Notas sobre historia ecológica: cuando había bosques y osos en el desierto de Almería

Me fascina que los paisajes de la España nazarí fueran tan diferentes de los que yo contemplo hoy; que el norte de África fuera el granero del Imperio Romano; que las actuales tierras desérticas del Oriente Medio hubiesen tenido ese potencial demográfico tan enorme en la antigüedad… Parece que la estúpida especialización académica, la división del conocimiento entre ciencias sociales y ciencias naturales y la ausencia de enfoques multidisciplinares en las investigaciones impidieron durante mucho tiempo que la academia pusiera su interés en estas cuestiones.

Juan García Latorre y Jesús García Latorre (el primero es historiador y el segundo ingeniero forestal) son dos hermanos que entrecruzaron sus conocimientos en diversas obras sobre la flora y fauna del Reino de Granada y la Murcia medieval. Citando a un viajero austriaco que recorrió la zona en 1494, hablan de que hubo una exuberante vegetación entre Lorca (Murcia) y Vega (Almería) donde hoy sólo se ven matorrales y aridez; y de que un frondoso oasis de palmeras, árboles frutales, hortalizas, farrales, viñas, prados de alfalfa y bancales de cereal se extendía entre las actuales Santa Fe de Mondújar y Almería capital, una agricultura exótica que existía gracias a un complejo sistema hidráulico de acequias, pozos y norias que combinaba conocimientos profundos de horticultura y arboricultura. Por el actual desierto de Almería pululaban los osos y los ciervos.

En la ESO nos enseñaron que los árabes nos trajeron preciados conocimientos de agricultura e irrigación. Éstos procedían del Creciente Fértil e Irán, donde llevaban milenios practicándose. Los académicos acuñaron el concepto de «sociedades hidráulicas» en el siglo pasado para sostener la hipótesis de la aparición del estado en la antigüedad con el cometido de construir y mantener enormes canalizaciones subterráneas de agua: los llamados qanats. Así, el geógrafo árabe Yaqut-al-Hamawi describía el oeste de Irán, el norte de Afganistán y los territorios situados al norte del río Oxus como una región fértil y floreciente allá por el siglo XIII. Pero tras la invasión mongola la mayoría de los qanats quedaron destruidos y esa zona devino un desierto (ANSARY, 2009).

Lo anterior se limita al escenario iraní. No obstante, el desastre de la agricultura irrigada y el inicio de la desertización también se dio en el norte de África y la costa oriental del Mediterráneo en otros momentos y con otros causantes. Me constan por lo menos las actividades de los ejércitos cruzados en Tierra Santa y, más atrás en el tiempo, la entrada de los turcos selyúcidas en el Califato abasí, las guerras coptas en Egipto y la invasión árabe del Imperio sasánida. Esto último suena contradictorio con lo que dije antes de que los árabes trajeron importantes conocimientos de irrigación a la península ibérica, pero así de ambivalente es la historia: las conquistas que se sucedieron en la región deterioraron las infraestructuras hidráulicas a la vez que las expandieron a otras zonas. El pueblo conquistador trataba de recuperarlas allá donde habían sido abandonadas o destruidas, pero nunca se volvía a alcanzar el grado de perfección que habían tenido con la estructura sociopolítica inmediatamente anterior. Y es que hacía falta un mantenimiento constante, sin interrupciones, y con mucha mano de obra para que esas infraestructuras perduraran. Entre invasiones árabes, túrquicas y mongolas la agricultura de irrigación retrocedió y los desiertos fueron ganando terreno.

qanat

También nos enseñaron en la ESO que la expulsión de los moriscos y el vacío demográfico provocado destruyeron la agricultura del sudeste español, comprometieron el desarrollo económico andaluz, murciano y valenciano en los siglos venideros y dieron pie a la progresiva desertización de estos territorios.

Por lo demás, ignoro si los continuos vaivenes del cambio climático incidieron también en la desertización de estas áreas del planeta. Entre los siglos IX y XIII tuvo lugar un calentamiento del hemisferio norte conocido como «óptimo climático medieval», que fue sucedido por una «Pequeña Edad de Hielo» entre los siglos XIV y XIX (en ella la tierra verde de Groenlandia pasó a estar cubierta por hielos y el cultivo de la vid desapareció de Inglaterra).

Sea como fuere, más o menos a partir de la Baja Edad Media comienza a apreciarse la siguiente inversión: las gentes del norte (entiéndase la Europa atlántica y nórdica, desde los vascos hasta los países germánicos…), otrora bárbaras, rudas y malolientes, se hacen eficientes, reúnen riqueza, se refinan y paren la revolución industrial; mientras que las del sur (la Europa mediterránea y las sociedades árabes y bereberes), que conocían la civilización desde tiempos inmemoriales, se quedan rezagadas, decaen y pasan a ser consideradas holgazanas y corruptas por los descendientes de esos salvajes norteños. Lo digo grosso modo, pero se entiende lo que quiero decir. Ahora bien, ¿qué origina este cambio? Juan, el hermano historiador de antes, trata de explicarlo en su ameno artículo Arquímedes no era inglés. El medio ambiente y el desarrollo desigual de la Europa mediterránea y la Europa atlántica a muy largo plazo.

Juan, que cita mucho a Jared Diamond (el autor de Armas, gérmenes y acero, un libro fabuloso), contrapone primero la escasez de agua y la orografía montañosa de la Europa mediterránea con la Europa húmeda y llana predominante en el norte, y seguidamente expone lo siguiente:

[E]l clima no ha experimentado grandes cambios en los últimos 5.000 años, aunque sí ha habido pequeñas oscilaciones […]. [L]a incidencia del medio natural sobre las sociedades humanas no es simple ni mecánica. Está mediatizada por las instituciones y la tecnología. Ambas pueden convertir los inconvenientes ambientales de ayer en ventajas ambientales hoy y viceversa.

Hace falta algo más que lluvia para que empiece la revolución industrial. […]
“¿Y por qué cultivar –contestó- si el mundo está lleno de frutos mongongo?” [es una pregunta que el biólogo Diamond le hizo a un africano recolector y que Juan toma de su libro]. […] ¿Por qué hacer grandes esfuerzos –habría contestado a Estrabón un cántabro o un germano del siglo I– si el mundo está lleno de bellotas? Evidentemente las bellotas son aquí la metáfora de un entorno natural más productivo. […]

Al comienzo de la era cristiana todas las sociedades europeas son, desde el punto de vista económico y tecnológico, herederas de la revolución neolítica de Oriente Medio. […] El potente paquete tecnológico y biológico del neolítico de Oriente Medio (trigo, cebada, centeno, varias leguminosas, ovejas, cabras, vacas y cerdos) llega al sureste de Europa, como un producto de importación, en el séptimo milenio a.C. Desde allí se extiende con rapidez por el Mediterráneo y hacia el interior del continente por el valle del Danubio. Y entonces sucede algo muy interesante. La ola de avance de la agricultura parece detenerse o ralentizarse antes de alcanzar el Atlántico y el Báltico, estableciéndose una especie de “frontera” estable entre agricultores y cazadores-recolectores (THOMAS, 1996; ZVELEVIL, 1996). Estos fueron absorbiendo de manera selectiva los adelantos de sus vecinos. Finalmente terminaron siendo agricultores y ganaderos […]. Pero se “retrasaron” y, a partir de ahí, ascendieron despacio, más despacio que sus colegas mediterráneos […].

Hubo –simplificando mucho las cosas- una espiral mediterránea rápida y otra atlántica, normalmente más lenta, hasta un determinado momento en el que la situación se invirtió. ¿Por qué sucedió esto? Ya lo he sugerido a través de la hipotética respuesta del cántabro o del germano a Estrabón: la Europa húmeda siguió siendo “pobre” y “atrasada” porque era rica desde el punto de vista ambiental y, además, grande. Cualquier proceso de intensificación daba mejores resultados que en el sur y tardaba más en tropezarse con los rendimientos decrecientes ya que tenía mucho espacio para extenderse. […]

En todas las épocas, a igualdad de condiciones técnicas, los rendimientos por unidad de superficie de los cereales y el ganado en la Europa atlántica siempre han sido superiores a los de la Europa mediterránea [y han sido], además, rendimientos más regulares y seguros por tratarse de un medio ambiente más predecible […]. [V]ivían en un medio […] excepcionalmente productivo y rico en recursos naturales terrestres y marítimos. Y eso les permitió sostener densidades de población y niveles de complejidad social inusuales en sociedades dependientes de la caza y la recolección […]. [L]os europeos del Atlántico pudieron resistir la presión de los agricultores neolíticos, durante bastante tiempo, sin cambiar bruscamente su modo de vida ni verse arrollados por ellos.

El sur entró antes en la senda del trabajo duro y la innovación tecnológica porque la productividad de sus ecosistemas naturales –y de los artificiales creados por la primera agricultura- era inferior a la de la Europa húmeda, los rendimientos marginales se alcanzaban antes, la tierra cultivable era escasa y la relación recursos/población se deterioraba pronto.

Tales deficiencias se sustanciaron cuando la crisis de aridificación, en torno al 3000 a.C, creó el clima mediterráneo que nos resulta familiar. Desde entonces los seres humanos tuvieron que hacer frente a una de las características más temibles de este clima que ya fue mencionada al principio: la irregularidad de las precipitaciones, los largos períodos de sequía. Las sequías del Mediterráneo han actuado como un poderoso incentivo para aumentar la producción y acumular excedentes destinados a permitir la supervivencia en las épocas de vacas flacas. […]

Desde el siglo VIII a.C. el registro arqueológico de la Europa mediterránea se transforma dramáticamente. Es entonces cuando se establece la división entre el mundo clásico y el mundo bárbaro. […] En el sur había estados, en el norte siguieron las tribus y las jefaturas tribales. El uso masivo del hierro en las herramientas de trabajo y la integración definitiva del olivo y la vid en la clásica tríada de la agricultura mediterránea, son los principales aspectos de esta nueva fase de intensificación. […] El olivo y la vid son muy importantes, porque permiten incrementar la productividad en terrenos marginales poco aptos para el cultivo de cereales […].

Esta ocupación cada vez más intensa y completa del espacio es poco compatible con un papel relevante de la ganadería. Los animales compiten con el hombre por el mismo recurso escaso, la tierra. Se obtienen muchas más calorías de una hectárea dedicada a la producción de cereales que a la producción de carne, un 90% más, aunque de “inferior calidad”. […] Los pueblos del Mediterráneo pasaron a ser más vegetarianos que los del norte y así continuaron hasta el siglo XX (los encargados de la intendencia militar en tiempos de Felipe II –y nos vamos de golpe al siglo XVI- sabían que a los soldados españoles se les podía dejar sin carne en el menú, a los alemanes no; se habría producido un motín) (BRAUDEL, 1976).

Después de todo esto las posibilidades de ulteriores progresos productivos serían más limitadas. Las estimaciones demográficas que se han realizado hasta ahora indican que entre el siglo I d.C. y finales del siglo XVIII la población de la Europa mediterránea creció bastante menos que la de la Europa húmeda […]. ¿Cómo de atrasados andaban, digamos hacia el siglo I, los bárbaros? Desde una perspectiva económica y social iban unos 500 años por detrás (CHAMPION, 1988, p. 389). Por lo menos desde el siglo VI o VII a.C importaban manufacturas y tecnología del sur a cambio de materias primas y mano de obra forzada (Aristóteles pensaba que el destino natural de los bárbaros era ser esclavos).

La balanza empieza a inclinarse a favor del norte desde el inicio de la edad media. Puede que se estuviera alcanzando un umbral demográfico crítico que incentivara los cambios tecnológicos (las bondades del medio, sin nuevos esfuerzos, ya no darían de sí lo suficiente) […]. [E]ntre los siglos IX y XIII tiene lugar en la Europa húmeda una revolución agrícola, precursora del mixed farming posterior, que no se produce en el sur. El arado pesado de ruedas, nuevos sistemas más eficientes de tracción animal y nuevas formas de organización del cultivo permitieron reducir el período de barbecho e incrementar la productividad. Los campos ya sólo permanecían improductivos un año de cada tres y los rastrojos permitían alimentar más ganado.

La mayor parte de las nuevas ciudades medievales nacieron en la Europa central y atlántica, donde en épocas anteriores eran casi desconocidas (LIVI-BACCI, 1998). La civilización, que había florecido antes en el sur, se abría paso a través de los bosques y la lluvia hacia el norte (GARCÍA LATORRE y GARCÍA LATORRE, 2005).

En los delgados suelos del Mediterráneo el arado pesado no resultaba muy útil y se siguió practicando la rotación bienal –y sólo en las tierras de mejor calidad- como en la época romana. Las parcelas agrícolas no producían cosecha uno de cada dos años. En este aspecto las cosas no cambiaron demasiado antes del siglo XX. Las mismas circunstancias, relacionadas con el medio natural, que hicieron imposible la introducción del mixed farming ya habían actuado en la edad media para que el sur comenzara a quedarse rezagado.

El Mediterráneo empezó antes y terminó antes el ascenso por la escala de la productividad, cosa que, evidentemente, no se puede explicar sólo con factores ambientales, pero tampoco sin ellos. La Europa húmeda lo alcanzó y aún pudo ascender, al menos, dos peldaños más que le proporcionó la naturaleza con anterioridad a la revolución industrial.

Arquímedes, en su tiempo, no podía ser inglés; ni seguramente Adam Smith griego en el suyo. Y algo tuvo que ver la naturaleza en ello.

La principal conclusión de estos extractos es que la necesidad agudiza el ingenio, mientras que la abundancia atonta. Por supuesto, estos extractos sólo explican el atraso actual de la Europa mediterránea que nunca dejó de ser cristiana. Para la que estuvo dominada por el islam en el medievo (España y, en menor medida, Sicilia), para el Magreb y Oriente Medio hemos de tener en cuenta además el retroceso de la agricultura de irrigación que he comentado en la primera parte de este escrito.

Castellón de la Plana, 4 de agosto de 2016.

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