¿«Ethnophyletismos» en el catolicismo?

El cristianismo ortodoxo se ha caracterizado siempre por sus iglesias autocéfalas. Quiere esto decir que las Iglesias ortodoxas no se subordinan las unas a las otras siguiendo un principio jerárquico, sino que están en un plano de igualdad ─son independientes entre sí por más que estén en comunión─. Así, la Iglesia ortodoxa serbia, liderada por su propio patriarca y compuesta de «eparquías» ─diócesis ortodoxas─ dentro y fuera de Serbia, no se sujeta a ningún otro patriarca.

La Iglesia ortodoxa montenegrina, por el contrario, perdió su autocefalía con la creación del Reino de los Eslovenos, Croatas y Serbios en 1918, cuando fue absorbida por la Iglesia ortodoxa serbia. Tras la desintegración de la Yugoslavia socialista ha resurgido una Iglesia ortodoxa montenegrina que pretende ser reconocida de nuevo como autocéfala. La única autoridad eclesiástica que puede hacerlo es el patriarca ecuménico de Constantinopla, que por lo demás hoy sólo detenta una primacía simbólica en el mundo ortodoxo. Así, mientras ese reconocimiento no tenga lugar la Iglesia ortodoxa montenegrina seguirá superponiéndose en Montenegro con una de las eparquías de la Iglesia ortodoxa serbia.

Sirvan estos ejemplos para aproximar al lector al concepto de «etnofiletismo» o ethnophyletismos, neologismo formado a partir de los vocablos ἔθνος ─nación─ y φυλή ─tribu, clan─. El término fue acuñado en un gran sínodo panortodoxo que se celebró en Constantinopla en el verano de 1872 y obedecía al siguiente hecho: los búlgaros otomanos se quejaban del predominio griego en el millet de Rum ─la comunidad ortodoxa a la que el Sultán reconocía autonomía para organizarse por sí misma─; la Sublime Puerta, atendiendo sus peticiones, promulgó en mayo de ese mismo año la constitución de un millet separado para los búlgaros y la creación de su propia Iglesia nacional. Esta decisión, adoptada unilateralmente por el Gobierno otomano ─sin el beneplácito del patriarca ecuménico de Constantinopla─ permitía la apertura de parroquias exclusivamente para los búlgaros, no para el resto de cristianos ortodoxos.

Debe señalarse que en la Edad Media existió una Iglesia ortodoxa búlgara autocéfala. Esta Iglesia había desaparecido con la conquista otomana y sus feligreses quedaron subordinados desde entonces al patriarca ecuménico de Constantinopla, confundidos con los griegos dentro del mismo millet ortodoxo. Así, para los búlgaros lo que había hecho la autoridad otomana en 1872 era restaurar su propia Iglesia «nacional», con la diferencia de que para entonces el nacionalismo hacía mella en la política interior y exterior de todos los Estados europeos, el otomano incluido.

Otro dato relevante es que en la década de 1860, poco antes de que los búlgaros se desgajaran del millet de Rum para constituir el suyo propio, el poeta Petko Slaveykov trabajaba en una traducción de la biblia al búlgaro moderno. Hasta ese entonces la lingua franca de los intelectuales búlgaros y de la cultura eclesiástica de los búlgaros había sido el griego, no el búlgaro.

Se violaba así el principio canónico de territorialidad (según el cual cada ciudad y provincia debía tener un único «eparca» u obispo), sustituyéndolo por un criterio étnico o nacional. Más aún, suponía la aplicación del principio de las nacionalidades en el dominio eclesiástico, la justificación teológica del nacionalismo en oposición a la vocación universal de la Iglesia ortodoxa. Esto fue definido como etnofiletismo en ese gran sínodo panortodoxo, convocado por el patriarca ecuménico de Constantinopla para condenar el comportamiento del clero búlgaro como cismático, tacharlo de herejía y excomulgar a sus miembros. Habría que esperar al fin de la Segunda Guerra Mundial para que el patriarca ecuménico aceptara el hecho consumado y reconociera la Iglesia ortodoxa búlgara como autocéfala.

Con todo, el mal ya estaba hecho. En adelante las Iglesias ortodoxas han ido ajustando sus límites a los sucesivos cambios fronterizos, toda vez que la aparición y extinción de estados en la Europa oriental ha conllevado también la de sus respectivas Iglesias «nacionales». Para más inri, la fuerte emigración transatlántica de los siglos XIX y XX llevó a la creación de diócesis ortodoxas étnicas superpuestas en el continente americano.

En el mundo católico por regla general esto no pasa. El obispo de Roma, el papa, es la cabeza de toda la Iglesia católica. Medio planeta fue conquistado y colonizado por monarquías católicas, toda vez que los europeos católicos emigraron a otros continentes tanto o más que los ortodoxos. Aun así, los católicos dividen el planeta en diócesis y arquidiócesis atendiendo siempre a un criterio territorial; no existen diócesis «italianas» superpuestas a las «hispánicas» en Nueva Inglaterra o Río de la Plata, sino obispados estadounidenses, argentinos y uruguayos, generalmente agrupados en la respectiva conferencia episcopal del país donde radican. Sí, podrá haber alguna que otra parroquia erigida en su día para atender la comunidad de inmigrantes de una determinada procedencia nacional, para que el italiano y el portugués de turno pudieran seguir confesándose en sus lenguas maternas en Boston y en Toronto ─la misa tridentina, por el contrario, hubo de celebrarse en latín hasta el Concilio Vaticano II en los años 1960─.

Hasta ahora he hablado de la Iglesia católica de rito latino, pero el catolicismo también lo integran otras Iglesias «particulares» u «orientales» que están en plena comunión con Roma. A primera vista estas Iglesias católicas orientales pueden parecerse más a las ortodoxas en su forma de organización «nacional». Pero no debe descuidarse el hecho principal: por regla general aquéllas no se distinguen por su identidad etnolingüística ─la mayoría de sus fieles son árabes y armenios─ sino por sus ritos caldeos, antioquenos, alejandrinos o coptos, armenios y bizantinos u ortodoxos. Y esta ramificación de ritos litúrgicos de ningún modo obedece al pluralismo étnico sino a las disensiones cismáticas que se dieron en el cristianismo a lo largo de la historia:

  • Tras el Concilio de Éfeso de 431 «se habían separado» los cristianos nestorianos o asirios (los actuales cristianos caldeos proceden de esta escisión).
  • Tras el Concilio de Calcedonia de 451 «nos habían dejado» los cristianos monofisitas (de aquí surgieron los cristianos armenios, coptos y siríacos).
  • A raíz del Gran Cisma de 1054 el Papa de Roma ─la Iglesia católica─ rompió con el Patriarca de Constantinopla ─la Iglesia ortodoxa─.

A ojos de un católico de rito latino, cuanto más antigua sea la escisión, más «oriental» se dice que es la Iglesia que surgió de ella. Con todo, sectores de estas Iglesias orientales «cismáticas» se escindieron a su vez para reconciliarse con Roma a lo largo del Medievo y la Edad Moderna, constituyendo así las actuales Iglesias católicas orientales, también llamadas «Iglesias uniatas»: la maronita, la melkita, la armenia católica, etc. De todas ellas las de rito bizantino quizá se asemejen al carácter nacional de las Iglesias ortodoxas de las que se escindieron, pero hasta donde yo sé las Iglesias uniatas no tienen diócesis fuera de sus ámbitos nacionales.

Por esta última razón tampoco pueden calificarse de etnofiléticas aquellas experiencias nacionales donde el gobierno autoritario de turno se ha servido de los obispos católicos del país para reafirmar su legitimidad. Pienso en el caso español: el nacionalcatolicismo del franquismo; o incluso las banderas rojigualdas que sustituyen el escudo nacional por San Bartolomé en las fiestas de Yeste, el pueblo de mi familia. No son expresiones etnofiléticas porque la Iglesia católica «en España» ─nótese que no digo «la de España»─ no desborda su ámbito nacional y no cierra sus puertas a los feligreses católicos de otras nacionalidades. Tampoco hay una «Iglesia católica de la Hispanidad», pues aunque la Basílica de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza contenga banderas de todas las naciones hispanoamericanas, esto no pretende generar ningún rechazo en los católicos franceses o austriacos que quieran rezar en ella.

Lo que compartiré ahora, sin embargo, sí puede calificarse de experiencia etnofilética en el catolicismo. Se trata de la desaparición de los levantinos de Estambul y Esmirna en las primeras décadas del siglo XX ─en esta última ciudad llegaron a suponer más del 10% de la población antes de la Primera Guerra Mundial─. Los levantinos a los que me refiero, cuyo universo ya presenté en una nota anterior, eran católicos de rito latino que residían en el Imperio otomano; algunos tenían nacionalidad otomana, otros eran nacionales de una potencia occidental, y la mayoría transitaba de una nacionalidad a otra según la conveniencia del momento, sirviéndose para ello de patentes de protección y pasaportes que les expedían los consulados de los países occidentales. Este extracto recoge uno de los factores que contribuyó a la extinción de la comunidad levantina: el nacionalismo europeo.

«La semilla del nacionalismo, expandida entre 1880 y 1900, germinó en la víspera de la Primera Guerra Mundial. 

En mayo de 1911 los notables austriacos exigieron la transformación de Santa María en iglesia austriaca. La petición había sido firmada por representantes de antiguas familias levantinas como los Filipacchi, los Issaverdens, los Braggiotti y los Capponi. Los levantinos italianos reclamaron la creación de una iglesia nacional italiana en San Rosario. Las grandes dinastías levantinas firmaron aquí también (Aliotti, d’Andria, Armao, Badetti, Bargigli, Datodi, Giudici, Issaverdens, Mainetti, Marcopoli, Missir, de Porto, Raggio, Reggio, Russo). Mejor que cualquier interpretación, un análisis realizado por la Iglesia en 1920 ponía el punto de atención en los cambios que habían hecho estallar el grupo etnoconfesional supranacional de los levantinos en Esmirna. 

“En todos los órdenes y también en las parroquias, el espíritu nacional domina muy claramente. […]. Sin querer citar nombres esta vez, hay superiores que cotidianamente se dirigen al consulado para recibir las órdenes del día, por así decir, y que permiten al consulado inmiscuirse en los asuntos de la Iglesia. […] Digámoslo claramente, cada vez son menos los sacerdotes que no se dejan llevar por las consignas nacionalistas. En un país [homogéneo] esto no reviste una gran importancia, pero aquí, donde la comunidad católica se compone de tan diversas naciones, y donde los sentimientos se distribuyen de manera tan diferente, estas fallas echan por tierra el fruto de un buen sermón y dañan la imagen del servicio divino. […] Ahora se habla de iglesia italiana, de iglesia francesa, de iglesia austriaca. Los católicos que todavía no tienen una iglesia nacional esperan obtenerla en el momento oportuno. Pierde así su sustancia la sublime idea del catolicismo, es decir, la idea de Iglesia universal que da refugio en su seno a todas las gentes, que sobresale por encima de todas las naciones; porque a diferencia de las pequeñas Iglesias orientales, divididas entre sí, [la Iglesia católica] abraza a todos, como el alma al cuerpo”.

Después de 1918 se había establecido el uso de cubrir pomposamente el interior de las iglesias con las enseñas nacionales. […] Francia e Italia, potencias victoriosas, se lanzaron a ello con el sostén de religiosos levantinos nacionalistas como D. Balladur […].

Crecieron las resistencias entre los católicos de otras nacionalidades, muchos de los cuales se negaron a acudir a misa, a casarse o a bautizar a sus hijos bajo banderas extranjeras. Para combatir el nacionalismo, la administración religiosa de Esmirna propuso la prohibición de los símbolos nacionales dentro de las iglesias, pero sobre todo programó una ofensiva ideológica por medio de una prensa católica y la “reconfesionalización” de las escuelas [levantinas]. La catástrofe de Esmirna a finales del verano de 1922 abortó la puesta en marcha de este proyecto.

El nacionalismo contribuyó mucho más que la seductora idea del laicismo a la disolución de la comunidad levantina. En la primera mitad del siglo XIX la componían católicos que, si bien munidos de pasaportes y patentes de protección, pertenecían a un grupo confesional supranacional. Esta unidad se rompió bajo la presión del moderno estado-nación europeo, que no toleraba más que una identidad primaria étnica, no religiosa.

Los levantinos no se encontraban solos en el seno del Imperio otomano. El nacionalismo también había hecho estallar el millet ortodoxo en grupos étnicos. La base del sistema social otomano, las comunidades etnoconfesionales, se transformó en unidades étnicas exclusivas dirigidas por laicos. Mientras que los griegos, los búlgaros y también los rumanos pudieron seguir este camino porque se percibían como comunidades de lengua y de origen, los levantinos no contaron con esa posibilidad a causa de su heterogeneidad de lengua y de origen. Al aceptar el nacionalismo europeo, los levantinos conservaron su nacionalidad [la italiana, la francesa, la española…] pero sacrificaron la unidad fundamental de su grupo, especialmente a partir de 1900.

Oliver Jens Schmitt, Les Levantins…, pp. 383-385 (traducción mía del francés).


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