La izquierda idiotizada

A finales de diciembre de 2016 el periódico Diagonal informaba de que en 2017 se fundiría con otros medios en un nuevo proyecto llamado El Salto. A comienzos de enero me fui de viaje y luego he pasado más de un mes preparándome para un examen. No he vuelto a encontrarme con una referencia a ese nuevo medio hasta la noche del 1 de marzo. Ha sido a través de mi amigo Alejandro Salamanca, cuyo comentario comparto íntegramente y reproduzco a continuación:

Iba a hacerme socio [de El Salto] hasta que al ir a pagar he visto que en el formulario ponía “Estado español” en lugar de España, mientras que el resto de países (Turquía, Reino Unido, Israel…) conservaban su nombre.

Joder, ¿qué le pasa a la gente de izquierdas con decir España? ¿Por qué buscamos fórmulas rebuscadas para referirnos al país donde vivimos? ¿Por qué tanta gilipollez?

Parece una tontería, pero de un medio que se presenta como fresco y nuevo uno esperaría menos complejos.

“Estado español” se suma en nuestro país a una larga ristra de eufemismos que, a ojos de la corrección política, toda persona que se considere mínimamente de izquierdas debe respetar y reproducir en su habla cotidiana para que su opinión pueda tomarse en serio sin temor de herir los sentimientos de nadie: “diversidad funcional” y “ableism” (discapacidad y discriminación por este motivo), desdoblamiento del género o uso no marcado del femenino, “persona de color” y “afroeuropeo”, escribir Galiza, Catalunya y Euskal Herria (en vez de Galicia, Cataluña y Vasconia) aun cuando el resto del texto esté en castellano, “heteropatriarcado” y “sororidad”, multitud de neologismos mal formados con -fobia, -sexual o -cidio, etc.

intersexuality

Estas fórmulas obedecen a reacciones contra situaciones de discriminación y menosprecio que, por suerte, cada vez parecen tener menos cabida en las sociedades modernas. Ahora bien, el planteamiento muchas veces loable de estas fórmulas ha degenerado en un abuso de las mismas por parte de nuevos moralizadores que imponen su ortodoxia a los demás, habiendo convertido la izquierda en algo complicado y elitista. Sintetizo la idea con estas dos citas y una imagen:

La progresía es el sumidero por donde se han ido las ideas de la izquierda. Julio Anguita.

¿Qué es la corrección política sino una forma verbal de gentrificación? South Park, temporada 19, episodio 10.

tradicionalment
ANTES. Ciudadano de izquierdas: “Cómo da por culo este hijo de puta”. Ciudadano de derechas: “¡Virgen santísima, Madre de Dios nuestro Señor, lo que ha dicho este!”. AHORA. Ciudadano de derechas: “Cómo da por culo este hijo de puta”. Ciudadano de izquierdas: “¡Lo que ha dicho este machista homófobo heteropatriarcal!”

En una nota anterior que redacté en francés, Doit-on devenir fasciste?, decía (traduzco) que la izquierda en general, y no únicamente la socialdemocracia, se había envuelto en la bandera del “progresismo” para acoger los movimientos del feminismo, de los derechos del colectivo LGTB, del ecologismo y, más recientemente, del animalismo; que si las únicas preocupaciones alternativas a las proposiciones de la extrema derecha que los electores podían escuchar de la izquierda seguían limitándose al veganismo, la prohibición de las corridas, el lenguaje no sexista y la apertura de las fronteras [dejando en un segundo plano las cuestiones económicas], la lucha política del futuro ya no sería entre las categorías de izquierda y derecha, sino entre las de liberalismo y fascismo.

¿Cómo se ha llegado a esta situación? Es una cuestión de la que me tuve que empapar años atrás con varias lecturas a marchas forzadas, cuando preparaba el temario de las oposiciones a administrador civil del estado. Digamos que el estado del bienestar y la partitocracia vinieron de la mano en las constituciones europeas que se redactaron a modo de pactos interclasistas tras el fin de la II Guerra Mundial: para evitar la inestabilidad política del periodo de entreguerras, los partidos políticos, que por entonces reflejaban una fuerte identidad de clase, consensuaron diferentes modelos de estado social (Sozialstaat en la doctrina alemana) que, en líneas generales, tenían estas tres notas características:

  • Un importante intervencionismo público en la actividad económica mediante monopolios estatales y políticas sociales de redistribución de la renta.
  • El protagonismo de los partidos tradicionales en la vida institucional (el jurista alemán Gerhard Leibholz elaboró y dio justificación por aquel entonces al concepto de estado de partidos como pieza clave de todo régimen democrático).
  • La participación de los llamados agentes sociales (la patronal y los sindicatos) en la definición de las políticas macroeconómicas. Así, la clase obrera se integraba en las estructuras sociales y políticas del Estado por cuanto los partidos políticos, la patronal y los sindicatos pasaban a ser tratados casi como órganos estatales, recibiendo subvenciones del erario público y repartiéndose cuotas de poder a través de cargos en empresas públicas, organismos oficiales, cajas de ahorro…

La lucha de clases quedaba enterrada. Como recogí en mis notas anteriores sobre la posguerra italiana y la austriaca, muchas veces la corrupción sistémica sería el precio a pagar a cambio de la reconciliación nacional y la paz social (España seguiría estas mismas pautas a partir de su tardía transición política a la democracia).

Pero a finales de la década de los sesenta se producen cambios vertiginosos:

  • El crecimiento económico de los cuatro lustros anteriores se está agotando; pronto los neoliberales sustituirán a los keynesianos como teólogos oficiales de la economía de mercado y el sistema de Bretton Woods se resquebrajará como consecuencia de las crisis del petróleo y el fin de la convertilidad directa del dólar con el oro.
  • Los nacidos en la posguerra alcanzan la edad adulta, las universidades se masifican y la juventud urbanita y universitaria parece abrir una brecha cultural sin precedentes con la generación de sus padres.

Mayo del 68 simboliza el punto de inflexión en el que la izquierda tradicional europea, tanto la socialdemócrata como la comunista, comenzó su gentrificación o mutación hacia las terceras vías y/o los mil y un movimientos progresistas con los que hoy se identifican un ingente número de hipsters, gafapastas o modernos. Por lo pronto, extraigo unas palabras contrarias a aquellos jóvenes de izquierda que se enfrentaron a la policía en los altercados de Valle Giulia, Roma, en marzo de 1968:

Ahora los periodistas de todo el mundo os lamen el culo. Yo no, queridos. Tenéis cara de niños de papá. Os odio, como odio a vuestros padres. De casta le viene al galgo el ser rabilargo. Tenéis el mismo ojo malvado. Sois temerosos, inciertos, y estáis desesperados (¡bravo!) pero también sabéis cómo ser prepotentes, chantajistas, seguros y descarados: prerrogativas pequeño-burguesas, queridos. Cuando ayer en Valle Giulia golpeabais a los policías, yo simpatizaba con los policías. Porque ellos son hijos de los pobres.

Pier Paolo Pasolini, Il Pci ai giovani (L’Espresso, 16/06/1968)

La negativa por parte de los trabajadores franceses a secundar las movilizaciones de los estudiantes de izquierda en París, pocos meses después, siguió el mismo planteamiento descrito por Pasolini. Ello era en parte consecuencia de la expansión de las clases medias y de la terciarización de la economía. En adelante el poder del relato de la izquierda ya no podrá girar en torno a la veterana clase obrera europea como sujeto de la revolución: la nueva militancia de izquierdas tiene una procedencia más interclasista (muchos jerarcas del régimen franquista tienen a sus hijos militando en las filas comunistas), hace suya causas como la liberación de la mujer y los derechos de los inmigrantes (la aceptación de la homosexualidad, por el contrario, todavía tendrá que esperar otro cuarto de siglo) y mira con esperanza a las guerrillas del tercer mundo.

Respecto al discurso abierto hacia la inmigración que pasa a adoptar la izquierda, considero sumamente interesante la opinión del politólogo y expolítico Jorge Verstrynge. Recomiendo ver el tramo 27:36 a 32:18 de este vídeo, de una entrevista reciente:

Ahondando en lo antedicho, esto es, que los partidos de izquierda van perdiendo paulatinamente su identidad de clase, son muchos quienes a partir de los años setenta y ochenta comienzan a perseguir causas concretas no afiliándose a los partidos tradicionales sino a través de asociaciones o plataformas sectoriales que, antes o después, alumbrarán novedosos partidos ecologistas, de cazadores, de defensa de los derechos de los animales… También se reavivarán los nacionalismos en multitud de territorios de Europa.

Al otro lado del Atlántico, en los Estados Unidos, han vivido un fenómeno similar. De todos es sabido que los demócratas siempre han estado más escorados a la izquierda que los republicanos. ¿Siempre? La historia es más compleja. Para empezar, y como señalé el año pasado en mi artículo Cambios en la política estadounidense, el Partido Demócrata primó su unidad interna antes que apoyar abiertamente la abolición de la esclavitud primero y el fin de la segregación racial después, hasta los años sesenta. Los estados de Misisipi, Alabama y Texas, tan acérrimamente republicanos hoy, se tiñeron del azul de los demócratas en casi todas las elecciones presidenciales de la primera mitad del siglo XX. Lo contrario ocurría en los estados de Nueva Inglaterra, otrora tan republicanos y hoy tan demócratas. En Wisconsin, estado aledaño al Rust Belt, la candidatura progresista de La Follette ganó las elecciones presidenciales de 1924 y el Partido Socialista retuvo la alcaldía de Milwaukee, la ciudad más grande del estado, hasta 1940.

Los dos Presidentes que más alteraron el escenario político estadounidense en el siglo pasado probablemente fuesen Franklin Delano Roosevelt y Ronald Reagan. Bajo el mandato del primero se acuñó el término Seguridad Social (¡ahí es nada!); mientras que el segundo desplazó el centro ideológico o de consenso sobre la política económica hacia la derecha neoliberal. Sin embargo, el punto de inflexión o mutación de la izquierda se produjo, igual que en Europa, en los años sesenta. O esa es la tesis del filósofo estadounidense Richard Rorty, que distingue un periodo de izquierda reformista (1900-1964) frente a otro de izquierda cultural (1964 en adelante). El primero es el de los newdealers y figuras como Henry Agard Wallace o John Kenneth Galbraith, pero también el de los demócratas supremacistas próximos al Ku Klux Klan; el segundo periodo arranca con las movilizaciones contra la guerra de Vietnam y la lucha por los derechos civiles, a la vez que se tira la toalla en las cuestiones económicas y uno se contenta únicamente con la aprobación de subsidios limitados a los grupos más marginales.

En adelante las identity politics serán el eje sobre el que pivotará el discurso más libertario o izquierdista del país, abarcando un difícil equilibrio de reivindicaciones y puntos de mira sobre la minoría negra, la mujer, la inmigración latina, el colectivo LGTB y las personas discapacitadas bajo el paraguas de la interseccionalidad. Las contradicciones serán inevitables, como puede apreciarse en el siguiente vídeo y en el artículo de Helen Pluckrose que recomiendo un poco más abajo, al final de esta nota.

La candidatura de Bernie Sanders en las primarias del Partido Demócrata para las elecciones presidenciales de 2016, en mi opinión, pudo haber cambiado este estado de cosas, pero fracasó frente a Hillary Clinton. Desde entonces, y por lo que me contaba semanas atrás mi amigo Alejandro Salamanca, están surgiendo iniciativas y plataformas de una alter left o izquierda alternativa más centrada en las reformas económicas. Así, revistas novedosas como AREO o Quillette habrían nacido precisamente con el ánimo de corregir ciertos excesos de la corrección política y otros lugares comunes en el seno de la izquierda.

 

ARTÍCULOS EXTERNOS QUE ME INSPIRARON PARA ESTA NOTA

Y ALGÚN OTRO QUE HE LEÍDO DESPUÉS

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