Derechas, carlismo e izquierda no ilustrada

Un término pierde su función, significar, si se abusa mucho de él; es como cuando te destiñen y estirajan una prenda y dejas de ponértela. Así, se han utilizado tanto las expresiones «fascista» y «extrema derecha» que ya parecen normalizadas y a muchos no les dicen gran cosa.

Al mismo tiempo, el uso de esos calificativos, aun sin abusar de ellos, oculta infinidad de matices de la derecha. Ya el franquismo cubrió con un tupido velo la diversidad de derechas que habían pululado por España antes de la guerra, siguiendo esquemas similares a los del resto de Europa: las primeras derechas españolas, las absolutistas ─en contraste con el liberalismo doceañista y el afrancesado─ se oponían a la idea misma de nación; siguieron las derechas liberales ─los conservadores, enfrentados a los progresistas primero y a los demócratas y republicanos después─; pero el Desastre del 98 y la aprobación del sufragio universal masculino trastocó todo lo anterior ─no deben perderse de vista los partidos católicos configurados en Europa como fenómeno de masas alternativo al socialismo; ni qué decir tiene que en Cataluña hubo incluso sindicatos carlistas─.

El siglo XX engendró nuevas derechas radicales de variado signo ─nacionalistas, antiliberales y populistas─ que poco a poco conformaron dos grandes tradiciones distintas pero enroscables: 1) la nacionalista-reaccionaria; y 2) la prefascista. La primera pretendía explicar los males de un país por el abandono de sus esencias cristianas, mientras que la segunda atacaba los cimientos mismos de la doctrina liberal en busca de más Estado. Personajes de la talla de Maeztu, Ortega y Unamuno coquetearon con estas ideas en España [fuente aquí].

Paralelamente, del tronco común liberal y de la más específica rama republicana nació en España una fuerza populista y anticlerical muy potente que también plantó cara al primer catalanismo: el Partido Radical de Alejandro Lerroux [fuente aquí]; su «filial» valenciana de Blasco Ibáñez, el blasquismo, origina la tradición anticatalanista de lo que hoy los valencianos llamamos blaverisme. Llegados los años treinta, el lerrouxismo se enconó a la derecha y destacados líderes republicanos se le fueron descolgando por no compartir esa deriva ─es el caso de Álvaro de Albornoz, Félix Gordón Ordás o Diego Martínez Barrio─. Por supuesto, la derecha liberal de la Restauración también trató de buscar su acomodo bajo el régimen republicano: Miguel Maura y Niceto Alcalá-Zamora, antaño miembros del Partido Conservador y del Partido Liberal respectivamente, se crearon sendos partidos republicanos de componente conservador o católico.

En la segunda mitad del siglo XX, con los fascismos «superados», la derecha europea que alcanza acuerdos interclasistas con la izquierda ─las constituciones de la segunda posguerra─ es la democracia cristiana ─la noción de «Estado social» la pare la derecha alemana, no se olvide─. Ya en los años setenta, con la crisis del petróleo y las políticas keynesianas batiéndose en retirada, la economía retoma sus principios clásicos prebélicos y la derecha abraza en masa las tesis de los Chicago Boys y el Consenso de Washington, toda vez que las «izquierdas» a uno y otro lado del Atlántico Norte arrojan la toalla en las cuestiones económicas y se parapetan en las identity politics de los derechos civiles, el ecologismo, el animalismo, el feminismo, el movimiento LGTBI, los inmigrantes… Luchas justas todas ellas pero atomizadas y sin un eje económico integrador que dé respuesta al Trilema de Rodrik ─que el estado-nación, la globalización económica y la democracia son incompatibles entre sí; que sólo dos de estos tres componentes tienen cabida en el orden mundial del siglo XXI; que, de no virar el rumbo, la democracia es el componente con fecha de caducidad─.

La alter-right es la última horneada de derechas que todos conocemos; la de los Trump, Le Pen, Salvini y Bolsonaro. Sin embargo, en cada país tiene sus condimentos propios y no son tan iguales como los medios nos hacen ver: la «extrema derecha» holandesa de Geert Wilders abraza el libre comercio y no cuestiona la política monetaria del Banco Central Europeo; la de Schulz en Austria creo que igual, con la salvedad de que es más prorrusa; la italiana de Salvini también tira a prorrusa, y además se enfrenta a Bruselas en temas económicos; las derechas populistas que gobiernan en los países del Grupo de Visegrado (Polonia, Chequia, Hungría) son cristianísimas pero pro-OTAN; la de Le Pen, por su parte, sigue la tradición laica en lo religioso y estatista en lo económico de la política francesa. Será interesante ver en el futuro cómo se manifiestan tales diferencias en el desarrollo de estas derechas europeas de nuevo cuño.

Dicho todo esto, ¿qué tipo de derecha es VOX? Desde luego no se opone al euro ni a la política monetaria que impone Berlín; no es filorrusa sino atlantista. A mí no me parece una derecha «anti-establishment» que espante a los mercados. Jorge Verstrynge, que pilotó Alianza Popular con Manuel Fraga y hoy es marcadamente «rojo» (si bien contrario a las políticas abiertas con la inmigración), dice que VOX no es un partido homologable a los de Le Pen y Salvini, sino que le recuerda precisamente a la Alianza Popular de la Transición. A mí VOX me da miedo, no lo negaré. Pero calificarlo de «fascista» o «extrema derecha» y proponer cordones sanitarios son actitudes que por sí solas no me tranquilizan lo más mínimo. Yo quiero propuestas económicas y proyectos políticos de calado.

Escribí esta nota en Breña Baja, La Palma, el 03/12/2018. Entonces no me pareció oportuno compartirla en mi blog, pero hoy sí la comparto, y además ampliada. Cuando la redacté pretendía ser sintético, pero ahora me explayaré más con la brevísima alusión que hice al carlismo.

Uno califica el carlismo de movimiento reaccionario y absolutista. Pero según se ve avanzar el siglo XIX y los frutos que germinan de la revolución liberal (la privatización de la tierra y la generación de una ingente masa de labriegos desposeídos cuando no desahuciados, antesala de los problemas sociales del siglo XX), uno entiende la existencia de sindicatos carlistas, los virajes ideológicos de Valle-Inclán (que hoy era carlista y mañana leninista, un día sentía simpatía por Mussolini y al siguiente apoyaba la revolución de Asturias, sin abandonar nunca su preocupación por los problemas sociales) o que ciertas ramas del carlismo sustituyeran el lema «Dios, patria, rey [y fueros]» por «socialismo, autodeterminación, autogestión [y derechos LGTBI]».

Me resulta llamativo este salto cualitativo del pensamiento reaccionario a la izquierda más escorada esquivando la Revolución francesa. Mas no lo veo un sinsentido, pues básicamente se transita de los bienes comunales del Antiguo Régimen a la colectivización de los medios de producción obviando la propiedad burguesa. A fin de cuentas, las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz fueron coetáneas a un hombre llamado Karl Marx que en su tomo primero de El Capital escribió acerca de la pauperización de las clases populares como punto de partida de la acumulación de capital (yo no he leído su obra, pero los primeros minutos de la película El joven Karl Marx, de 2017, ilustran este proceso de privatización de la tierra y pérdida de los bienes de propios y comunales, en este caso un bosque del que los campesinos recogen leña seca cuando son atacados por unos guardias).

Concluyo con este texto que leí hace unos días:

«El [sacro] imperio fomentó así un ideal, profundamente enraizado y conservador, de libertad entendida como local y particular, ideal que era compartido por grupos corporativos y comunidades. Eran libertades locales y particulares, no una Libertad abstracta compartida por todos los habitantes. El presente libro ofrece una explicación alternativa para la cuestión, muy debatida, de la «génesis del conservadurismo alemán», aunque sin sostener, bajo ningún concepto, que este conservadurismo perdure más allá de mediados del siglo XIX. El autoritarismo de la Alemania del XIX y principios del XX se atribuye, en general, al desarrollo político supuestamente dual previo a la desaparición del imperio en 1806. Los intentos de lograr una genuina libertad igualitaria se atribuyen únicamente «al pueblo» que es aplastado «por los príncipes», en concreto por la sangrienta guerra campesina de 1524-1526. Mientras tanto, los príncipes usuparon el ideal de libertad para sí mismos para legitimar su posición de privilegio como gobernantes autónomos. La «libertad alemana» queda reducida a la defensa de la autonomía principesca contra la potencial «tiranía» imperial. Así, como gobiernos «reales» del imperio, los príncipes introdujeron supuestamente el gobierno de la ley, que protegía el derecho a la propiedad de sus súbditos, al tiempo que les denegaban cualquier representación política significativa. La libertad quedó de este modo asociada al estado burocrático y se trasladó al gobierno nacional cuando este fue creado más tarde, en el siglo XIX.

Este hilo argumental nunca logró explicar por qué los centroeuropeos siguieron siendo tan poco receptivos al liberalismo decimonónico. Tal vez estaban demasiado acobardados por el represivo estado policial, o puede que engañados por una ingenua fe en la benevolencia de los príncipes y su profundo sentido de subordinación. Pero los liberales descubrieron que el pueblo llano rechazaba su versión de la libertad, pues la igualdad uniforme entraba en conflicto con unos derechos corporativos guardados con gran celo, que les parecían una salvaguardia contra la explotación del mercado capitalista. Los problemas del futuro surgieron, al menos en parte, del rápido desmantelamiento de estos derechos corporativos por la rápida industrialización y urbanización posterior a la década de 1840».

Peter H. Wilson, El Sacro Imperio Romano Germánico: mil años de historia de Europa, Madrid, Desperta Ferro Ediciones, 2020, pp. 11-12.

No descarto ampliar o reelaborar esta nota.


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