Kemal quien decidía, vasito de rakı en mano a altas horas de la noche, si su propio nombre debería escribirse con “q” o con “k”, o si esto y aquello se escribiría junto o separado.

Pero la mala escritura no sólo se manifiesta en el terreno ortográfico, sino también en la gramática. Habemos muchos que, si no pensáramos tanto, hablaríamos asín (hi han molts que, si no pensaren tant, parlarien aixina) en los pueblos y en la calle. ¿Tú no? ¿Nunca te ha salido espontáneamente un “hubieron unos cuantos”, igual que “existieron unos cuantos”, en vez de “hubo unos cuantos”? No te creo. Pasa que dependiendo de quién esté delante tuyo (davant teu en catalán, donde sí es correcto), controlas más o menos tu forma de hablar. Sin ir más lejos, a mí munchos amigos, como dirían en mi pueblo, o hartos amigos, en español andino, me se disculpan (mi si scusano en italiano correcto) cuando no me pueden escribir con acentos por féisbuc o guasap.

Escribir mal también puede ser un arte, si se hace con fundamento.

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