Del universo levantino al proyecto europeo: Silvia de Bondini

Silvia de Bondini será la protagonista de esta nota. Nació en 1907 en San Stefano o Ayastefanos, localidad otomana que dio nombre al Tratado de San Stefano de 1878 y que en 1926 pasó a llamarse Yeşilköy ─aldea verde, nombre más acorde con la política nacionalista de los primeros años de la República de Turquía─; hoy forma parte del área metropolitana de Estambul. Silvia se crió con tres idiomas: italiano, francés y griego.

De su madre, Valeria Christich, no tengo nada que contar. Pero sí de su padre, Guglielmo de Bondini. Él, periodista y fundador del diario La Turquie en 1906, era hijo de un italiano y de una levantina: Anna Collaro, la abuela de Silvia.

La Turquie Guglielmo de Bondini
Ejemplar de La Turquie de 1910. Aparece indicado que el propietario era Guillerme de Bondini.

¿Anna Collaro, levantina? ¿Qué es o qué era una «levantina»? ¿Acaso Collaro no parece otro apellido italiano, como Boldini? Los Collaro eran otomanos y su linaje procedía de Tenos, una isla de las Cícladas, hoy parte de Grecia. Dicha isla perteneció a la Serenísima República de Venecia entre 1207 y 1718, año en que cayó en manos del Imperio otomano. Como en tantas otras islas del Egeo que antes habían sido colonias genovesas o venecianas, a principios del siglo XIX muchos pobladores de Tenos seguían siendo católicos. Efrenç o frenk («franco»), katolik de rito latino (por oposición a los católicos de ritos orientales ─los maronitas, los melkitas, los armenios católicos, etcétera─) o latino sin más; eran muchas las maneras de denominar a católicos otomanos de ascendencia italiana como los Collaro.

Todos estos católicos habían caído en las categorías de gayrimüslim, zimmi reaya (súbditos otomanos no musulmanes), antes de que las Tanzimat ─las grandes reformas del derecho y de la administración del Imperio otomano emprendidas en el siglo XIX─ comenzaran a borrar las discriminaciones jurídicas por razón del credo.

El estallido de la Revolución griega en 1821 comprometió el futuro de estas poblaciones católicas de las islas del Egeo. Una petición de los católicos de Tenos a la Sublime Puerta describe su situación en el verano de ese mismo año:

[En Tenos] hay dos ritos diferentes, por lo que la población se divide en dos clases, la latina y la griega, y así como Syra [otra isla] no está contaminada por esta última [clase], en Tenos la mayoría de los habitantes son griegos, pero los otros son enteramente latinos. El deber y la razón reclaman que todos los habitantes sin excepción vivan bajo la feliz protección de nuestro muy honorable emperador otomano y que paguen el tributo habitual [el haraç o cizye, que era el impuesto de capitación de los no musulmanes] en tanto que verdaderos y fieles súbditos de nuestro famoso Señor otomano. Pero los habitantes griegos, empujados por la ingratitud, la deslealtad y un carácter agitado, por un espíritu alimentado en secreto en un sentido perverso, han tenido la audacia, sin pensar en el pan del que se han alimentado a la sombra de su Señor todopoderoso y muy benevolente, como los otros adeptos de la religión griega, de levantar la bandera de la insurrección en todas las partes del imperio, sobre el agua y la tierra.

Fuente: Oliver Jens Schmitt, Les Levantins…, İstanbul, ISIS, 2007, p. 142 (traducción mía del francés).

Los católicos, sometidos a la presión de los ortodoxos y víctimas de la represión indiscriminada de la Sublime Puerta, emigraron de forma masiva al continente, a Esmirna y Estambul principalmente. Estos católicos del Egeo, junto con las históricas comunidades latinas de Pera y Gálata, la colonia francesa, otros latinos de mil y una procedencias y los católicos de ritos orientales ─que ya cité más arriba─ conformaron un exuberante macrocosmos de lenguas entremezcladas, identidades superpuestas y estatus jurídicos indefinidos: el universo levantino. Los levantinos, mimados por las pujantes potencias europeas y el capital extranjero, prosperaron, se hicieron con las finanzas y las redes comerciales del Mediterráneo oriental, se refinaron y constituyeron la élite de la sociedad otomana entre las postrimerías del siglo XIX y el estallido de la Gran Guerra. Esta élite se nutrió también de muchos judíos ─sefardíes y frankos─ y cristianos ortodoxos, así como de las familias de los diplomáticos y agentes consulares destinados en el Imperio otomano.

Dije al principio que Silvia de Boldini nació en una localidad otomana llamada San Stefano, que hablaba francés, italiano y griego, que su padre había fundado un periódico otomano en francés, que su abuelo paterno era italiano y que los antepasados de su abuela paterna eran católicos otomanos de ascendencia genovesa que procedían de una isla del Egeo. Sí, hasta el momento el personaje de Silvia de Boldini me ha permitido describir un poco ese universo levantino por el que siento tanta nostalgia pese a que nunca lo conocí. ¿Cómo desapareció ese mundo?

La Administración de la Deuda Pública Otomana ─la troika internacional de la época, que recaudaba directamente los impuestos─, el imperialismo europeo y el virus del nacionalismo en la amalgama de pueblos que constituían el Imperio otomano ─el paneslavismo, la Megali Idea de Grecia, la Gran Armenia por la que luchaba el Movimiento de Liberación Nacional Armenio─, engendraron el odio de muchos turcos hacia sus minorías. Piense el lector en este contexto: numerosos integrantes de estas minorías eludían fácilmente las obligaciones militares y tributarias de la Administración otomana gracias a las inmunidades y privilegios que les otorgaban las legaciones y consulados de las potencias occidentales, las mismas que apoyaban las insurrecciones en la periferia del Imperio, le arrebataban territorios y derramaban la sangre en un ejército otomano compuesto fundamentalmente por musulmanes.

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El continuo retroceso de las fronteras otomanas generó sucesivas olas de refugiados turcos a Tracia oriental y Anatolia a lo largo del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX.

Todo esto tuvo como resultado la Revolución de los Jóvenes Turcos y el ascenso al poder del Comité de Unidad y Progreso en 1908; las expulsiones de italianos y frankos decretadas por este nuevo gobierno durante la guerra ítalo-otomana (1911-1912), más las decretadas contra los griegos y contra los judíos y cristianos protegidos por la Entente en Siria y Palestina (1914-1918); el exterminio del pueblo armenio (1915-1923), con el precedente de las matanzas hamidianas (1894-1896); las ingentes oleadas de desplazados y apátridas; la quema de aldeas; la guerra de liberación turca contra las tropas de ocupación (1919-1923), que comprendió también la guerra greco-turca (1919-1922); el advenimiento de la República de Turquía y el intercambio de población con Grecia (1923); la expropiación de los bienes de los no musulmanes y su traslado a campos de trabajo en virtud de un novedoso Varlık Vergisi o impuesto sobre el patrimonio (1942-1944); los pogromos contra las minorías en las décadas de 1930, 1950, 1960 y 1970 ─en especial el Pogromo de Estambul de 1955 contra los ortodoxos griegos─. En definitiva, el universo levantino fue borrado de Turquía.

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Silvia de Boldini prosiguió con su vida fuera del escenario otomano y turco. El 6 de abril de 1929 se casó y adoptó el apellido de su marido italiano, Francesco Giannini. Apenas unos meses después, en agosto, Silvia Giannini conoció en París al jefe de su esposo, un francés cuarentón que le llevaba diecinueve años ─ella tenía 22─, Jean. Era un hombre de negocios y banquero de profesión que ya había sido secretario general adjunto de la Liga de Naciones y se había recorrido medio mundo haciendo negocios y asesorando a multitud de gobiernos en asuntos económicos y monetarios. Votaba a los socialistas y su asesoramiento a los gobiernos solía dirigirse a la intervención estatal en la economía, todo sea dicho. Se enamoró perdidamente de Silvia. Ella, como buena levantina, era una católica devota; pero eso no le impidió corresponderle.

El problema en aquella época era conseguir separarse de iure. Para colmo, en 1931 ella y Jean tuvieron una hija, Anna ─como la abuela paterna de Silvia─, que a ojos del derecho sólo podía ser hija de Francesco; Silvia no quería perder su custodia. Primero intentaron anular el matrimonio en Italia, pero tras varios años de trámites infructuosos arrojaron la toalla; probaron suerte con un tribunal de Reno, en Nevada, pero tampoco les fue bien ─les requerían la residencia─. Para colmo Jean se enredaba fácilmente con negocios a miles de kilómetros de distancia ─los ferrocarriles chinos─ y no podía estar con ella. Pero seguía dándole vueltas al asunto del divorcio.

Corría el año 1934. Jean vivía en Shanghai y Silvia en Suiza. Decidieron reencontrarse en Moscú. Él tomó el Transiberiano y una vez en la capital roja le consiguió a Silvia la nacionalidad soviética en cuestión de pocos días. Una vez obtenida, y de conformidad con la legislación soviética, Silvia pudo divorciarse unilateralmente de su marido italiano y contraer nupcias de nuevo con Jean. En realidad necesitaron unos cuantos meses y mucho dinero para urdir la operación, tirar de amistades y mover hilos; incluso implicaron a los embajadores francés y estadounidense en la Unión Soviética.

Poco después Jean y Silvia tomaron un tren a París y una vez allí se reunieron con su hija, Anna. Luego los tres se mudaron a Nueva York y, en marzo de 1935, a Shanghai. Todavía no habían conseguido que el matrimonio les fuera reconocido en otras jurisdicciones y el exmarido, Francesco, no se estuvo quieto: trató de arrebatarles a Anna por medio de agentes del servicio exterior italiano; parece que Silvia tuvo que refugiarse con la niña en el consulado soviético de Shanghai durante una semana para impedirlo. En 1936 ya estaban instalados en Nueva York ─se desataba por entonces la Gran Purga de Stalin en la URSS─ y en la primavera de 1937 lograron que un tribunal neoyorkino reconociera a Silvia la custodia sobre Anna ─pocos meses después los japoneses atacaban Shanghai─. No obstante, todavía no podían hacer valer esa resolución judicial en Italia ni en Francia, por lo que Silvia permaneció en los Estados Unidos con Anna y se volcó con la pintura; Jean no paraba de moverse de un lugar a otro.

En 1939 Silvia viajó a París y el 18 de junio obtuvo la nacionalidad francesa. Dos meses y medio después Alemania invadió Polonia y al año siguiente cayó Francia. En ese intervalo de tiempo Jean vivió en Londres y asistió a los gobiernos británico y francés en la nacionalización de sus industrias para sostener el esfuerzo bélico. En 1940 Jean regresó a los Estados Unidos y en 1941 ya era asesor del Presidente Roosevelt, a quien persuadió para que lanzara un programa de producción masiva de armas para estimular la economía y proveer de recursos militares a los Aliados. En 1941 Jean y Silvia tuvieron una segunda hija, Marianne. Los cuatro, Jean, Silvia, Anna y Marianne, se instalaron en Francia una vez finalizada la contienda, en 1945.

Silvia Monnet
Silvia, Jean, Anna y la pequeña Marianne a su llegada a París-Orly en otoño de 1945, procedentes de los Estados Unidos.

En 1974 murió Francesco Giannini, lo que permitió a Jean y Silvia contraer matrimonio religioso en Lourdes. Jean murió en 1979, y Silvia en 1982.

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Anteayer viernes, una semana después de que el Reino Unido consumara su salida de la Unión Europea, los medios se hacían eco de un cambio trascendental en la política exterior española: abandonamos el Eje franco-alemán. Si Charles de Gaulle moldeó las instituciones comunitarias a imagen y semejanza de la burocracia francesa y sobredimensionó la política agrícola común ─a costa de la industrial y manufacturera─ para trasladar los problemas del campo francés al presupuesto comunitario, Macron no para de extrapolar la decadencia de Francia al proyecto europeo, alertando del declive del continente y anunciando mil y una iniciativas para revertir esa tendencia.

Es una obviedad que la Unión Europea no pasa por su mejor momento, por mucho que su historia haya sido una concatenación de acelerones y parones. Y sin embargo todavía saboreamos los últimos frutos, muy maduros ya, del árbol comunitario. No hay mejor momento para vivir que al comienzo de la decadencia, porque los comienzos de la edad dorada que precede la decadencia suelen ser duros. Los de la construcción europea, que fueron a su vez los de la reconstrucción de la segunda posguerra, de sobra conocidos, son un ejemplo. Hoy consideramos «Padres de Europa» a Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi, Robert Schuman y Jean Monnet. Los tres primeros compartían la democracia cristiana y la lengua alemana, mientras que el cuarto estuvo casado durante 45 años con la protagonista de esta nota: Silvia de Bondini, Silvia Giannini y Silvia Monnet, que son la misma persona.

Muchos destacan la emocionante biografía de Jean Monnet, «ciudadano del mundo», para explicar sus ideales europeístas: nous ne coalisons pas des États, nous unissons des hommes («nosotros no coaligamos Estados, unimos personas»). Pero pasan por alto el dato de Silvia, su mujer, que vio como el mundo cosmopolita de su infancia, el universo levantino, se desmoronó y cayó en el más absoluto de los olvidos, presa del nacionalismo y de la rivalidad entre los estados.


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