Posverdad y propaganda. Guerra cultural y relativismo

Se acaba el 2016. Estás harto de ver los vídeos-resumen del año que comparten tus contactos en facebook y pronto los canales de televisión empezarán a machacarte con balances de noticias de estos últimos doce meses. Por su parte, los editores de Oxford Dictionaries han elegido «posverdad» como la palabra del año y la han definido así:

Circunstancias en que los hechos objetivos son menos influyentes a la hora de condicionar a la opinión pública que las apelaciones a las emociones y creencias personales.

Ese último inciso de apelar a las creencias personales me recuerda a las tantas críticas vertidas contra las redes sociales, en el sentido de que éstas por sí solas no generan contenidos informativos ni forman una opinión pública; lejos de eso, sostienen los críticos, constituyen una caja de resonancia cuyos algoritmos y funcionamiento llevan a que el sujeto encuentre, siga y comparta principalmente aquellas ideas que ya tenía de antemano, por lo que sólo las confirma y reitera, sin enfrentarse a la lectura de otras ideas más disonantes. Así, la opinión pública se fragmenta en compartimentos estancos, que no se comunican entre sí, y luego nos sorprende que los comportamientos electorales no coincidan con las opiniones que más leemos en Twitter o en nuestro muro de Facebook.

En este estado de cosas pululan plataformas que difunden informaciones falsas, bien en clave de humor (Rokambol News, El Mundo Today…), bien de manera malintencionada o por ánimo de lucro (los famosos fakes o bulos que tanto éxito tienen precisamente porque inciden en nuestros deseos, creencias o lugares comunes). Yo me he creído algunas de estas informaciones más de una vez. Ahora bien, cuando la finalidad no es hacer reír ni burlarse del lector, sino manipularlo para acercarlo a unas determinadas posiciones, la propaganda irrumpe con sus sutilezas y sesga lo veraz con elementos falsos, sobre todo en cuestiones técnicas o del ámbito internacional que son complejas para el común de los mortales.

Todo esto lo saco a colación de la guerra siria y más en concreto por la toma de Alepo a manos de las fuerzas del régimen de al-Asad. Y es que en los últimos días se hicieron virales dos vídeos de signo contrario. Son estos:

  • «Una periodista destapa en la ONU las mentiras de Occidente sobre Siria» (difundido por RT en Español y otros medios prorrusos). Si pinchas aquí y aquí leerás informaciones que desmontan las afirmaciones de la pseudoperiodista de este vídeo.
  • «Los ciudadanos de Alepo están usando la red para lanzar su último adiós» (también lo difundió la BBC y otros tantos medios occidentales, contrarios todos ellos al régimen de al-Asad). Aquí hay quien pone en duda que quienes aparecen en el vídeo fueran civiles de la zona sitiada de Alepo y no actores, pues resulta sospechoso que hablen inglés y tengan conexión para compartir esos vídeos pese a los incesantes bombardeos; por no decir que los civiles de Mosul no son objeto de ninguna atención mediática. Desde luego, a quien haya leído El Señor de los Anillos le recordará al Libro de los Registros que encuentra la Compañía del Anillo a su paso por Moria, donde se relatan los últimos momentos de resistencia de los enanos frente a los orcos.

Desvelando Oriente, el blog de un amigo formado de cuyo punto de vista me fío, compartía en facebook una imagen de Hummus for Thought en la que se apreciaba una pintada sobre un muro, en el Alepo sitiado, con el siguiente mensaje: «A la mujer que compartió el asedio conmigo: te quiero. 15 de diciembre». Y añadía mi amigo:

En Alepo no había solamente islamistas, también izquierdistas seculares. Ahora no hay nadie. La “izquierda alternativa” que está defendiendo la represión de un dictador asesino porque se opone a los objetivos geopolíticos del Gran Satán (EEUU), a la vez que justifica la intervención imperialista de Rusia (otro país autoritario gobernado por un plutócrata ultranacionalista con puño de hierro que deja pequeño a Trump) debería hacérselo mirar.

Dicho esto, recuerdo que en los primeros estadios de la guerra civil siria, 4 o 5 años atrás, los primeros que dieron la voz de alarma de que en el bando rebelde había quien comenzaba a rebanar gaznates y a exhibir cabezas de combatientes del régimen de al-Asad fueron medios rusófilos o directamente rusos como la RT en Español que mencionaba antes, mientras la prensa occidental callaba. Se estaba gestando el Daesh.

En esta era digital de la posverdad los populismos se desenvuelven con soltura y ponen de manifiesto el trilema que ya expusiera el economista turco-estadounidense Dani Rodrik hace unos cuantos años: que la democracia llegará irremediablemente a su fin si no dejamos atrás el Estado-nación como forma de organización política y ponemos en vereda el casino de las finanzas y la libre circulación de capitales desde instancias multilaterales que ahonden en la integración de las políticas fiscales y sociales y no sólo en las comerciales y monetarias.

trilema
Si queremos preservar la democracia, debemos reeditar un pacto internacional similar al que tuvo lugar tras la II Guerra Mundial, lo que supone poner freno a ciertas libertades económicas, o bien desgajar la teoría del estado del derecho constitucional y profundizar los procesos de integración regional y el multilateralismo.

A mi modo de ver, el modernismo islámico y en menor medida el wahhabismo, los cuales aparecen entremezclados a menudo cuando hablamos de islamismo radical o yihadismo, fueron una de las primeras formulaciones populistas contra el fenómeno de la globalización, pues su punto de partida se dio, como muy tarde, a mediados del siglo XIX. Por aquel entonces, los europeos y los habitantes no indígenas de América se dividían por los nacionalismos territoriales y por la lucha entre el capital y el trabajo.

En el transcurso del siglo XX, el laicismo se impuso en todo el mundo musulmán de la mano de regímenes esencialmente autoritarios, cada uno de los cuales se posicionó a favor de una de las dos superpotencias antagónicas de la Guerra Fría, por mucho Movimiento de los Países No Alineados que se promoviera. En consecuencia, en los años previos a la revolución islámica el velo se convirtió para la mujer iraní en un símbolo de libertad y del feminismo (sí, del feminismo) contra los desmanes del Şah, así como contra la pornografía y el consumismo de sus aliados occidentales; en Egipto y otros países que habían seguido la vía panarabista y socialista, por su parte, los Hermanos Musulmanes fueron, como los comunistas en la España de Franco, quienes más se dejaron la piel para intentar derrocar la dictadura (laica, sí, pero antidemocrática al fin y al cabo). En un país no árabe como Afganistán, por el contrario, fueron los talibán, aupados por los estadounidenses, quienes pusieron fin al régimen títere de Moscú.

islam
Las tres respuestas a la decadencia de la civilización islámica en el contexto de la colonización y la mundialización.

En las postrimerías del siglo pasado los regímenes de Sadam Husein, Muamar Gadafi y Başar al-Asad todavía sobrevivían como rescoldos de la Guerra Fría. Hoy no. Husein y Gadafi están muertos, y tanto Irak como Libia y Siria son países asolados por años de guerra donde el enfrentamiento indirecto entre las potencias occidentales y Rusia ha dado alas al Daesh. Las organizaciones laicas e izquierdistas contrarias a al-Asad, como las que se oponían al Şah en el Irán de 1979, no pudieron evitar que los islamistas se hicieran con las riendas de la situación en cuanto el poder establecido mostró signos de debilidad. Esa es la tragedia. ¿Cómo nos posicionamos ante ella en este clima de polarización y manipulación mediática? El historiador Tony Judt, en su obra Postguerra, da algunas pinceladas a ese respecto cuando describe la guerra entre culturas de la Europa de los primeros años de la Guerra Fría:

El comunismo entusiasmaba a los intelectuales de un modo que ni Hitler ni (especialmente) la democracia liberal podían soñar con igualar. El comunismo era exótico en cuanto a su escenario y heroico en cuanto a su escala. En 1950, Raymond Aron subrayó «la absurda sorpresa […] de que la izquierda europea haya tomado a un constructor de pirámides por su Dios». Pero, ¿era en realidad tan sorprendente? Jean Paul Sartre, por ejemplo, se sintió más atraído por los comunistas en el preciso momento en que el «constructor de pirámides» se embarcaba en sus proyectos finales y más delirantes. La idea de que la Unión Soviética estaba comprometida en una búsqueda trascendental cuya misma aspiración justificaba y excusaba sus defectos ejercía un atractivo único sobre los intelectuales racionalistas. El gran pecado del fascismo había sido tener miras provincianas. Pero el comunismo apuntaba a unas metas netamente universales y trascendentes. Sus crímenes eran excusados por muchos observadores no comunistas como, digamos, el precio que había que pagar por negociar con la historia.

Pero aun así, a principios de la Guerra Fría, eran muchos los que en Europa occidental habrían podido ser más críticos con sus comunistas locales si no se hubieran visto cohibidos por el temor a que ello favoreciera y facilitara las cosas a sus enemigos políticos. Esta era también una herencia del «antifascismo», la insistencia en que «no había enemigos en la izquierda» (una norma a la que debe admitirse que el propio Stalin prestaba poca atención). Como el progresista Abbé Boulier explicaba a François Fejtö cuando trataba de impedir que este último escribiera sobre el juicio de Rajk: atraer la atención hacia los pecados del comunismo es «hacerle el juego a los imperialistas».

Este temor a servir a los intereses antisoviéticos no era nuevo. Pero a principios de la década de 1950 era una estrategia básica en los debates intelectuales europeos, especialmente en Francia. […] Emmanuel Mounier y otros muchos de su grupo del Esprit […] tuvieron buen cuidado en negar cualquier insinuación de que se hubieran vuelto «anticomunistas» o, aún peor, que hubieran dejado de ser «antiamericanos». […]

Así pues, en un lado de la línea divisoria de la cultura europea estaban los comunistas y sus amigos y apólogos: los progresistas y «antifascistas». En el otro, mucho más numeroso (fuera del bloque soviético) pero también claramente heterogéneo, estaban los anticomunistas. Dado que los anticomunistas cubrían toda la gama desde los trotskistas hasta los neofascistas, los críticos de la URSS a menudo se encontraban compartiendo una plataforma o una demanda con personas cuya política a otros respectos aborrecían. Estas nefastas alianzas constituían un blanco perfecto para la polémica soviética y a veces era difícil persuadir a los críticos liberales del comunismo para que expresaran sus opiniones en público por miedo a ser tachados de reaccionarios. […]

Los intelectuales genuinamente reaccionarios escaseaban durante la primera década de la postguerra. […] Más representativos, al menos en Francia y Gran Bretaña, eran los conservadores intelectuales cuyo desagrado por el comunismo apenas había cambiado en treinta años. En ambos países, al igual que en Italia, los intelectuales católicos militantes desempeñaban un papel importante en las polémicas anticomunistas. […] Pero mientras los conservadores ingleses se rebelaban furiosos contra la vacuidad de la vida moderna o bien se retiraban por completo de ella, un católico francés como François Mauriac se vio arrastrado de forma bastante natural a polemizar con la izquierda política. […]

Como explicó a los lectores de Le Figaro el 24 de octubre de 1949, la justificación de los comunistas franceses para el «juicio-espectáculo» de Budapest, por entonces en curso, era «une obscénité de l’esprit». Pero la claridad moral de Mauriac sobre los crímenes del comunismo iba acompañada por aquellos años de un desagrado de índole igualmente moral hacia los «valores ajenos» de la sociedad norteamericana: como muchos conservadores europeos, siempre se sintió un poco incómodo por la alineación que la Guerra Fría les obligaba a mantener con Estados Unidos.

Esto no suponía ningún problema para realistas liberales como Raymond Aron. Como muchos otros «combatientes de la Guerra Fría» que militaban en el centro político europeo, Aron sentía escasa simpatía por Estados Unidos («la economía estadounidense no me parece —escribió— un modelo ni para la humanidad ni para Occidente»). Pero Aron comprendía la verdad esencial de la política europea posterior a la guerra: que los conflictos nacionales y extranjeros estarían a partir de entonces entrelazados. «En nuestros tiempos —escribió en julio de 1947—, tanto para los individuos como para las naciones, todo depende de una elección global, en realidad, geográfica, entre el universo de los países libres o el de las tierras situadas bajo el estricto dominio soviético. A partir de ahora, todos en Francia tendrán que declarar cuál es su elección». […]

Así pues, los intelectuales liberales, ya fueran de la línea continental, como Aron o Luigi Einaudi o de la corriente británica, como Isaiah Berlin, siempre se sintieron claramente más cómodos que la mayoría de los conservadores con la relación norteamericana que la historia les había impuesto. Lo mismo puede decirse, por curioso que parezca, de los socialdemócratas. Ello se debía, en parte, a que el recuerdo de Franklin Delano Roosevelt todavía estaba reciente, y muchos diplomáticos y políticos norteamericanos con los que los europeos trataban en aquellos años eran new dealers que promovían el papel activo del Estado en la política económica y social, y cuyas simpatías políticas se situaban en la izquierda o en el centro.

Pero también era una consecuencia directa de la política norteamericana. La AFL-CIO, los servicios de inteligencia y el Departamento de Estado veían en los partidos socialdemócratas y laboristas de corte moderado y con apoyo sindical la mejor barrera contra el avance comunista en Francia y Bélgica especialmente (en Italia, donde la configuración política era distinta, depositaban sus esperanzas y la mayor parte de sus fondos en la Democracia Cristiana). Hasta mediados de 1947, esta apuesta habría sido arriesgada. Pero tras la expulsión de los partidos comunistas del gobierno en Francia, Bélgica e Italia aquella primavera, y especialmente tras el golpe de Praga de febrero de 1948, los socialistas y comunistas de Europa occidental se distanciaron. […]

Para socialistas como Léon Blum en Francia o Kurt Schumacher en Alemania, la Guerra Fría impuso unas opciones políticas que al menos en cierto sentido les resultaban familiares: conocían a los comunistas de antaño y habían vivido lo suficiente para recordar las amargas guerras fratricidas de los sombríos años anteriores a las alianzas de los frentes populares. Los más jóvenes carecían de este consuelo. Albert Camus […] emergió de la guerra como un firme partidario, al igual que muchos de sus coetáneos, de la coalición de la resistencia formada por comunistas, socialistas y toda clase de reformistas radicales. «El anticomunismo —escribió en Argel en marzo de 1944— es el principio de la dictadura».

Las dudas de Camus comenzaron durante los juicios y purgas que tuvieron lugar en la Francia de la postguerra, cuando los comunistas adoptaron una línea dura como el partido de la resistencia y exigieron la exclusión, el encarcelamiento y la pena de muerte para miles de colaboradores reales o imaginarios. Luego, a medida que las arterias de la lealtad política e intelectual comenzaron a endurecerse a partir de 1947, Camus se sintió cada vez más inclinado a dudar de la buena fe de sus aliados políticos, unas dudas que al principio reprimió por la costumbre y en pro de la unidad.

Sin embargo, Camus seguía siendo reacio a declarar sus ideas en público y romper con sus antiguos amigos. En público seguía tratando de equilibrar la crítica honesta del estalinismo compensándola con referencias al racismo estadounidense y otros crímenes cometidos en el bando capitalista. Pero el juicio de Rousset y los de la Europa del Este acabaron con las pocas ilusiones que aún le quedaban. En sus cuadernos privados, confesaba: «Una de las cosas que lamento es haber concedido demasiada objetividad. A veces, la objetividad es conformismo. Hoy en día las cosas están claras y debemos decir que algo es concentrationnaire si de verdad lo es, aunque se trate del socialismo. En cierto sentido, no volveré a ser correcto».

Tal vez sea éste un eco inconsciente de un discurso pronunciado en la Conferencia Internacional del Pen Club dos años antes, en junio de 1947, en el que Ignazio Silone, hablando de la Dignité de l’Intelligence et l’Indignité des Intellectuels […], se arrepentía públicamente de su propio silencio y el de sus colegas, los intelectuales de izquierdas: «Hemos dejado aparcados en las estanterías, como los tanques en un depósito militar, los principios de la libertad para todos, de la dignidad humana y todo lo demás». Al igual que Silone […], Camus se convirtió a partir de entonces en un crítico aún más acerbo de las ilusiones «progresistas», y culminó la crítica con la condena de la violencia revolucionaria en su ensayo de 1951 titulado L’Homme révolté, que provocaría la ruptura definitiva con sus otrora amigos de la intelectualidad parisiense. Para Sartre, el primer deber de un radical intelectual era no traicionar a los trabajadores. Para Camus, al igual que para Silone, lo más importante era no traicionarse a uno mismo. La Guerra Fría cultural estaba declarada.

Resulta difícil, al volver la vista décadas atrás, revivir plenamente los extremos contrastes y la retórica de la Guerra Fría durante aquellos primeros años. Stalin todavía no constituía una vergüenza, al contrario. […] Por otra parte, como ya hemos visto, muchos eminentes no comunistas también eran renuentes a condenar al líder soviético, y buscaban la manera de minimizar sus crímenes o incluso excusarlos. Las ilusorias esperanzas puestas en la esfera soviética iban acompañadas de, como mínimo, la desconfianza hacia Estados Unidos.

Cuando la polarización lo reduce todo a dos bandos opuestos los matices se pierden. Y en esa simplificación pueden producirse (re)alineamientos desagradables que hagan que una posición pierda respetabilidad a los ojos de muchos. ¿El fin (combatir una postura contraria) justifica los medios (el enemigo —el régimen de al-Asad— de mi enemigo —los intereses corporativos que defienden los Estados Unidos y otras potencias occidentales en el mundo— es mi amigo)? ¿Tan necio es quien mira el dedo con que el sabio señala la luna? Copio estas palabras que en el texto extraído destaqué en negrita:

Para Sartre, el primer deber de un radical intelectual era no traicionar a los trabajadores. Para Camus, al igual que para Silone, lo más importante era no traicionarse a uno mismo.

En definitiva, frente a la polarización y la propaganda tienes que forjar tu propio criterio y huir de los encasillamientos, sin pecar siempre de equidistante. Parece un camino difícil y solitario, a contracorriente de todo, el precio a pagar para sentirte verdaderamente libre. Pero no necesariamente. Tienes que rodearte de personas que no necesariamente compartan tus ideas pero que sí sean honestas y te aporten puntos de mira desconocidos e interesantes. Como decía Marcel Proust, la amistad, lo que une a las personas, no es la identidad de pensamiento sino la consanguinidad de espíritu. Y el poeta turco Cemal Süreya escribió que, si querías una vida buena, reunieras en tu rededor a gente buena. A fin de cuentas, y más allá de la mentira y de la manipulación, puede haber más de una verdad.

Castellón de la Plana, 16 de diciembre de 2016.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s