El Índico y sus desposeídos: la historia de los chagosianos

En una nota anterior hablé del crisol de razas, religiones y lenguas que vi en Mauricio. Dije que todo aquello era reflejo de la colonización de los europeos, que entre los siglos XVIII y XIX trasladaron a poblaciones enteras de unas riberas del Océano Índico a otras, primero como mano de obra esclava y más tarde como trabajadores forzados las más de las veces.

Queriendo ahondar el destino en el asunto, esta mañana mi amigo Andrés me enseñó un extenso reportaje del último número de la revista francesa XXI. Trataba de la amarga historia de los chagosianos en Mauricio, que explicaré a continuación. Pero antes, quería destacar que el reportaje tenía la peculiaridad de que, tras una primera página de debida introducción a la problemática, tanto las entrevistas realizadas como la narración de los hechos y los paisajes de Mauricio se ilustraban en viñetas de cómic, y entre ellas de vez en cuando se intercalaba alguna fotografía real de los entrevistados. Me gustó mucho.

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Voy a la historia. Unos dos mil kilómetros al nordeste de Mauricio, en la ruta hacia la India, y no tan lejos de las Maldivas, se encuentra el Archipiélago de Chagos. La más grande de sus islas coralinas o atolones se llama Diego García, en honor a uno de los primeros marineros portugueses que pusieron su pie por allí en el siglo XVI. El archipiélago, deshabitado por entonces, pasó después a manos de los franceses, quienes a mediados del siglo XVIII iniciaron la explotación económica del lugar con plantaciones de cocos. Para ello introdujeron mano de obra esclava procedente del continente africano y de Madagascar. Pero con la derrota de Napoleón en 1814, los ingleses se adueñaron de Chagos y la integraron primero en su colonia de Seychelles y tiempo después en la de Mauricio. Aun así, la población negra del archipiélago, que para la década de 1830 dejaría de ser esclava, siguió desarrollando su lengua criolla sobre la base del francés. Lo mismo ocurrió en Seychelles y Mauricio, que hoy también cuentan con sus propias lenguas criollas derivadas del francés.

Doy un salto en el tiempo. A mediados del siglo XX se extienden por medio mundo los frentes de liberación nacional, los referendos de autodeterminación y las declaraciones de independencia de un sinfín de territorios hasta entonces coloniales. En este contexto, corre el año 1965 y los británicos están a punto de concederles la independencia a los mauricianos. Pero antes de dar ese paso desgajan de Mauricio el Archipiélago de Chagos e instituyen estas islas como una colonia separada bajo el nombre de Territorio Británico del Océano Índico. No acaba ahí la cosa: un año después Londres y Washington firman un acuerdo, en virtud del cual las islas serán arrendadas por un periodo de cincuenta años a los estadounidenses, que las utilizarán como base militar.

¿Y qué pasa con los lugareños? Una nota canjeada entre las dos potencias anglosajonas se refiere a los locales como unos pocos “tarzanes” y “Viernes” (en alusión al compañero de Robinson Crusoe en la novela homónima), cuya presencia resulta molesta para el futuro inquilino yanqui, que lo que buscaba en el Índico eran unas islas vírgenes.

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En otras palabras, los chagosianos sobran. Pero el gobierno de Londres ejecuta un plan: entre 1966 y 1973, y mediante amenazas y falsas promesas, logra desalojar sucesivamente a las 426 familias que vivían en Chagos. No les dejan llevar más que una maleta por persona, y las embarcan a Mauricio. Según van llegando, los chagosianos se encuentran con que los han engañado, no les dejan volver, se sienten incomprendidos por los mauricianos y no tienen modo de subsistir. No será hasta 1979 cuando los británicos entreguen a cada familia una pequeña suma de dinero a modo de indemnización y un terreno para que edifiquen su vivienda, a cambio de la firma de un documento por el que renuncian a volver a su tierra natal. Allí, en Diego García, las máquinas trabajan a destajo para acondicionar el terreno: la pista de aterrizaje se extiende por lo que antes había sido un cementerio. En 1977 la nueva base militar queda inaugurada.

Los chagosianos siguen adelante con sus vidas y se reproducen entre sí. Hoy son tres generaciones que suman más de cuatro mil almas: los más mayores siguen atrapados en la nostalgia por la patria que les arrebataron de la noche a la mañana; los jóvenes no saben gran cosa de donde nacieron sus abuelos. Sí, Londres siempre fue consciente de que el tiempo jugaba en su favor. Y pese a los pleitos que las organizaciones chagosianas comienzan a ganar con el cambio de siglo, en 2010 el Gobierno británico convierte el Archipiélago de Chagos en una reserva natural protegida; y en 2016 prorroga el acuerdo de arriendo con los estadounidenses por otros treinta años. De ningún modo los chagosianos podrán volver a habitar esas islas.

Cabe decir que en el año 2000 se concedió pasaporte británico a los chagosianos de primera y segunda generación, y que en los últimos años algunos han conseguido volver a Chagos por unas horas y llevarse de vuelta a escondidas un puñado de arena para irse con ella a la tumba. Pero nada más.

Los chagosianos descienden de antiguos moradores del África negra que fueron apresados y llevados a miles de kilómetros de distancia para ser mano esclava; hace apenas cincuenta años volvieron a ser trasplantados a otro lugar, como quien se lleva un olivo centenario de Castellón al jardín de un viejo caserón alemán recién restaurado.

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