La roña de la “British mentality”

Cuando creé este compendio de notas o blog, pasé por alto incluir un texto que escribí el 17 de febrero de 2015. Confieso ahora, porque de otro modo queda descontextualizado, que para el título me inspiré en una entrevista que le hicieron a Artur Mas en la BBC. En ella el entonces mandatario catalán elogiaba la British mentality con que se estaba tratando la causa independentista escocesa, y la contrastaba con el modo de actuar de Madrid para hacer frente al desafío soberanista en Cataluña.

Si recupero esta nota es porque quería comentar con más detalle algunos de sus párrafos. Ahí va:

Recuerdo que hace años le comenté a mi oftalmóloga que el prestigio de los académicos del mundo anglosajón estaba sobrevalorado, y ella me respondió que quizá yo pensase eso porque mi campo de estudio había sido el derecho y no las ciencias. Lo cierto es que ha sido desde el derecho comparado y la antropología jurídica como he percibido la diferente manera de discurrir que hay a uno y otro lado del Canal de la Mancha: inducción frente a deducción; Hume opuesto a Descartes; empirismo contra racionalismo; la física enfrentada a las matemáticas; Common Law (derecho anglosajón) frente a Civil Law (derecho continental europeo).

Digamos que la mentalidad anglosajona (1A) se limita a observar, (2A) es pragmática y (3A) rehúye los cambios bruscos, mientras que la mentalidad continental europea (1B) crea categorías y conceptos para seguidamente extraer de ellos todas las consecuencias, (2B) corta por lo sano yendo a la raíz y (3B) tiende a idealizar demasiado. Tenemos así que (1A) las universidades anglosajonas han aportado grandes científicos sociales y han parido el estudio de la ciencia política y de las relaciones internacionales; que (2A) los revolucionarios americanos sólo se rebelaron contra los británicos por aquello de la no taxation without representation; y que (3A), por el contrario, resulta inconcebible hablar del día de la independencia de Canadá o de golpes de estado en Australia (coup d’état en inglés). Por el contrario, (1B) la pandectística alemana del siglo XIX creó toda la teoría general de las obligaciones y catalogó todos los contratos; (2B) los revolucionarios franceses se abstrajeron en los derechos del hombre y la soberanía popular a la vez que guillotinaron a sus reyes; y (3B) alemanes, italianos y rusos erigieron, rindieron culto y divinizaron a algunos de sus líderes políticos en determinadas épocas.

Leí en Postguerra, de Tony Judt, que en 1828 el poeta alemán Heinrich Heine había dicho que «rara vez los ingleses, en sus debates parlamentarios, expresan un principio. Se limitan a discutir la utilidad o inutilidad de una cosa, y presentar datos a favor o en contra».

Resulta que en la mayoría de países ha cundido el constitucionalismo continental europeo y se distingue entre poder constituyente primario, poder constituyente derivado y poder constituido, se entienden las implicaciones de ser un estado-nación (independencia, nacionalidad, igualdad formal ante la ley, etc.) y hay unas estructuras institucionales medianamente claras; mientras que en una minoría de países el derecho constitucional no está condensado en un solo texto o ni siquiera está plenamente positivado (escrito), no hay una jerarquía normativa clara (pero sí un control estricto de la ultra vires, esto es, se vela por que los poderes públicos no actúen donde no les está permitido), el sistema institucional es un galimatías que arrastra todas las entidades públicas habidas desde la Alta Edad Media y no se sabe siquiera dónde acaba la jurisdicción de un estado y empieza la de otro. Sí, me estoy refiriendo especialmente al Reino Unido.

El Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte parte primero de la absorción de Gales por Inglaterra, luego de la conquista de Irlanda, después de la Unión de Armas con Escocia y finalmente del desgajamiento de la República irlandesa. Tenemos así cuatro “naciones” que conforman el Reino Unido: Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda del Norte. Sumándoles las “Dependencias de la Corona” (islas de Man, Guernsey y Jersey) obtenemos la categoría jurídica de las “British Islands”. Ahora bien, tenemos aparte hasta catorce “Territorios de Ultramar” que, si bien pertenecen al Reino Unido, no son parte de Irlanda del Norte, Gales, Escocia ni Inglaterra, no guardan relación con Man, Guernsey ni Jersey, ni tienen representación en el parlamento británico (en otras palabras, son colonias a las que les va bien así).

Por si no fuera suficiente el enredo, tenemos la madre del cordero, que es la British Commonwealth, una asociación de una cincuentena de monarquías y repúblicas la mayoría de las cuales pertenecieron antaño al Imperio británico. De entre las monarquías, las hay propias (el Sultanato de Brunei) y otras que reciben el nombre de Commonwealth realms porque el titular de sus respectivas jefaturas de estado es la misma persona que la titular de la jefatura de estado del Reino Unido (Queen Elizabeth of Canada, Queen Elizabeth of Australia, etcétera). Si trasladamos todo esto al plano de las nacionalidades, el cacao que tienen montado es impresionante.

Pero es que hoy me he topado con una institución que me ha llevado a escribir esta nota. Se trata del Judiciary Committee of the Privy Council y es uno de los principales tribunales de apelaciones del Reino Unido y el más importante para muchos otros Estados independientes (!) incluso en materias de derecho constitucional (!!). Una rápida ojeada por su página web te deja boquiabierto: https://www.jcpc.uk

Resulta que tanto el Parlamento británico como el Gobierno (the Cabinet) proceden directamente de la Curia Regis. Ésta no era más que el grupo de nobles y eclesiásticos que aconsejaban al rey, allá por el siglo XI: las más de las veces se reunían sólo los más allegados al rey, quienes siempre le acompañaban allá adonde éste se desplazara; y en otras ocasiones, más puntuales, comprendía a un número más amplio de personas. A la primera formación se le llama Lesser Curia Regis, y la segunda se conoce como Great Curia Regis o Magnum Concilium. Éste ganó autonomía y en pocos siglos devino el Parlamento, mientras que aquélla se convirtió en el Consejo Privado o Privy Council del monarca. Dentro de este último han surgido distintos órganos especializados, de los cuales los más destacados hoy son precisamente el executive committeeCabinet (¡el Gobierno!) y el Judiciary Committee que citaba al final del párrafo anterior.

En las monarquías francesa y española, donde las Cortes medievales acabaron sucumbiendo al absolutismo en la era moderna, bien las múltiples formaciones de los consejos fueron transformándose en órganos unipersonales especializados en asuntos concretos que recibieron el nombre de secretarías de estado y del despacho (Francia), bien se crearon éstas solapadas a aquéllos (España con su sistema polisinodial). En el siglo XIX esas secretarías pasaron a llamarse ministerios, y la reunión periódica de sus titulares consejos de ministros. Pero para entonces, la revolución francesa y las guerras napoleónicas ya habían trazado una línea que distinguía claramente los órganos unipersonales de la Administración activa (la que adopta decisiones y ejecuta órdenes) de los órganos colegiados de la llamada Administración consultiva (la que asesora a la anterior).

Sin embargo, la separación entre la judicatura y la Administración consultiva no quedó tan clara: si Napoleón creó ex novo el Conseil d’État como máximo órgano consultivo y judicial de la Administración francesa, en España un novedoso Tribunal Supremo de España e Indias y el Consejo de Estado que instituyera el emperador Carlos se repartieron las funciones del Consejo de Castilla y durante todo el siglo XIX se disputaron la función de juzgar a la administración activa. El novicio venció al veterano.

Los británicos, que van a un ritmo menos frenético, no crearon una Supreme Court hasta 2005 (!). Antes de esa fecha la Cámara de los Lores tenía también funciones judiciales (todos recordaremos el caso Pinochet) y su presidente, el Lord Chancellor, venía a desempeñar por sí solo las funciones de nuestro Consejo General del Poder Judicial. Un revuelto de no te menees. Si los parlamentarios británicos tuvieran que explicar su estructura institucional en una constitución escrita, enloquecerían.

En fin, he soltado todo este rollo porque pienso que refleja claramente a qué me refiero con “la roña de la mentalidad británica”, esto es, esa ¿virtud? por no romper con el pasado y heredar todas sus antiguallas con reformas mínimas y muy puntuales, en lugar de cortar cabezas y poner patas arriba el sistema con bandos militares y revoluciones de vez en cuando, es comparable a la actitud de quien pinta siempre sobre lo ya pintado sin plantearse nunca la necesidad de retirar antes todas las capas de pintura anteriores. Pura pereza intelectual de no rascar y limpiar para fijar los conceptos, la misma pereza intelectual que impide que un alumno inglés te sepa señalar el sujeto y el objeto de una oración. Los europeos continentales, por nuestra parte, probablemente pequemos de miopía cuando no de ceguera ante el mundo que nos rodea, nos encaprichemos demasiado con la abstracción y todo lo formal y hayamos sido menos inmunes a los populismos y los totalitarismos.

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